El tiempo existe cuando no sucede

por Sergio Marentes

Cada quince días tengo que entregar, porque quiero hacerlo y porque me lo permitieron, un texto relacionado con mis libros a una revista venezolana que los ama casi tanto como yo, pero más. Se basan en lo que tengo para decir cuando regreso de mis lecturas y por ello el espacio fue titulado Adentro de los libros. Recién hoy descubrí que han pasado más de quince días desde el último que entregué para su publicación y, por supuesto, aparte de recordar que la literatura puede mantenerme en sus brazos cien años sin soltarme, me avergüenzo por mi falla que, según yo, puedo saldar contándoles lo que causó mi ausencia y mi falta de compromiso: no se trató de una novela gigantesca ni de una saga imposible de abrazar, tampoco de una enciclopedia o todos los tomos de alguna colección dedicada a algún tema específico, no. No se trató ni siquiera de un libro completo, y mucho menos de un libro que yo estuviera escribiendo (aunque siempre estoy escribiendo un libro, y varios libros, y leyendo un libro, y varios libros). En realidad fue una relectura rápida que quise darle a El dinosaurio, de Augusto Monterroso. Para quienes no lo conocen, se trata de uno de los cuentos más cortos de la historia de la literatura compuesto apenas por una frase. Y pasó que tan pronto lo terminé de releer, en mi cabeza empezaron a sobreponerse un sinfín de variaciones interpretativas del texto, una tras otra haciéndome imposible su identificación y análisis o, por lo menos, su estudio. En mi cabeza, haciéndome invertir todos mis sentidos en ello, se formó un cataclismo que me distrajo tanto del mundo que olvidé la existencia del tiempo hasta que, por fin, pude clasificarlos y traducirlos para regresar al mundo de una buena vez y continuar con todo lo que estuvo esperándome tanto tiempo.

No diré en qué terminó todo porque mi tarea no es esa, pero sí que el tamaño jamás importa cuando hablamos de literatura, así como, espero, no importe que hayan sido más de quince días de mi silencio porque, por ejemplo, para qué hacer un poema diario si ni siquiera alcanzan a ser poemas. Si he de venir a decir cualquier cosa, mejor hacerlo cada vez menos.

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