Los peligros de Garmendia

“Es menester quemarse un tanto

en el fuego devorante de la historia”

Salvador Garmendia

 

Todavía están los personajes sórdidos de Salvador Garmendia pululando por Caracas, el epítome de las urbes venezolanas, el escenario del contraste entre la miseria y la opulencia, la brutalidad y la ternura. Están balbuceando al aire su aislamiento y su incomprensión. Pero su autor ya no existe. Hoy hace quince años de aquella mañana de domingo en que el narrador nacido en Barquisimeto en el año 1928 falleció por un cáncer de garganta, a los 73 años de edad. Fueron esos personajes tan suyos y las anécdotas sórdidas de su marcha citadina los que reconocieron lectores dentro y fuera del país en lenguas tan diversas como el francés, inglés, húngaro, italiano portugués, polaco y alemán. “Mis personajes no son héroes ni triunfadores, ni personas distinguidas y elegantes. Son personajes que se mueven en un ámbito estrecho de la clase media, pero que también tienen sus manías y cultivan sus sueños y sus aspiraciones”, dijo el ganador del Premio Juan Rulfo en 1989 por el cuento “Tan desnuda como una piedra”.

El hombre aislado en medio de la urbe imponente encuentra su lejano antecedente en la novela que escribió Daniel Defoe en el siglo XVIII, Robinson Crusoe. “Mi personaje novelesco ya había nacido y estaba en circulación desde hacía unos pocos siglos”, dijo una vez Garmendia, quien pasó la adolescencia encerrado en casa y leyendo debido al reposo impuesto por los médicos cuando enfermó de tuberculosis: “Era un hombre solo. Un hombre y su memoria. Un Robinson. Una consciencia rodeada de sombras”. Descubro que detrás del enajenado que se ha convertido en el símbolo de su obra y de la literatura venezolana posterior a la vanguardia se encuentra el aventurero por antonomasia de las letras anglosajonas gracias a un libro de la editorial madrileña Salto de Página, donde la argentina Viviana Paletta selecciona y edita unos sesenta textos del autor guaro, a quien en el prólogo identifica como “una consciencia rodeada de sombras”.

Leer la publicación titulada Los peligros de Paulina y otros cuentos selectos resultó una experiencia similar a escuchar a los amigos de mi padre hablar de cómo era él cuando no estaba conmigo. Paletta se refiere a los mismos puntos que los venezolanos tomamos en cuenta para estudiar su obra, pero los ilumina con una luz universal. Cita al poeta colombiano Juan Gustavo Cobo Borda cuando se refería a la “magia material” de su amigo venezolano y hacía alusión a su estampa de Merlín criado a la luz solar abrasante del Caribe. Se refiere a esa “mascarada vertiginosa que combina miseria y lujo por igual” que era la Caracas que veía Garmendia –me pregunto qué diría hoy, cuando los contrastes se han profundizado–. “La temática urbana será tratada a través del fragmento, de la breve estampa, el fogonazo sobre tragedias cotidianas que se diluyen en la nada”, escribe la académica.

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Se trata de una antología distinta porque no se encuentran cuentos fundamentales como “El inquieto Anacobero” o “Tan desnuda como una piedra”, pero está llena de sus obras más breves y de estampas que tienen la esencia del más puro Garmendia como “El peatón melancólico”, “Sobre la tierra calcinada” y, por supuesto, “Los peligros de Paulina”. Su virtud es la de mostrar a un autor sólido y homogéneo en sus preocupaciones y asuntos. La importancia del libro es que permite entender cómo la obra de Garmendia funciona como una cuña entre la tradición venezolana y su actualidad literaria, entre el realismo costumbrista que ocupó casi todo el siglo XX y la narrativa del deterioro del siglo XXI.

La generación de Garmendia tuvo que emanciparse de la paternidad castrante de Rómulo Gallegos y construir sus propios métodos “sin amos”, como llamó al canon literario venezolano de su época el autor de Los pequeños seres (1959) una mañana invernal del año 1996, durante un seminario celebrado en la universidad alemana de Eichstätt. Por eso, Garmendia estuvo entre el grupo de los fundadores de Sardio, primero, y El Techo de la Ballena, después, ambos renovaciones experimentales de la cultura del país que se articularon en “un cegador juego de luces que se extinguió hasta consumirse, sin esperara a que bajara el telón y dejó una tarima vacía y las armazones chamuscadas”, como explicó en su ponencia “Los sesenta: La disolución del compromiso”.

La necesidad de compromiso de este autor considerado para siempre el de la enajenación humana sigue viva entre las generaciones que le sucedieron, de la misma manera que está aún vigente cada palmo de sus narraciones sobre personajes abyectos que como una cohorte de antihéroes caminan sobre el país –¿o era que andaban sobre las letras de sus narraciones?—. Resulta difícil entender la tradición narrativa más actual de Venezuela sin conocer la obra de Garmendia. Unificados por su desconfianza de la retórica mesiánica del chavismo, en la literatura de la generación más joven de narradores de ese país la preocupación subyacente es el fracaso de sus proyectos modernizadores. La narrativa identificada con la época del protagonismo de la Revolución Bolivariana se caracteriza por relatos neoexpresionistas que describen imágenes del deterioro, el envilecimiento institucional y la violencia social. El académico Miguel Gomes llama a este tipo de literatura “fábulas del deterioro”. Yo misma me he referido a esto en seminarios universitarios y en charlas sobre la tradición letrada de mi país como “lo real siniestro” de la cultura de mi país. La tendencia a narrar desde la intensidad emotiva de la expresión no solo viene del dolor de ver a Venezuela desarticulada sino de la tradición impuesta por Garmendia, una de las figuras centrales de la vanguardia de los años sesenta, quien además de preocuparse por la renovación de las letras nacionales, proclamó a la ciudad como centro de la nueva estética. Así creó los personajes y el ambiente, las piezas de ajedrez y el tablero de la literatura venezolana de vocación universal.

Publicado en Colofón Revista Literaria por Michelle Roche

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