Los bookstagrammers, jóvenes lectores que aman fotografiar sus libros

maximiliano

A contracorriente de las estadísticas, hay jóvenes que cada vez leen más y exhiben su pasión por los libros en internet. Luca Salva, de 14 años, ha leído 13 novelas en lo que va de año y aspira a leer 50 en 2016, según su perfil en la red social Instagram@sheeranbooks. Salva es el más joven de la novedosa comunidad argentina de bookstagrammers, conocidos por ser jóvenes lectores que aman fotografiar sus libros. A diferencia de parientes cercanos como los booktubers, los bookstagrammers no necesitan una cámara de vídeo decente ni conocimientos de edición, les basta con un teléfono móvil. Más significativo aún: no tienen que mostrarse públicamente, lo que favorece la presencia de tímidos entre sus filas. Aún así, incluso los más introvertidos este lunes hicieron una excepción y abandonaron su anonimato para protagonizar una mesa redonda en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

bookstagram

La cordobesa Julieta Delgado apareció a cara descubierta, a diferencia de sus fotografías como @hijadeatenea, en la que libros como Baila, baila, baila, de Haruki Murakami le tapan el rostro. En sus hermosas composiciones visuales, los internautas pueden verla leyendo de perfil, con su larga melena sobre los ojos; sorprenderse con su antebrazo pintado de azul, naranja y morado con un ejemplar de Zodíaco, de Romina Russell al lado; o conocer sus manos y sus uñas turquesa sosteniendo libros – y manzanas apetitosas cuando se trata de la saga Crepúsculo, la que le hizo dejar atrás su desinterés por la lectura. “Al principio me encerraba en mi habitación a la hora de la siesta a sacar fotos”, explica Delgado. Pasados unos meses confesó el nuevo vicio a sus padres, quienes ahora huyen cuando la ven bajar la escalera con libros hacia la cocina porque saben que, sino, los convertirá en sus asistentes.

julieta delgado

“Dicen que las redes sociales arruinan a la juventud, pero en mi caso no es así”, dice Salva después de la exposición, en la que luchó por controlar su timidez. “Elegí esta comunidad porque me podía expresar escribiendo y no hablando, que me cuesta mucho”, agrega. Estudiante de secundaria en San Martín, una localidad de la periferia bonaerense, explica que comenzó a devorar libros el año pasado y desde que entró en la comunidad de bookstagrammers lee cada vez más. Es también el caso de Maximiliano Pizzicotti, de 16 años, quien ayer se llevó el premio al Bookstagrammer de la Feria y tiene aseguradas las lecturas para los próximos meses.

Todos coinciden en destacar otro efecto de las redes sociales: cambian la forma de leer. La necesidad de acompañar lo leído de una imagen, les obliga a hacer una interpretación plástica del contenido. Además, aunque cada uno lee por separado en su casa, en la escuela y en medios de transporte -entre otros lugares- socializan lo que encuentran en los libros, se retan mutuamente e incluso organizan lecturas comunes cada mes, que después ponen en conjunto. “Hay un poder de síntesis en bookstagram, un impacto visual y semiótico muy grande”, dice la coordinadora de las actividades juveniles de la Feria del Libro, Cristina Alemany.

A lo largo de la charla, los diez jóvenes profesan amistad eterna a los integrantes de la comunidad de bookstagrammers, que arrancó el año pasado y cuenta con 736 seguidores. Piden al público -integrado mayoritariamente por adolescentes- sumarse a ellos y para animarlos comparten consejos de iluminación, de edición fotográfica, de posicionamiento en internet y también algunos secretos, como admitir que el café negro que acompaña a muchas imágenes es en realidad un refresco. Lo que no es ficticio, aseguran, son sus lecturas: “Los libros están muy caros para comprarlos solo para tomarles una foto”.

La mayoría empezó a retratar los ejemplares que les gustaban con un teléfono móvil -suyo o de sus progenitores- y no se imaginaba que un día llamaría la atención de medios y editoriales. Éstas, conscientes ya de su capacidad de atraer lectores, les suministran novedades para que las lean con la esperanza que, de gustarles, las difundan. Algunos piensan en transformar su afición adolescente en un futuro trabajo, como Sofía Fredes, de 18 años, que aspira a ser escritora, pero otros tienen planeados caminos distintos. Es el caso de Pizzicotti, quien, con el premio de la Feria bajo el brazo, mantiene su deseo de dedicarse a la Medicina.

Fuente: cultura.elpais.com

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