“La poesía es mi líquido amniótico, el epicentro desde el que parten mis distintos registros escriturales”

por Patricia Chung 

La biografía de Leonardo Padrón lo define en primer lugar como poeta, le siguen guionista de cine y televisión, ensayista, cronista, articulista, editor, locutor. Su versatilidad y su extraordinario talento lo han convertido en un venezolano imprescindible.

Con 335 poemas reunidos en su más reciente libro, Contracanto, él ha demostrado que la inspiración nunca ha sido problema y sus temas trascienden cualquier imagen poética convencional. En entrevista a QUÉ LEER nos cuenta sobre sus desvelos, sus vigilias, qué lo motiva, qué lee, y cómo la poesía ha trascendido el papel para masificarse. Leer a Leonardo siempre es un verdadero placer.

Contracanto reúne 32 años de su labor como poeta. ¿Cuál ha sido la evolución que ha sufrido su obra desde sus inicios hasta la actualidad?

Cualquier perspectiva crítica sobre mi trabajo poético merecería ser hecha con cierta distancia. Yo no la poseo. Estoy sumergido en mi propia obra. Podría advertir, sin duda, una voz que crece a mi lado, que duda y se repliega, que se ensancha y se empina, que a veces se hace verbosa y en ocasiones más austera, que se acompaña del silencio o de la vehemencia, depende de lo que busca o propone cada poema y cada libro.  

 

¿Se considera usted poeta antes que escritor, dramaturgo, guionista, articulista o locutor?

Siento, genuinamente, que la poesía es mi líquido amniótico, el epicentro desde el que parten mis distintos registros escriturales. Lo digo sin solemnidad y mucho menos arrogancia. Aprendí a aproximarme al mundo con los ojos del asombro poético. Octavio Paz decía: “el hombre es un ser que se asombra. Al asombrarse poetiza, ama, diviniza”. Desde esa premisa parte mi escritura, en sus distintos tonos. O lo que bien decía Eliot: “Tratar de llegar al conocimiento a través de la sensibilidad”. Y entonces ocurre el poema.

 

¿Qué se necesita para ser un buen poeta?

No me es dado pontificar sobre tal enigma. Todo buen lector reconoce en el acto a un buen poeta. Hay un asunto incuestionable, casi eléctrico, que sucede en el lenguaje a instancias del oficio poético. Un buen poeta generalmente sacude, asombra, trasunta lo inexpresable.   

 

¿Cómo se distingue un poeta bueno de uno malo?

En rigor, un mal poeta no es poeta. Es solo una impostación. Una escritura seca. Sin relámpagos en sus bordes.

 

Usted ha demostrado que para escribir poesía no se necesita hablar de amor y desamor.  Cualquier tema urbano lo ha inspirado, un Boulevard, el Guaire, usted convierte lo sórdido en poesía para el alma. ¿Considera que esa es una de sus grandes cualidades?

Ni siquiera sé si son cualidades. Son desvelos. Vigilias ante las preguntas que me ocurren. Si algo he aprendido es que la poesía ocurre en cualquier lugar, no importa cuánto desierto o cuánta vorágine contenga esa instancia de vida. Y sí, la ciudad es una categoría estética que reúne en sus arterias a la especie humana en su condición de multitud y soledad.

 

Usted hasta le ha escrito una poesía al colesterol, ha demostrado que de las enfermedades también se obtiene poesía. ¿Hay algún tema que no abordaría?

Así como la realidad tiene su prosa que la cuenta, también tiene su poesía que la indaga o celebra. La poesía no es comarca de prohibiciones. Uno de sus signos es la impudicia.  

 

¿Cuál es el momento y  las circunstancias ideales para poder escribir una buena poesía?

En ese sentido no hay normas, solo estereotipos que pocas veces tienen correspondencia con la realidad. Cada poeta tiene sus modos. Hay ideas poéticas que sobrevienen en mitad del tráfico, en la brevedad de un ascensor o en la soledad de un escritorio. La poesía no es asunto de escenografías, veredas y nocturnidades.

Bienvenido el poema que te dicta su primer verso en ayunas o en la madriguera de un bar. No importa. Solo importa que aparezca.

 

De sus personajes televisivos de novelas, cuál ha sido más poético?

Me permito invocar dos recuerdos, casualmente en la misma novela, “Amores de Fin de Siglo”. Allí, el protagonista, Santiago Palma (interpretado por Daniel Lugo) era un fotógrafo que tenía un discurso amoroso un tanto singular, cercano –quizás- a los afanes de la poesía. Y Lejana San Miguel (Ruddy Rodríguez), una prostituta cuya piel se encendía con el olor del durazno cada vez que hacía el amor.

 

 ¿Cuál fue el más reciente libro de poesía que leyó?

Te nombro tres: “El muro de Mandelshtam”, de Igor Barreto (prodigioso libro); “Lo que contó la mujer canalla”, de Lena Yau (sin duda, un hermoso texto) y un libro inédito de Isabella Saturno, “Taller”, de estupendo desparpajo. Tres autores venezolanos, por cierto.

 

¿Por qué para usted la poesía es una alquimia, una catarsis y una transmutación?

Creo que son propiedades inherentes al arte. Todo arte transforma. Todo arte es purgación. Todo arte es modificación de la realidad para entenderla mejor. La poesía es un código cifrado para asumir nuestra propia inmersión en los misterios de la existencia.   

 

Díganos una frase poética a la mujer de su vida.

Indaga en “Métodos de la lluvia”. Allí lo encontrarás.

 

¿Se considera usted un poeta popular?

Lo menos popular de mí es la poesía. Lo cual es lógico y responde a la naturaleza propia de la poesía. Hay otras labores que poseen mi firma y con las que me gano la vida que llaman mucho más la atención.

 

Sus poemarios han sido traducidos a varios idiomas ¿Cómo suena su poesía en alemán, búlgaro o austríaco?

El alemán puede llegar a ser un idioma de resonancias cálidas, a pesar del sonido grueso, áspero, hostil que nos han legado tantas películas sobre el horror nazi. Eso descubrí una tarde de lecturas bilingües.  

 

¿Considera que en Venezuela hay un amplio público lector ávido de poesía? ¿A quiénes quiere llegar usted?

Esa respuesta, más precisa, la pueden dar los libreros. Son los que llevan el verdadero termómetro de lo que se lee en este país. Aunque cada vez será un criterio más impreciso, porque dado el alto costo de los libros (y de la vida, en general), los lectores acuden más a los PDF que circulan gratuitamente por internet. Creo que todo poeta quiere llegarle a su familia natural de lectores. No importa la cantidad o magnitud, importa el interés genuino.

 

Desde que edad los niños pueden acercarse a la lectura de la poesía. ¿Da usted alguna recomendación a los padres?

Los niños suelen tener más vínculos con la imaginación que los adultos.  Tienen ojos de primera vez. En ese sentido, son mucho más permeables al influjo de la poesía. Es necesario acercarlos a la poesía sin prurito alguno. Que se acostumbren a la sonoridad del lenguaje. Inundarlos de metáforas, por qué no. Habría que trazar estrategias realmente ingeniosas para ganarle la batalla al tiempo, la tecnología y la cotidianidad.

 

¿Se pueden compaginar las redes sociales con la difusión de la poesía?

La tecnología (la nombro de nuevo), que pareciera el archirrival de la lectura, es a la vez su mejor difusor. Las redes son, en estos momentos, el mejor canal de distribución que puede tener la poesía.

Hay infinidad de cuentas en Twitter, Instagram y Facebook especializadas en literatura y, más aún, en poesía. No todas poseen el mismo nivel, obvio. Hay blogs literarios, páginas que dan acceso a libros, entrevistas a autores, documentales, etc.

 

¿Cuáles son sus próximas aventuras literarias? Poesía? Novela?

“Contracanto” reúne mis libros de poesía publicados hasta el 2011. Desde entonces hasta ahora he seguido escribiendo poesía al ritmo que me lo pide mi pulsión interior y que el propio país me lo permite. La poesía no es amiga de la prisa y menos de la ansiedad por publicar. Cuando ocurra el libro, bienvenido sea.

 

¿Cómo debe fomentarse la lectura de poesía?

Con audacia e imaginación. Con más profusión de jammings poéticos. Con el concurso de los portales webs y los medios de comunicación. Con el apoyo del Estado. Con la participación de los propios poetas en más actividades de calle. La poesía es subversiva e irreverente. Merece ser menos clandestina.

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