Zas

 

Por: Sergio Marentes

Vino alguien a mi puerta, lo más parecido a un gitano que he visto de cerca, y me propuso el siguiente negocio: por cada libro de ficción que yo le diera, cualquiera que este fuera, él me daría uno de poesía, el que yo escogiera de ente los tantos que traía en su carreta artesanal. Para mi sorpresa, él no opuso resistencia cuando le entregué libros tan leídos que ya hasta había perdido la forma decente, como la de los que, por ejemplo, se exhiben lujuriosos en las mesas de novedades. Tampoco lo hizo con aquellos malos clásicos modernos, esos libros que se vistieron de gran gala en el momento de nacer y, quizá porque la justicia llega, aunque no esté coja todavía, están siendo olvidados ya. Y todo fue tan rápido que apenas si pude reaccionar como debiera un amante de la poesía. Y terminé con casi toda mi biblioteca de narrativa a cambio de la casi infinita de poesía que él me ofreció. Cosas de la debilidad del cuerpo.

Y resumo el hecho en una onomatopeya porque, quién lo diría, así, de golpe, es que las grandes cosas nos suceden y se quedan para siempre.

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