Las ruinas de lo sagrado

A propósito de La espera imposible, de Cecilia Ortiz 

Cecilia Ortiz no es poeta. Es sufrimiento matizado por palabras. Y aunque este libro venga a ser una suerte de re comienzo en el arte de hilar palabras oblicuas y, por tanto, un ensayo de felicidad, resume entre sus líneas el dolor que causa el oficio. La autora lo sabe bien: lo dice claramente en uno de sus textos más emblemáticos: está pletórica porque ha escrito hoy, pero mañana, cuando vuelva el sosiego, comenzará a atisbar que la alegría irá cediendo el paso a un estado extraño (acaso el más afín con la creación). Un paréntesis que nos dice que no todo irá bien. Que luego de la gestación y el alumbramiento es el turno de una resaca auténtica. Después, siempre triunfante, protagonizará la desolación.

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Este es el proceso por el que suelen pasar los auténticos creadores. Todo lo demás, como señalara Pessoa, es fingimiento. Apariencia de emociones. Y aunque, en oportunidades, esta simulación persiga un decir con fines estéticos, no es auténtico.

La espera imposible es aquella en la que el poeta aguarda por la visita de las musas. Y aquí es pertinente reflexionar: creo más en la inspiración como una suerte de estado psicológico que en un momento mágico aupado por alguna divinidad, así sea menor, como suele pensarse. Se trata de ese momento en que coinciden las palabras, en el cual las piezas caen en su sitio, en que se hace “click” y el lenguaje, felizmente, coincide para decir lo que se deseaba. El código de la poesía es elusivo, ya se ha dicho, y esto responde a hacer uso adecuado de “nuestras” palabras para señalar lo que es prácticamente imposible de hacerlo. El material psico vivencial hace que para cada quien las emociones sean muy especiales y, para los demás, apenas una aproximación, un espejeo, en el que nos sentimos interpretados. Si en el poema nos vemos reflejados, es porque nos encontramos en la posición precisa, en el ángulo indicado para poder atisbar nuestra imagen o el concepto que tengamos de nosotros mismos.

Todo el que escribe literatura sabe bien que esta posición, para escribir o para leer, puede estimularse: mediante lecturas, referentes ajenos al momento de la creación o cualquier otro ardid. Y no estamos hablando de sustancias como las drogas o el alcohol (que, también en algunos casos ocurre), sino de conducir nuestra mente y pensamientos, de acercarlos a la orilla que deseamos y, con un poco de suerte, hacerlos cruzar el umbral. Así, estos poemas, “sinceramente” (¿?) sentidos, intentan mostrar la ruta del recorrido personal de su autora, en lo que a la creación del poema se refiere.

El libro está configurado en dos partes: una primera compuesta por treinta y ocho poemas, todos  rondando la temática de la creación; y otra que contiene catorce brevísimas reflexiones en prosa también sobre el asunto. Es el catálogo de una exposición del mismo cuadro en diferentes versiones. Esta suerte de poética es un lugar común visitado por maestros y  bisoños. Todo poeta que se precie de tal razona sobre su oficio, hurga en los misterios de la composición del poema, se asoma al abismo, ya sea con ojo experto o temerariamente.

El libro arranca con un epígrafe de Armando Rojas Guardia que nos da, desde el principio,  la clave para abrir las puertas del tema: la voz aguarda la llegada del poema. Este ya ha sido anunciado y queda de nuestra parte tender la celada o esperar dócil su arribo. No obstante el poema es susceptible de ser convocado, como se sabe y hemos afirmado. Ortiz y Rojas Guardia saben de esto: mientras el segundo lo personifica, la segunda lo transforma en objeto: mientras Cecilia lo degusta y ansía, Armando lo convoca y le da tratamiento de colega convocante. Se trata del demiurgo y la sacerdotisa.

El texto-cita que cierra el volumen es nada más y nada menos que de Miguel de Cervantes. Allí el enorme autor de nuestra lengua pinta al poeta como un alienado, un loco que deambula por el bosque enfermo de poesía. De comienzo a fin el libro todo es búsqueda, explicación, encuentro, coqueteo con el misterio del oficio.

La poesía es, pues, enfermedad. Para quien desande los caminos de la poesía y la locura, tiene acá una parada obligada. Haciendo a un lado los detalles por corregir (dolencia achacable solo al equipo editorial, sobre todo a los encargados de la corrección de los libros), tenemos aquí un título de obligada lectura.

El texto Enferma de poesía, es indicio pero también epicentro de este recorrido: el camino de la enfermedad está minado de detonantes para que estallen los fuegos de artificio, el deslumbramiento que provoca la palabra poética. Lo citamos completo, como un abreboca para el lector que desee hacer de lazarillo al alma sensible y doliente que nos invita a su infierno o a su paraíso. A fin de cuentas, son las dos caras de una recompensa por aceptar la invitación a enfrentarse con los desfiladeros del poema…

 

                    Qué búsqueda redonda entorna mis ojos

         un espiral desciende y me derriba

                             Soy el encuentro fugaz con un poema esquivo

      todo me irrita en esta persecución

Me duele merodear

 sin estribo

caída en el cuerpo sobre la piel

Mis imágenes se construyen

en una catedral vacía

No llego a la palabra

 

Miguel Marcotrigiano L.

(26/11/2016)

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