Yendo y viniendo es que nos quedamos quietos

Por Sergio Marentes

Una de las mejores formas de leer, cuando no se sabe qué leer, es sin duda el azar. Ya he usado las técnicas más extravagantes, pasando por supuesto por los dados, las cartas, los números de la lotería y hasta por la posición de los astros, pero la que más me gusta es la de dejar que las manos vean por mí. Me gusta hacerlo en una librería cualquiera, por ejemplo: cerrar los ojos e ir palpando con las yemas de los dedos cada uno de los lomos y portadas y dejarme llevar por el instinto ciego o por los estímulos sensoriales hasta que algo me diga cuándo detenerme. De ahí han salido grandes autores y grandes decepciones también, pero lo que siempre he logrado es salir sorprendido. Como aquella vez que me abordó una rubia holandesa de dos metros de altura ofreciéndome su brazo para ser llevado a donde debería de estar un pobre ciego que leía con las manos, quizás un café o una silla de parque rodeada de palomas. Pues eso hice ayer, en la biblioteca pública que queda cerca de mi casa; lo del libro, no lo de la holandesa. Y no lo hice en la sección de literatura sino en la parte científica para obtener mayores sorpresas en el experimento del día. El resultado fue un libro francés de mediados del siglo veinte y que hablaba del tamaño del universo y de sus proporciones. Una de ellas era la proporción que hay entre un átomo y nuestro cuerpo con la de la galaxia y nuestro planeta, ente otras. Pero lo que más me impresionó fue que hablaba del azar del universo, de las casualidades cósmicas y de cómo, por ejemplo, usted puede creer que estas palabras fueron puestas aquí por alguien porque sí, pero estar completamente equivocado; casi como creer que el universo tiene un tamaño y afirmarlo, sabiendo, o ignorando en este caso, que mientras se dice, ya han desaparecido cientos de estrellas para darle paso a otras en ese espacio que se expande y se contrae, como sus pulmones, y los míos, ahora mismo.

Toda una joya de la ciencia ficción que a nadie fuera de la ciencia se le hubiera podido ocurrir, pensé. Y, en efecto, cuando consulté más a fondo la información de la edición leí claramente que había sido publicado en el siglo treinta después de la segunda venida de cristo.

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