Aunque no el peor, el mejor enemigo de los libros no es, evidentemente, el olvido.

por Sergio Marentes 

Aunque no el peor, el mejor amigo de los libros no es, evidentemente, el agua.

Era una tarde lluviosa, de esas que tanto me alegran el día y la vida y, sin excepción, me transportan desde la lejanía a mi natal Bogotá, a la luz gris con la que crecí bordeando mares en los que me reflejaba sonriente de la mano de mi madre. Era una tarde de paz. De paz hasta que la canal del techo de mi casa, obstruida con los incontables trocitos de granizo, casi inmortales, se desbordó sobre una de las bibliotecas de la casa, una de las que más tesoros contiene, por no decir la mejor o la única. En menos de los que pude calcular, decenas de libros sobre la lluvia y debajo de ella pedían ayuda. Por supuesto que de un salto corrí a socorrerlos, pero sin dejar de observar a los tantos personajes de los libros y pensar que en los naufragios cada quién se comporta como puede, es decir, como debe. Por ejemplo, vi a Blimunda, que manteniendo el equilibrio sobre una passarola, y con los ojos cerrados pero sin dejar de extender la mano a Baltasar, le decía que podía confiar en ella como ella lo estaba haciendo con él; y a Beatriz Viterbo, ligeramente inclinada hacia un pequeño agujero en su mano que lo reflejaba todo sin que ella lo pudiera evitar; y a Wu Wei, con el libro que pensaba dedicarle desde hace décadas a Ye Lianzi bajo el brazo, contemplando lo que quedaba de azul en el cielo, a lo mejor imaginándoselo para poder crearlo al describirlo en el papel y espantar esa tormenta que nos metió en apuros a todos; y a Lucas, echando una ojeada imposible para encontrar el basural de las explicaciones que seguramente flotaba por ahí, intentando dejarse explicar por algún náufrago resucitado por un periodista irreverente; y al niño Óscar, que no despegaba de su ojo azul la mirilla por donde buscaba los ojos castaños de su enfermero para no sentirse solo en aquella habitación llena de agua helada; y a Ricardo Reis que intentaba salvar del agua su gaceta de la mañana y a la vez un café con leche; o aquel joven llamado Cuervo, que buscaba con su mirada a otro llamado Kafka Tamura y que sólo encontró a un tal señor K., que llevaba unos folios bajo el brazo tal vez desde el día de su nacimiento y hasta el día de su muerte, no se sabe; o a Roberto Gómez Bolaños, persiguiendo todos los disfraces que usó el pequeño gigante que fue Chespirito; también a Miguel Littín, que con sus siete mil metros de película a rastras carcajeaba libre; o ni qué decir de todos los poetas, eso sí, inmutables casi todos, Silva sangrante, Cadenas invariable, Diego con su pipa, Mutis reverente, Vásquez sabio, Montoya guerrero, Watanabe memorioso, Borges lector, Cobo Borda parlante, Zaldunbide mudo, Montoya Guiral tranquilo por el aroma del café de su memoria, Barba Jacob imaginándose quién era, Baudelaire malo, los Carranza buenos, demasiado buenos, los Panero fumando sin parar cigarrillos mojados, Cote Lamus encerrado en una biblioteca de universidad, Machado cojeando y todos los demás que jamás terminaría de mencionar, dejándose llevar hacia la muerte, hacia el nacimiento del agua, seguramente escribiendo poemas en su cabeza y en la mía a la vez; también el niño que fue Saramago, y el que fuimos todos, que jugaba con el agua aunque esta le llegaba al cuello y no parecía tener intenciones de detenerse; y a Tengo y Aomame, que con una sola luna imaginaria en el cielo no dejaron de sentirse eclipsados por la soledad del hielo tercermundista; y el príncipe Próspero buscando desesperadamente a su millón de amigos sin éxito; y a Benno von Archimboldi que parecía preferir ahogarse a dar la cara a los cuatro que nadaban tras él; y cómo no ver a la pequeña Amalia que con sus ojos contó doscientas once ballenas azules y algunos caballos de mar antes que a su madre le reprochara tal aventura porque en aquel océano sí era posible que la locura fuera perfecta; y el cadáver inmenso de la Mamá Grande al que se aferraba el Sumo Pontífice con la mano izquierda, a la vez que con la derecha se colgaba de una camándula de oro; y al señor Pickwick repitiendo una y otra vez que dónde estaba la calle Goswell, que sólo necesitaba pisarla para poder estar tranquilo mientras llovía; y a Pierre Menard, aferrado a un Quijote desvencijado, sin portada ni palabra legible, y del que se alimentaban unas sardinas recién nacidas. seguramente venidas desde Moby Dick que, a sus anchas, se dejaba llevar hacia el sifón del baño; y a Ulrica, recitando un poema de Borges que nadie conoció hasta hoy; y a Sierva María de Todos los Ángeles, que con su cabellera viva de color cobre intenso casi abarcaba el mar de lluvia y a los demás personajes, y hasta me hizo caer por no pisarla y lanzar por los aires a muchos liliputienses; y a Palomino Molero, ensartado en su algarrobo y, ahora, colgado del agua con forma de mano transparente; y a Jacobo Lince, clavando la nariz en los pliegues del agua, como si fueran los de la geografía de Angosta; además al organillero que por más que la situación empeoraba no detenía las caricias a su organillo; y a Arturo Belano, escribiendo sin parar en una libreta como si eso lo hiciera flotar o lo convirtiera en pez; y a Luz Acaso, enredada a Álvaro Abril como un cordel en el bolsillo de un borracho; además a José Maturana, que predicaba a los peces de hielo que se quedaron enredados en las páginas más cercanas; y al señor James Lawson buscando desesperadamente con su mirada su librería o por lo menos un escaparate de ellas al cual aferrarse para siempre; también a Henry Chinaski, bebiéndose el mar como si fuera vodka. Así desfilaron uno tras otro una infinidad de ellos, con diferencias de tiempo y espacio, de tamaño y deforma, cada uno con sus habilidades y mañas sobrellevó la tormenta mientras que yo terminé de reubicarlos en el resto de la casa, en una infinidad de islas que ningún libro había conquistado todavía.

Al día siguiente, luego de que el agua se evaporara, cada personaje regresó a ser lo donde había sido siempre, pero no sin una nueva historia para contarle a los futuros lectores desde el presunto lugar de siempre. Entonces reubiqué los libros en su lugar acostumbrado. Lo que no pude recoger por completo hasta hoy son los Articuentos de Millás, que se desparramaron a su suerte y por donde quisieron, como era de esperarse. Creo que uno de ellos levantó una uña de mi pie y se esconde allí tembloroso, pero no soy tan valiente para abrir la puerta y comprobarlo, para hacer sonar el timbre y salir a correr. Dejémoslo así, ya vendrá un segundo volumen después de la próxima tormenta.
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