Saint-Exupéry fue abatido por un piloto alemán

A fin de año se publicará un libro en Francia con las pruebas definitivas de que el autor de «El Principito» y «Vuelo nocturno» fue derribado por el aviador alemán Horst Rippert.

«Si soy derribado no lo lamentaré. La termitera futura me espanta y odio su virtud de robots. Yo estaba hecho para ser jardinero». Fueron las últimas palabras que el escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry dejó en una nota, sobre su escritorio, antes de emprender su último vuelo.

No se equivocó. Fue abatido por el alemán Horst Rippert, piloto de la Luftwaffe durante la Segunda Guerra Mundial. Una teoría que en los últimos años había sido descartada y que ahora confirman las pruebas definitivas que los principales investigadores en la desaparición del autor llevan tiempo reuniendo. Los resultados, que todavía no se han dado a conocer, serán revelados en el libro que esperan publicar a finales de año en Francia los cuatro autores de este estudio: el submarinista y explorador profesional Luc Vanrell, que fue el descubridor de los restos del avión de Saint-Exupéry; el alemán fundador de la Asociación de Búsqueda de Aviones Perdidos Durante la Guerra, Lino von Gartzen; el piloto e investigador aeronáutico Bruno Faurite; así como el sobrino y ahijado del escritor, François d’Agay.

El libro, que resuelve un misterio de más de siete décadas, recoge fotos inéditas, testimonios y otros detalles que confirman que la confesión que en 2008 realizó el piloto alemán era cierta. Una teoría que se había descartado al no encontrar agujeros de bala ni signos de fuego en los restos del avión de Saint-Exupéry que en 2004 se recuperaron del mar, lo que dejaba abiertas todas las hipótesis. «Aquel día había otros aviones norteamericanos en la zona, por eso la confusión», a la que también contribuyó el hecho de que los disparos impactasen no en las alas, como había asegurado Rippert, sino en la cola, como ahora se ha descubierto. Una conclusión a la que no ha sido fácil llegar, ya que «el avión de Saint-Exupéry se fragmentó en cuatro partes, bien al estrellarse contra el mar o tocar el fondo marino», como nos adelantó Bruno Faurite, que por caprichos del destino nació en el castillo donde el autor de «El Principito» pasó su infancia.

Reconocimiento

El pecio fue localizado por Luc Vanrell a una profundidad de 87 metros junto a la isla de Riou, a la altura de la cala de Sormiou, cerca de Marsella. Entre los restos, que actualmente se conservan en el Museo del Aire y del Espacio de Le Bouget, cerca de París, se encontró parte del fuselaje, el tren de aterrizaje y más de dos docenas de fragmentos dispersos que, por la forma retorcida y doblada del metal, hacían suponer que el avión había caído en picado, a gran velocidad, estrellándose violentamente contra el mar. Pero el hallazgo no resolvía el misterio del accidente. «No se sabe por qué ocurrió y probablemente no lo sabremos jamás», aseguraba entonces el conservador jefe de patrimonio del Departamento de Investigaciones Arqueológicas Submarinas (DRASSM) francés, Patrick Granjean.

Saint-Exupéry seguía escribiendo con su muerte como lo había hecho con su vida, a la que encontraba sentido desde el cumplimiento de un deber que transcendiese a su dicha individual. Aunque trataron de desmovilizarlo, pensaba que su acción habría perdido parte de su significado de no haber combatido hasta el final y había aceptado que desaparecería en misión de guerra. Como si se tratase de una de sus historias, acabó abatido por quien, también desde el cumplimiento de su propio deber, no sabía que terminaría derribando a su propio héroe.

«En nuestra juventud todos lo habíamos leído, adorábamos sus libros. Su obra despertó la vocación de volar en muchos de nosotros. Yo amaba al personaje. Si lo hubiera sabido jamás habría disparado. Nunca sobre él», admitía a sus 88 años Horst Rippert tras confesar, durante las investigaciones realizadas por Luc Vanrell y Lino von Gartzen, que él había abatido a Saint-Exupéry. Un secreto que había guardado durante 64 años pensando que su revelación habría sido una catástrofe en su vida, más aun cuando, después de la guerra, se encargó de dirigir el servicio de deportes de la ZDF, la segunda cadena de la televisión alemana, llegando a participar en la organización de los Juegos Olímpicos de Múnich. Rippert, que murió cinco años después de aquella confesión, también ofreció detalles que han permitido reconstruir de un modo aproximado el último vuelo del escritor.

Poco antes de las nueve de la mañana del 31 de julio de 1944 Antoine de Saint-Exupéry, a bordo de un Lockheed Lightning P-38, despegó de la base aérea de Borgo-Poretta, al sur de Bastia, para realizar una misión de reconocimiento fotográfico dirigida a preparar el desembarco de los aliados en La Provenza. Aquella operación debía conducirlo a fotografiar las defensas alemanas en la zona de Grenoble, Annecy y Chalon-sur-Saône, en la región de Saboya y el alto valle del Ródano. Los radares de la estación americana Colgate, en Córcega, pudieron seguirlo hasta que cruzó la costa francesa en dirección a Hyères, desviándose de la ruta prevista, posiblemente para completar una misión de reconocimiento fotográfico anterior sobre Marsella que tuvo que abandonar tras incendiarse el motor derecho de su avión. Su rastro fue detectado después por los radares alemanes de los alrededores de Lyon, que alertaron de la presencia de un aparato no identificado que volaba a gran altura, aunque haciendo altibajos, entre Annecy y Grenoble.

Desvio a la infancia

Ahora ha podido confirmarse que volvió a desviarse de la ruta prevista para sobrevolar el castillo de Saint-Maurice-de-Rémens, el escenario en el que pasó una infancia de cuento que siempre añoró y sobre el que el disparador automático de su cámara tomó las últimas imágenes. Era algo que ya había hecho en su anterior misión, de la que tuvo que regresar a baja altura por la avería de un motor que lo puso a tiro de los alemanes el día que estaba cumpliendo 44 años. Después se dirigió hacia el sur y a la altura de Drauguignan los radares alemanes lo perdieron de su alcance. Ante las alertas que se extendieron por de la zona, Horst Rippert despegó de la base de Aix-les-Milles con el objetivo de reconocer y atacar cualquier actividad aérea enemiga sobre el litoral. A bordo de un Masserchmidt ME-109, el piloto consiguió localizar un aparato que volaba de Tolón a Marsella a poca velocidad, de un modo pendular, dibujando curvas, y por debajo de la altitud de seguridad, lo que sorprendió al alemán.

Saint-Exupéry volaba por debajo de él, a unos 2.000 metros, cuando lo normal en un Lightning es que fuese a 10.000, lo que permitía que estos característicos aparatos norteamericanos fuesen inalcanzables para los cazas nazis. Rippert no encontró dificultad para seguirlo. «Muchacho, si no te largas te acribillo», pensó, tras lo que picó en su dirección y disparó. Le dio, pudo ver cómo el zinc del aparato se convertía en una vela y caía en picado al agua sin que nadie saltara. Días después, cuando se enteró de la desaparición del escritor, se dio cuenta de lo ocurrido, aunque, atormentado, esperó, y todavía seguía esperando, que en aquel avión que derribó no fuera el autor al que tanto admiraba.

No fue un suicidio

En los días posteriores algunos testigos aseguraron haber visto caer un avión en la zona y hasta la Bahía de Carqueiranne llegó un cadáver que llevaba ropa de oficial e insignias francesas, pero fue enterrado poco después en esta ciudad sin que llegase a ser identificado. Así que tuvo que pasar más de medio siglo para que apareciese un vestigio cierto del destino final del aviador. Fue en 1998, cuando un pescador de la costa de Marsella llamado Jean Claude Bianco encontró entre sus redes una esclava plateada con el nombre del aviador y su esposa. Aquel hallazgo fortuito era la prueba de la muerte de Saint-Exupéry, hasta entonces desaparecido, lo que abría nuevos interrogantes, como recuerda François d’Agay, que pudo ver por primera vez aquella pulsera de su tío, al que conoció siempre rodeado de papeles, dibujando y escribiendo. «En ese momento sentí pena», aunque ahora se alegra de que aquella pulsera llevara hasta el avión de su padrino, que ahora ha permitido conocer al fin su destino acabando con todas las falsas hipótesis con las que se había especulado, desde un combate aéreo a un accidente, bien por avería o por su delicado estado de salud, e, incluso, el suicidio.

Esta teoría era la que más peso había cobrado en los últimos años por descarte de todas las demás y también por la tristeza que el escritor manifestaba en aquella época. Aunque los testimonios de quienes lo conocieron, así como su elevado sentido de la responsabilidad permitían cuestionar la idea de una muerte voluntaria en la que su ahijado nunca creyó. «Ni hablar del suicido. Él seguía estando muy vivo, amaba la vida». Era un incendio dispuesto a escribir con su propio cuerpo. Hasta las últimas consecuencias.

Resuelto el misterio de su desaparición, Saint-Exupéry nos deja todavía algunas incógnitas sobre su última misión. ¿Por qué volaba tan bajo y de un modo pendular un piloto con más de 6.500 horas de vuelo?

Lo que ahora sí sabemos es que aquella mañana el escritor, como su célebre personaje, acudió a su cita con la serpiente. Cuando llegó hasta ella «no hubo nada más que un relámpago amarillo cerca de su tobillo». Su cuerpo, demasiado pesado para llevarlo hasta su famoso asteroide, nunca fue encontrado. «Parecerá que he muerto y no será verdad», le decía el pequeño príncipe al piloto antes de desaparecer.

FUENTE: http://www.abc.es

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