Djuna Barnes, la mujer vanguardia

De la misma manera que un ser humano encierra varios individuos y todos los textos son a la vez muchos textos, existen escritos que se adelantan tanto a su tiempo que la crítica literaria debe esperar décadas antes de encontrar sus justificaciones y sus significados moldeados en otras obras. Tal es el caso de El almanaque de las mujeres, escrito por Djuna Barnes en 1928, que tuvo que esperar el desarrollo de la teoría crítica feminista de la posmodernidad, cuando las investigaciones de género comenzaron a dudar del proceso histórico por medio del cual la identidad sexual se la representa como una certeza “auto-evidente”.

Conocida por su novela por Nightwood (1936), basada en su vida de expatriada estadounidense en el París de los años veinte, Barnes (1892-1982) pasó los últimos 42 años de su solitaria vida en un apartamento de Greenwich Village, dedicada a escribir poemas que casi nunca publicaba. Sin embargo, 95 años después de su primera edición, la editorial Egales –creada en 1995 con el objetivo de “visibilizar la literatura dirigida a gays y a lesbianas”, según su página web— publica El almanaque de las mujeres: de sus Signos y sus mareas; de sus Lunas y sus Mutaciones; de sus Estaciones, Eclipses y Equinoccios; y el Relato completo de sus Trastornos diurnos y nocturnos, traducido al castellano por Rocío de la Maya y Anna Sánchez de Rué. Incluye la última entrevista que Barnes dio en su vida, concedida a Michèle Causse en 1981, y una introducción de Isabel Franc –autora de Entre todas las mujeres (Tusquets, 1992) y de “culebrones lésbicos”, firmados con el pseudónimo Lola Van Guardia—.

Almanaque de las mujeresEl almanaque, que es un clásico del feminismo militante, podría definirse como una sátira sobre el lesbianismo parisino de los locos años veinte. En su estructura más básica, el libro es una crónica periodística, estilo usado por Barnes en los reportajes sobre la vida de los norteamericanos radicados en París, durante la década de los años 20 para la revista Harpers Magazine. Pero pronto deja la voz descriptiva de la informante abre paso a la parodia del tono épico y el abuso de la fábula picaresca. Donde Barnes se muestra más venenosa, sin embargo, es en la inversión del estilo santoral –libro que contiene vidas o hechos de santos—, evidenciado en la presentación de la protagonista, la Dama Evangeline Musset, como una papisa lésbica.

El controversial personaje principal estaba basado en Natalie Clifford Barney, quien dirigía uno de los tres salones literarios de París antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Conocida como la Amazona, Barney admiraba la poesía de Safo y fue pionera en el outing lésbico; por lo que además de usar el salón para discutir los manuscritos de las mujeres que lo conformaban, trató de imitar la escuela de poetisas que Safo tenia siglos antes de la era cristiana. Barney además creó la Acádemie des Femmes, una protesta a la Academie Francaise, que se negó a exhibir un cuadro pintado por una mujer hasta el año 1974

La crítica norteamericana posmoderna sugiere que hay tres formas de discurso que se combinan en El almanaque: los segmentos narrativos sobre la vida de la protagonista, la mitología de lo femenino homosexual y el discurso de exposición académica o ironía sobre temas sociológicos y filosóficos.

El primer caso es el más extendido en el libro, que comienza con la siguiente descripción: “Esta es la Historia de la Moza más hermosa y delicada que jamás humedeció una Cama. Se llamaba Evangeline Musset y había sido condecorada con una Enorme Cruz Roja por la Dedicación, el Alivio y la Distracción que procuraba a las Muchachas en sus Partes Posteriores”. La segunda queda en evidencia con la frecuente intersección del texto con poemas de temas eróticos que intentan burlar la tradición sáfica. La tercera forma de discurso es más la más útil para entender la vigencia que tiene el libro de Barnes, un siglo después de su primera edición: “He aquí una gran verdad referida a la Mujer—reconoció Pellizco—. Ningún hombre podría ser, como nostras, uno y ninguno al mismo tiempo”.  De esa manera críptica, el texto advierte dos cosas. En primer lugar, que la Mujer –como categoría cultural, por eso va en mayúsculas— es una construcción de la sociedad patriarcal y, en segundo, que como sujeto del discurso  masculino también es potencialmente masculina, de la misma forma que un personaje literario es una faceta de su autor.

Barnes, desde la alteridad y la vanguardia literaria, señala que la mujer (esta vez como categoría y como ser humano) no tiene un lugar único, estable y específico, pero que es más bien múltiple e indefinible, fuera de los sistemas de representación; un postulado que años más tarde sería el estandarte de las investigaciones feministas de la posmodernidad, entre ellas Julia Kristeva, Lucile Irigaray y Hélène Cixous. El almanaque, como pieza modernista, también llama la atención de sus propios lectores sobre su propia artificialidad de obra literaria y sobre la misma artificialidad del orden establecido, está en sintonía con las investigaciones de género más recientes. En ello se evidencia la comunión de Barnes con otros artistas de su época, desde Filippo Tommaso Marinetti hasta Ezdra Pound.

Si al principio Barnes hizo historia por su snobismo y el grupo de artistas de vanguardia con los que pasó su juventud, después de su muerte comenzó a tomársele en cuenta porque su aporte a la cultura fue eminentemente moderno. A las preguntas: ¿qué se ve distinto en el mundo? Y ¿cómo lo represento? Típicas de la estética de vanguardista, Barnes contestó: se aprecia un rol distinto de la mujer “autoconstruída” y lo expresó minando tanto el lenguaje como los roles sexuales representados en sus textos, pues el estilo caótico de El almanaque desplaza la forma (ordenada) del discurso patriarcal, contraponiéndole el desorden como lenguaje propio de la alteridad.

Publicado en Colofón Revista Literaria por Michelle Roche

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