Juan Carlos Méndez Guédez: «Escribo porque no sé responderte con conceptos eso que me preguntas»

El autor venezolano presenta ‘La noche y yo’ un libro de cuentos que hablan del amor como ironía, sin sentimentalismos baratos, pero sin caer en pesimismos

Vivian Murcia G. / El PortalVoz

@vivimur83 / @elportalvoz

Más de veinte años viviendo en España y Juan Carlos Méndez Guédez no se despega de su natal Venezuela. «Cómo hacerlo», me dice, «cómo estar ajeno al dolor que está viviendo mi país». Pero no todo lo que lo conecta con el país caribeño le trae malos recuerdos. Su infancia, entre culebrones de televisión y fantásticas novelas de Joyce y Kafka, hicieron que se descubriera como un joven que imaginaba por las calles de Barquesimeto un escenario de historias que ahora, ya maduro, escribe a través de varias novelas y cuentos que tiene en su catálogo.

Venezuela, el amor, el desamor, la juventud, pero sobre todo, los libros, son los protagonistas de La noche y yo (Páginas de Espuma), un libro de cuentos en los que Méndez Guédez da un sabor perturbador a un sentimiento que, para él, es difícil de otorgar un significado concreto: el amor, del que dice carecer de conceptos suficientes para describirlo. Por eso usa un recurso que le viene muy bien: crear personajes que lo viven de manera particular, rompiendo los tópicos y los discursos sentimentaloides a través de narraciones que conjugan a Juan Gabriel con Cervantes o Proust, por ejemplo.

¿Por qué se ha decidido a hablar del amor, desamor y sexo tan directamente? ¿Era una necesidad que tenía como escritor o como persona?

Creo que si un escritor descubre la razón última de sus ficciones y resuelve el impulso central que las conduce dejará de escribir.

Si te digo la verdad, para mí este libro era sobre todo la intención de hablar sobre lectores. Gente que consume, disfruta, padece y goza la mayor parte de su tiempo con la mirada perdida en un libro.

Pero con respecto a lo que me acotas…te asomo como posibilidad el hecho de que Latinoamérica ha construido o desarrollado multitud de discursos sobre lo amoroso y sus escenificaciones: el bolero, los culebrones, la ranchera. Son discursos de una sentimentalidad exaltada, feroz, muy histriónica y muy honda a la vez. Y esos discursos me envolvieron desde muy pequeño. Con cuatro años, uno de los momentos más emocionantes de la vida era mirar las telenovelas con mis tías y con mis primas en Barquisimeto; fíjate que todavía suelo tararear los compases de la canción del primer culebrón que vi en la vida: El adorable profesor Aldao. Cada vez que lo hago siento que mi infancia me protege.

Desde que tengo uso de razón, desde que tengo lenguaje, lo amoroso siempre ha estado allí como un gran enigma, como una fuerza vital, como un eje. Pero cuando comencé a leer y a escribir, notaba una separación tajante entre lo literario y entre ese discurso amoroso que signaba mis días. Es decir, los grandes autores hablaban de grandes temas: la vida, la existencia, la identidad nacional; la muerte; la política; en ningún caso iban a hablar de lo amoroso en los términos en los que yo lo percibía constantemente en la vida cotidiana. Eso era materia común, materia de música o de ficciones populares. Pero resulta que en cierto momento comencé a leer con fascinación a una serie de autores en los que ese discurso sentimental alcanzaba efectos estéticos espléndidos.

Ese material humilde, refulgía de otro modo en esas narraciones. Te hablo de narradores como Francisco Massiani, Alfredo Bryce Echenique o Manuel Puig. En ellos las canciones, el folletín, el cine sentimentaloide, la cursilería, entraban de lleno y se transformaban en espacios significativos y fundamentales del relato. Al fin, lo que yo veía en la existencia cotidiana, las mínimas historias amorosas de le gente que me rodeaba tenían un espacio literario.

Es decir, hablo del amor, porque ese «hablar» ha rodeado siempre mi vida. Y lo ha hecho de un modo peculiar; crecí en una zona popular de Caracas, y mi familia en Barquisimeto era una familia humilde, de gente trabajadora, que acababa de llegar a la ciudad después de haber nacido en una zona rural donde acaba la cordillera de Los Andes. Las palabras con las que yo oía nombrar el amor eran simples y repetidas, eran ecos decimonónicos, baratijas hermosas que yo preservo rabiosa y dulcemente, puesto que por otro lado me encantan las combinaciones y siempre pienso que juntar a Joyce, o a Kafka, o a Proust con Juan Gabriel puede dar un sabor novedoso, impredecible, perturbador.

¿Cómo lograr que en literatura el amor no sea reflejado con sentimentalismos baratos sin recurrir al opuesto, el desamor? A mí me parece un reto…

A mí me fascinan los materiales humildes de la ficción o la música popular que hablan del amor, (de hecho, entre varias razones, este libro se llama La Noche y yo, por una canción que cantaba Julio Jaramillo), pero no me interesa trasladarlos mecánicamente a la ficción literaria, porque eso es algo más bien propio de la ficción blanda, bestselerística, de la novela rosa pura y dura, o de la novela rosa barnizada con premios literarios.

A mí lo que me atrae es la capacidad de confrontar esos materiales con mi propia subjetividad; de someterlos a una pertinaz intervención, como si fuese un alquimista que nunca podrá conseguir el oro pero que no cesará de intentarlo. Tomar esa materia y actuar sobre ella: disgregarla, rearmarla, desordenarla, abrirla en dos y luego coserla o cocinarla de una manera diferente.

Para que en literatura el amor no caiga en sentimentalismos baratos imagino que hay que mirarlo con la visión narrativa que posee el autor más actual que tenemos en nuestro idioma: Miguel de Cervantes. Es decir: hay que mirarlo con ironía, inteligencia y ternura distante. Algo que hizo con maestría en el siglo XX una escritora maravillosa que siempre me acompaña: Teresa de la Parra.

 

Son tres historias largas, que usted llama cuentos, de los que ha dicho que «el único hilo en común es la necesidad de narrar», pero en su literatura puede que haya hilos comunes, como Venezuela, su país natal. ¿Cuáles son las características de esa forma de escribir propia que el lector podrá encontrar en estas historias?

Me decía una lectora que podía pensarse que los relatos de La noche y yo los habían escrito tres autores diferentes. Entonces te respondería que uno de los elementos comunes de este libro es curiosamente su diversidad. Otro sería la multiplicidad de referencias a libros y autores. Porque los tres personajes protagonistas son lectores insaciables; no conciben la vida, no entienden su vida sin los libros que ha formado parte de ella. Los tres viven la vida porque la han leído y leen la vida porque la han vivido.

Pero retomando el hilo de tu pregunta, como características de mi escritura, presentes aquí y en mis libros anteriores te mencionaría la mudanza estilística constante a la que ya hice referencia, los ocasionales chispazos de humor, un trasfondo mítico, las referencias espaciales a Venezuela y España, las mezclas de materiales diversos (en el caso de La noche y yo pueden ser la novela bizantina y los culebrones de la tele, el relato lírico y el cuento de fantasmas, la narración de aventuras y la ficción erótica).

 

Usted dice que no narrar es una especie de muerte. ¿Aprovecha esa necesidad de contar cosas para hablar de usted mismo de forma velada o sus personajes tienen vida propia?

La escritura es un ejercicio de desdoblamiento. Nadie es tan interesante como para crear una obra hablando sólo de sí mismo.

El caso es que uno desea que sus personajes tengan vida propia; a mí me encantaría después de haberlos escrito, encontrármelos alguna vez caminando por la calle Alcalá o por la Intercomunal del Valle, pero no dejan de ser proyecciones verbales de mi persona y del sonido que hacen la yema de mis dedos al teclear la computadora.

De todos modos, alguna vez me he planteado lo siguiente. Hoy en día soy agnóstico, pero cuando era niño y adolescente frecuentaba y participaba mucho del espiritismo marialioncero. Una religiosidad venezolana que tiene como diosa central a una mujer: María Lionza. En los rituales de esa religiosidad hay una persona que recibe en su cuerpo los espíritus que vienen a dar mensajes. Esa persona se llama «materia», y con ella sucede algo curioso: al caer en trance voces distintas a las suyas brotan por su garganta y en ocasiones adquiere una flexibilidad y una fuerza corporal distintas a las que tiene la persona en su vida normal. Así que la «materia» es y no es ella. Su cuerpo sigue allí, pero a la vez, también está actuando con los gestos y las ideas de ese espíritu que la ha tomado.

De adolescente quería ser «materia». Nunca pude hacerlo. Me faltaron la fe y el talento. Pero me pregunto si escribir no es cierto modo algo parecido. Ser la silueta, el cuerpo donde otros hablan y se entremezclan contigo.

Algunos escritores aseguran que escribir cuentos es más difícil. Debe serlo, porque concentrar una historia no es fácil. ¿Cómo fue el paso de la novela al cuento en su escritura?

No se trata del paso de un sitio a otro. Yo había publicado un libro de cuentos en 1994 y tenía muchos años escribiendo narraciones cortas. Pero desde que en 1996 terminé en Salamanca mi primera novela, conviven en mí las dos escrituras de un modo natural.

Hay momentos en que interrumpo una serie de cuentos porque se me acaba de ocurrir una novela o que interrumpo una novela porque tengo en las manos uno o dos cuentos que necesito escribir con desesperación. Hay momentos en que a la vez escribo una novela y escribo algún cuento. No logro separar en el tiempo uno y otro género.

Otra cosa es la conciencia natural de que cada narración tiene sus recursos; de que lo que en una es amable digresión, en la otra debe ser concisión ceñida. Es decir, la novela es un mundo que explota y se expande, el cuento es una implosión, en él todo viaja hacia dentro.

«Para que en literatura el amor no caiga en sentimentalismos baratos imagino que hay que mirarlo con la visión narrativa de Miguel de Cervantes. Es decir: hay que mirarlo con ironía, inteligencia y ternura distante»

¿El cuento es más difícil de escribir que la novela? ¿Es la novela la hermana mayor de la narrativa?

La novela es el género más popular de la narrativa en el siglo XXI. No creo que sea el género mayor, sino que como todos sabemos, es el que más lectores tiene.

En cuanto a dificultad…hablaré sólo por mí. Si miro las fechas de publicaciones de mis libros de cuentos y las fechas de publicaciones de mis novelas, te diría que tardo mucho más tiempo entre libro y libro de cuentos.

No quiero afirmar que un género sea más complejo que otro. Digo apenas que yo trabajo el cuento con una paciencia artesanal en la que miro palabra por palabra. El cuento es un género delicioso e inhumano porque aspira a la perfección. Desea que la mirada del lector, cuando lo abarca por entero, sólo encuentre refulgencias.

 

¿Siente que cambia su voz narrativa al escribir cuentos y novelas? ¿Qué disfruta más, la novela o el cuento?

Mira, hay una canción preciosa, que tiene muchas versiones; una de las últimas es de ‘El Cigala’. Corazón loco, se llama esa canción que yo recuerdo haber escuchado por Johnny Albino y que en España creo que se conoció en una versión también preciosa de Machín. Esa canción dice «No te puedo comprender, corazón loco, no te puedo comprender ni ellas tampoco, yo no me puedo explicar cómo las puedes amar tranquilamente…». Es una canción que habla de un hombre con una pasión dividida entre dos personas diferentes. Bueno, digamos que yo con respecto al cuento y la novela me encuentro en esa situación. Amo profundamente los dos géneros y disfruto mucho de ambos. Así que no soy capaz en absoluto de apostar por uno contra el otro, ni de decir que disfruto más el cuento o la novela.

¿Mi voz cambia al escribir cuentos o novelas? claro que sí. El cuento te permite más mutaciones, más experimentos o aventuras. Esa breve longitud acepta ejercicios lúdicos, transgresiones que en una narración larga podrían exasperar al lector. Te voy a poner un ejemplo concretísimo: soy capaz de escribir un cuento en segunda persona, pero jamás haría una novela entera utilizando ese recurso porque esa perplejidad, esa hipnosis que produce narrar usando esa persona del verbo, se convertiría en un aburrimiento feroz en una narración larga.

 

Ha creado en este libro nuevos signos de puntuación como la doble coma. ¿Por qué le parece necesaria la doble coma? ¿Qué cree que pensará la Real Academia de la Lengua de este uso?

Admito que hay tres cosas en las que nunca logro pensar: las calorías de la bandeja paisa, las piezas de los relojes del siglo XVIII y la Real Academia de la Lengua. Es posible que me esté perdiendo de informaciones importantes, pero lo cierto es que no alcanzo a pensar en ninguna de esas tres cosas, aunque cada vez que puedo me devoro una bandeja paisa porque estoy convencido de que sabe mucho mejor que los relojes del siglo XVIII.

Ahora bien, hablando de esta doble coma que aparece en La noche y yo, lo cierto es que yo deseaba en el tercer cuento de este libro lograr el efecto de ese pensamiento propio del insomnio. Así que dándole y dándole vueltas encontré que la manera de evocar ese pensamiento febril, ansioso, lúcido y errático del insomne era con una escritura fragmentaria, pero llena de asociaciones que se enganchaban con una pausa particular, una especie de pausa distinta a las que nos dan los signos de puntuación conocidos; algo así como una ruptura entre idea e idea pero atada por una continuidad. Así que pensé que la doble coma generaba esa impresión.

Este libro está centrado en las relaciones humanas. Las mira con ternura y con ironía. ¿Tal vez es usted un incrédulo del ser humano y por eso lanza una mirada irónica?

¿Incrédulo del ser humano? No lo creo. Conozco gente maravillosa. Gente de una bondad, de una entrega, de una belleza fascinante.

Pero toma en cuenta que los venezolanos en este siglo XXI hemos conocido (como en épocas pasadas le ha pasado a otros países) la existencia del mal en su mayor pureza. Hemos vivido el chavismo, un movimiento criminal que no se detiene en nada en su afán por mantener el poder. Hace pocos días en una sesión de la Asamblea nacional alguien enumeraba las cifras de la debacle económica venezolana; cifras que significan de manera muy concreta la hambruna que vive mi país, la pobreza, la desnutrición de millones de personas. Y en ese momento vi como los diputados chavistas se reían. Bueno, pensé, eso es el mal; y eso también es humano; esas alimañas con corbatas de ciento cincuenta euros son seres humanos. ¿Cómo olvidar eso? ¿Cómo no tener pocas expectativas con gente que provoca un Holodomor caribeño para aplastar una población y que no tienen pudor de reírse cuando se les recrimina eso?

Pero no. No soy un incrédulo absoluto. También existen espacios de belleza, personas especiales que viven la existencia como un hermoso milagro. Me gusta saber, me gusta pensar que hay personas que tienen esa humanidad maravillosa y resistente como la de los personajes de Osvaldo Soriano, o más bien me gusta pensar que Soriano tuvo el tino de construir personajes que recuerdan a ese tipo de personas.

Vuelve a hacer uso de la voz femenina -aunque también hay voz masculina-. En el amor hombre y mujer somos diferentes ¿En su literatura lo leemos así?

Escribo porque tengo perplejidades que no logro resolver. Hay construcciones sociales que pueden diferenciar el modo en que viven los sentimientos hombres y mujeres. Pero me interesa el momento en que esas construcciones se resquebrajan; el momento en que individuos transgreden el libreto que se las ha construido. Me interesan las excepciones, los momentos originales, las rupturas sutiles o radicales.

Escribo porque no sé responderte con conceptos eso que me preguntas, y necesito escenificar una ficción donde quizá asomen algunas intuiciones que jamás llegan a ser certezas.

Recuerdo que en alguna ocasión, leí que la maravillosa poesía de Elí Galindo era un camino hacia una sabiduría particular. Una sabiduría que se basaba precisamente en su despojamiento, en su no saber, en su regreso a un cierto modo de la inocencia. Tal vez eso es lo que yo intento con mis libros.

En el primer cuento Caracas de noche -la ciudad más peligrosa del mundo, dice usted- es el escenario. Usted dice que «Venezuela es su constante herida». ¿Por qué no logra despegarse de aquello que le produce dolor?

Porque no quiero hacerlo. Venezuela es una constante herida, pero también son millones de abrazos, de calles de infancia, de afectos, de memorias, de palabras íntimas. Por supuesto que lo más cómodo sería asumir tan sólo esa vida española que tengo hace veinte años, pero prefiero vivir en esa doble pertenencia, en ese doble lugar, estar aquí y allá, allá y aquí. Sentirme y ser en ambos lugares.

Venezuela me produce dolor, pero también sus ciudades me susurran montones de historias, también allí vive gente muy querida…no se me ocurren frases muy originales para hablarte del afecto infinito que tengo por uno de mis dos países. Decirte quizá que la primera casa no se olvida, o que la calle donde aprendiste a leer es una calle que siempre estará presente cada vez que abres un libro.

Yo sé que escritores que viven en España como Fernando Iwasaki y Jorge Eduardo Benavides habrán pasado momentos de desasosiego y dolor en los momentos terribles que vivió el Perú cuando estaban en su apogeo la dictadura de Fujimori y el terrorismo de Sendero luminoso. Ese estar aquí con la mente allá, ese pensar que se ha nacido en un sitio del horror, y que uno es parte de ese horror. Pero con todos los problemas que pueda tener el Perú actual, la situación ha cambiado: Alberto Fujimori está preso y Sendero luminoso fue derrotado.

Pues digamos que yo apuesto a que la plana mayor del chavismo algún día cercano terminará con sus huesos en la cárcel por todos sus crímenes, sus robos y torturas, y que Venezuela volverá a ser una democracia plural, dirigida por civiles.

Pero no quiero consumirme en la desesperanza y el odio. Rufino Blanco Fombona decía que había gastado su vida en odiar al General Gómez y que eso enfermó su escritura. No deseo eso para mí.

Así que el dolor es espera.

«El cuento es un género delicioso e inhumano porque aspira a la perfección. Desea que la mirada del lector, cuando lo abarca por entero, sólo encuentre refulgencias»

¿Su relación con Venezuela puede ser descrita como un amor turbulento?

Una vez dije que para el inmigrante amanece dos veces. Cuando sale el sol donde vive, y cuando sale el sol donde ha nacido. Yo abro los ojos y empieza el día en España, pero seis horas después vuelve a salir el sol y vuelve a comenzar mi día porque mucha gente que quiero está abriendo los ojos en ese momento.

Me parece necesario expresar esa dualidad.

Sí, es posible que en este momento sea un amor turbulento. Tanta perplejidad, tanta decepción, ¿cómo es posible que el lugar donde fui tan feliz haya sido convertido en un infierno?

¿Su relación con la literatura puede ser descrita como un amor sano?

Sin duda. Porque la literatura me permite jugar y jugar. Qué espléndido es sentarse frente a un ordenador y revivir el juego infantil de ser otros, de ser muchos. Qué maravilla es abrir un libro y desdoblarte en tantas posibilidades anecdóticas y posibilidades de lenguaje. Ser y estar en la imaginación de Bulgákov, y luego saltar a la de Joyce Carol Oates, y luego a la de Doménico Chiappe, a la de Blanca Riestra, a la de Borges, a la de Teresa de la Parra, a la de Alberto Barrera Tyszka, a la de Juan Gabriel Vásquez, a la de Javier Cercas, a la de Nicolás Melini, a la de Juan Carlos Chirinos o Ernesto Pérez Zúñiga o Mayra Santos o Hipólito G. Navarro o Clara Obligado o Rodrigo Blanco Calderón o Lola López Mondejar o Rubi Guerra…es para perder el aliento si se piensa mucho.

La literatura es el reino del nunca acabar, de allí esa impresión de eternidad que nos produce. La literatura nos va limpiando, nos va habitando con sus silencios de palabras, y siempre nos promete y nos entrega más y más.

Por eso fui tan feliz al escribir La noche y yo. Porque allí me centré en gente que vive la literatura como una experiencia total. Los libros que leen son los libros que viven, que respiran, que laten dentro de ellos. Un bibliotecario que decide desafiar el peligro de Caracas y realiza un paseo para ayudar a una amiga; un hombre que va a morir y recupera su vida a través de los cinco libros que la han signado, y una mujer la noche antes de su boda que hace memoria de sus lecturas y sus amantes. Gente que es inexplicable sin los libros que llevan dentro como una casa que los protege.

 

Porque me gusta pensar que los libros son la casa dentro de la que nos resguardamos.

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