Armando Rojas Guardia: “El deseo y el infinito”

la bitácora de un viaje interior: un viaje desde un polo existencial signado por la culpa.

Por Patricia Chung

En entrevista a QUÉ LEER el poeta nos explica cómo concibe sus diarios y porqué los llama “pensarios”, a través de su escritura procura neutralizar el autodesprecio y la insatisfacción interna. La experiencia religiosa y el contacto erótico guían su poesía. Rojas Guardia dice cómo se reconcilió con su instintividad corpórea, y su orientación erótica. Afirma que la paz es su más importante conquista espiritual.

¿Cuál es la propuesta literaria que plantea en su más reciente libro: El Deseo y el Infinito?

“El deseo y el infinito” es un diario que escribí desde septiembre del 2015 hasta febrero del 2017. Yo soy un viejo escritor de diarios. A todo lo largo de la década de los setenta redacté un diario que constituyó la base escritural de mi primer libro de ensayos, “El Dios de la intemperie” (publicado en 1985). A comienzos de este año, 2017, salió de la imprenta mi séptima obra ensayística, “La otra locura”, que recoge casi sesenta textos míos no publicados nunca en un libro sino en revistas, semanarios y páginas digitales; también algunos textos rigurosamente inéditos: entre ellos, tres diarios que escribí a lo largo de los años ochenta y noventa. De manera que desde hace mucho tiempo estoy familiarizado con la escritura del diario. Para mí, el diario es un subgénero ensayístico. En mi diarismo apenas se encontrará el anecdotario íntimo de lo que ocurre en mi día a día. Atiendo, más bien, a la resonancia conceptual que me provocan los hechos que protagonizo. En ese sentido, más que diarios, los míos son “pensarios”: se trata del desarrollo ideativo, del proceso mental, del trabajo con el pensamiento que me esfuerzo por realizar en el transcurso de mis jornadas, mis semanas y mis meses, tratando de responder a la demanda interpelante que a ese nivel me hacen los acontecimientos de mi vida. ”El deseo y el infinito” es, sobre todo, la bitácora de un viaje interior: un viaje desde un polo existencial signado por la culpa –“la trampa del remordimiento, el fardo del deber engañoso, la esclavizante negación del deseo, el rechazo tanático del placer”- hasta otro diametralmente opuesto: la plenitud que significa la reconciliación conmigo mismo, la alegría de la autoaceptación, la paz interior como estado permanente del alma y del cuerpo.

¿Son sus Diarios una forma de exorcizar sus demonios internos?

La pregunta me parece mentalmente provinciana, sobre todo porque recurre al viejo estereotipo romántico de los supuestos “demonios” interiores que la escritura literaria exorcizaría. Pero en aras de la claridad por esta vez voy a hacer una concesión al lugar común afirmando, sin más, que los dos únicos demonios que procuro neutralizar a través de mi trabajo intelectual y estético son, en primer lugar,  el autodesprecio y la insatisfacción interna: siguiendo a Baruch Spinoza , creo que lo bueno es aquello que aumenta mi potencia vital al estar de acuerdo con mi íntima naturaleza: su signo psíquico, corpóreo y espiritual es la alegría, porque esta subraya y rubrica mi adhesión entusiasmada al mundo y a lo real; la tristeza, por el contrario, merma mi potencia de ser y cifra el odio explícito o tácito hacia la vida, proyectándose hacia afuera y hacia adentro en forma de remordimiento, de vergüenza y de auto-odio; y, en segundo lugar, el demonio de la pereza existencial, del dominio espiritual de la inercia por medio del cual uno se paraliza y le cede todo el terreno de la propia alma a la pulsión de muerte y a la desesperación.  Mi quehacer literario trata de hacerle frente a esos dos peligrosísimos “demonios”.

Usted ha desarrollado el género de la poesía durante una buena parte de su vida. ¿Qué temas lo inspiraron para escribir su más reciente obra?

Mi último poemario publicado, “Patria y otros poemas”, salió de la imprenta en el 2009. Desde entonces no he vuelto a escribir poesía, si descuento algunos textos de “El deseo y el infinito” que son, en verdad, prosas poéticas. Atribuyo ese aparente bloqueo ante la escritura lírica, en mi caso, al hecho de ahora me siento sobre todo imantado por las ideas, por los conceptos, mucho más que por las imágenes. La poesía es pensamiento analógico y simbólico estructurado musicalmente. Hoy me focaliza más la fuerza del concepto que la de la analogía metafórica. Pero creo que se trata de un paréntesis existencial: nací a la vida literaria como poeta y me parece que moriré como tal. Los temas recurrentes en mi poesía son la experiencia religiosa y el contacto erótico, además de una aproximación sensorial a los paisajes naturales y urbanos que he contemplado a lo largo de mi vida.  Mi largo poema, “La desnudez del loco”, el último de “Patria y otros poemas”, constituye una meditación lírica sobre la locura a través de la exploración de una imagen simbólica: la desnudez del cuerpo humano.

La sinopsis del libro dice que usted es “un  hombre que celebra su arribo a la liviandad después de navegar la culpa y sortear la travesía echando por la borda el lastre de sus yugos”. Explíquenos

Yo fui un hombre que tuvo una conciencia muy precoz de su homosexualidad. A los doce años de edad ya sabía que era homosexual.  Fui  educado por los jesuitas, y esa formación la agradezco en muchos sentidos porque estuvo repleta de preocupación social y alegría vital. Pero la doctrina oficial de la institucionalidad católica afirma que la inclinación homosexual es pecaminosa, intrínsecamente desordenada; por eso, desde muy joven tuve que habérmelas con la culpa y también con el acoso, el rechazo y la represión. A los dieciocho años ingresé al noviciado jesuita: fui jesuita durante cuatro años. Salí de la Compañía de Jesús porque sabía que la gran deuda existencial que tenía pendiente conmigo mismo era el logro de la reconciliación con mi instintividad corpórea, con mi orientación erótica.  Me ha costado un gran esfuerzo de estudio, investigación y reflexión llegar a la convicción de que la fe cristiana, incluso católica, es perfectamente compatible con la homosexualidad asumida. “El deseo y el infinito” rezuma, todo él, la plenitud interior y la paz que produce aquella reconciliación.

También se dice que usted es un escritor en paz consigo mismo que apuesta por la bondad del mundo. ¿Cómo define esa  paz y por qué es tan necesaria en su vida?

Los  escolásticos afirmaban que la paz es “la tranquilidad en el orden”. Yo soy un obseso del orden mental. No puedo funcionar existencialmente sino desde un riguroso orden interior. No concibo otra manera de que mi vida tenga dirección y propósito. Por eso mismo le concedo gran importancia a la paz. Nada hay tan valioso como ella: junto con la alegría, constituyen los dos signos principales de la presencia del Espíritu de Dios en nuestra interioridad. Mi trabajo literario quiere comunicar y compartir la lumbre de esa conquista espiritual. La literatura, y en especial la poesía, es un pan precioso que se reparte y se comparte: ¡ojalá mis páginas puedan acercarle a mi lector un poquito de  calma meditativa, de serenidad oferente, de paz medular!

 

 

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