En el pergamino que está escrita la fórmula del papel

​S​i hay algo que todavía no me explico, luego de tantos años de vivir junto a ello, es esa extraña sensación de envidia, a veces sana y a veces no tanto, con algunos de los libros de las bibliotecas de los demás. Dejémoslo en esas bibliotecas personales en las que hemos husmeado desde algún rincón o inmersos en ellas cuando sus dueños se distrajeron, porque de las bibliotecas púbicas, de las buenas, ni hablar, allí casi todo es un tesoro digno de querer ser robado, o por lo menos tocado. Hay ocasiones que pareciera que se trata de un pequeño duende que se encarga de ubicar justo frente a mis ojos esos tesoros literarios por los que hubiera dado todo mi dinero si hubieran estado en venta. Porque no importa el lugar o la calidad de la biblioteca: adonde fui siempre vi algún libro que no había podido conseguir o uno que perdí o uno que me robaron o uno mejor editado que el que tengo o uno desclasificado ya o una primera edición o, por supuesto, uno que no conocía, rarezas, milagros, apariciones, fantasmas, leyendas y un casi infinito etcétera que terminará, seguramente, en un rincón oscuro y mohoso de una biblioteca por perdida en el mundo.

Cuento esto porque el día en que Cien años de soledad cumplía cincuenta años de editado, es decir, el día que se cumplían los primeros cincuenta de los cien años de soledad a los que estamos condenados los que nos dedicamos a esto, estuve en la casa de alguien y el duende lo había hecho también esta vez, pero con más, digamos, mordacidad. Junto a la edición conmemorativa de las academias de la lengua de Hispanoamérica había unos pergaminos cosidos con cuero de algún tipo, sin lomo, más bien se trataba de una encuadernación antigua y afanosa. Durante toda la reunión, varios cafés, muchos chistes, varias botellas de vino y todavía más anécdotas relacionadas a la lectura y vivencia que tuvimos con la novela, estuve dándole una ojeada al libro misterioso y una a mis interlocutores. Si no la miré quinientas veces, la miré una menos o una más. Así que, cuando todos estuvieron ebrios de socializar y de beber, me acerqué a ellos, como si me estuviera robando la receta del elixir de la eterna juventud y, a medida que los leía, descubrí que nunca terminaría de leerlos porque las víctimas de los duendes no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra. Y porque Melquiades así lo había profetizado.​

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s