EMANUEL QUINT, o la razón con nosotros

Por Ysaías Núñez

El hecho de que el protagonista se llame Emanuel no es una casualidad a la obra se ve sometida. Nombre que a lo largo de la novela se irá desarrollado de una manera aparentemente caótica: Dios con nosotros. Emanuel Quint, un campesino, alto y pelirrojo, es presentado por el autor como un loco, loco en Cristo, según reza el subtítulo en el original, y como lo llamarán de pronto. Tampoco es casualidad que el autor lo juzgue de esa manera, pues de inmediato se da un pequeño juego entre el narrador, que sería la voz cuerda, la voz de la sociedad, y los oídos/ojos del lector como parte que está por encima del narrador, que se cuestionará si lo que le dicen concuerda con lo que él ve.

Der Narr in Christo Emanuel Quint

La novela comienza con la detención de Quint [1890] mientras predicaba en una plaza, pues alteraba el orden público. Quint se verá perseguido en muchas ocasiones e interpelado por la orden de la razón, representada por los párrocos de las iglesias, tanto protestantes como ortodoxas, interpretando a su manera los pasajes bíblicos para humillar al protagonista, quien a su vez también se defenderá con el mismo instrumento, haciendo retroceder a sus atacantes de una forma a veces cómica.

No faltarán los protectores y los seguidores, que se aferrarán a Quint con la esperanza de encontrar la salvación eterna, debatiéndose en muchas ocasiones en si creer que en verdad es Jesús o un loco como muchos aseguran. Cada vez que puede Quint se lo hace saber, que no es Jesús, sino un hombre más, pero las exigencias de aquéllos en ver milagros, primero por los clérigos, luego por sus seguidores más cercanos, hacen perder el rumbo inicial al protagonista. Ante las ironías del clérigo, sobre Jesús que le había devuelto la vida a Lázaro, a la hija de Jairo y al hijo de la viuda de Naín, Quint le contesta: […] El hijo de Dios no resucitó a estos seres, sino que les devolvió la vida eterna. Al hijo del hombre no se le concedió el don de resucitar a los muertos, y sólo cura a los enfermos recurriendo a la medicina, al hijo del hombre sólo se le concedió el don de sufrir y de sufrir con los hombres, que es el don de amar, de sentir compasión por los hombres.” Cosas como estas, como es de esperarse, exasperan al interlocutor ficticio y real.

La novela transcurre de manera más o menos análoga a lo narrado en la Biblia, sólo que cuando se espera que se cumpla la palabra, el protagonista da una interpretación más acertada, como cuando sedientos de milagros y de comida, les dice “el Hijo del Hombre nunca dio de comer a cinco mil personas con cinco panes y dos peces. […] les dio de comer pan del cielo, del mismo modo que a vosotros os ha dado pan del cielo y vosotros lo habéis arrojado a los cerdos.”

Emanuel Quint lleva implícita una crítica inteligente, no irónica, que no busca ofender, sino encarrilar de una manera más razonable lo místico, lo espiritual, haciendo saber que la Biblia es sólo una referencia, como lo dejan claro estas líneas: “[…] En mi opinión, en esta vida brilla la luz sin mancilla del Espíritu, pero en la vida terrena las lacras oscurecieron esta luz divina, y más en esta tercera vida, en un libro que reproduce algo narrado por hombres, oído por hombres y por hombres escrito. ¿O es que hay algún hombre que crea que la gloria que irradia del Hijo de Dios procede de ese libro? Ese libro no contiene sino un pobre y débil reflejo de su gloria.”

Por otro lado, también, busca la destrucción de las iglesias, cuestión que sus seguidores, ya incrédulos, le preguntarán. Quint no contestará por no poder o por exasperación, pues, ¿de qué ha valido tantas palabras si al final no han entendido nada? La destrucción de la que se habla no es literal, sino de la eliminación del adoctrinamiento por parte de un ente, párroco/pastor/secta, evitando así los seguidores hipócritas, que sólo se adhieren las doctrinas por miedo, y no por convicción propia. La novela no está para negar la vida espiritual, sino para resaltarla, pero desde un punto de vista más próximo a lo humano, no corpóreo, sino consciente, porque no se puede hablar de fe ciega si la misma está cimentada en la razón, de lo contrario (una fe sin racionamientos) sería fanatismo, que trae consecuencias graves, de las que Quint no se podrá salvar, ni otros tantos.

 

Sobre el autor: Gerhart Hauptmann, novelista, dramaturgo y poeta naturalista alemán, nacido en 1862, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1912: «principalmente en apreciación de su producción fructífera, variada y sobresaliente en el campo del arte dramático». 

 

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