Cuando la pasti era la cresta de la ola

Por Luis Alexis Leiva

La nueva novela de Enzo Maqueira nos da las últimas muestras de lo que es escribir realmente bien y ser un joven generacional. Una narración sobre la juventud de la clase media que hoy pasa los 30 años. Ningún peronista se atrevió a tanto.

electronica

Seguir a un autor argentino, hoy por hoy, es una tarea que consiste en decisiones.
Tenés que decidir: ¿leerás a un vivo o a un muerto?; ¿leerás a uno de este siglo, o a uno del siglo pasado o antepasado?; ¿leerás a un consagrado o a un iniciado?

Pero cuando lees a Enzo Maqueira, es como ir a encontrarte con un amigo que ves poco pero que extrañas mucho.

Y no es ésta una metáfora exagerada. Leer a Maqueira es leer a nuestro tiempo: empezar con Historias de Putas (Ed. Lea, Buenos Aires, 2008) es meterse en una crónica que intercala noticias sobre asesinatos de prostitutas, investigación  periodística, e historias de non-fiction contadas de primera mano. Luego Ruda macho (Ed. Lea, Buenos Aires, noviembre de 2010) nos muestra estos tiempos que mezclan lo místico, lo racional, lo miserable y lo sexual, en un contexto sórdido y del conurbano. Pasar por la pecera de El Impostor (Ed. Milena Caserola, Buenos Aires, 2011) significa abandonar la realidad y meternos en lo más ecléctico de nuestros gustos, pelear contra el amor, zambullirse en toda la cultura alternativa y setentosa. Ser culto sin ser snob, y ser snob sin ser culto. Y por último, y como broche de oro a este año, la mejor opción es tirarse de cabeza en la pista de baile que es #Electrónica (ed. Interzona, Buenos Aires, agosto de 2014).

Cómo decirle que no a esta novela que nos interpela directamente desde el comienzo. Te habla a vos, a mí, a nosotros. Te convierte en el personaje principal, porque usando una Segunda persona narrativa, te mete directamente y sin permiso dentro los zapatos de la protagonista.

Encontraremos un manejo perfecto de la narrativa, y si bien #Electronica es una novela, también estará ahí la estructura del cuento. Porque La Profesora de quién se hablará, no estará individualizada. Ella es un ícono, es un retrato que vive una situación. Tiene 30 años, una vida acomodada, es docente en la universidad, está juntada, vive en Palermo… y está ABURRIDA, tremendamente aburrida. El frenesí del viaje que inicia concluirá en un final digno de un cuento, con esa magia del ilusionista que nos hace creer una cosa y termina sacando una moneda de nuestra propia oreja.

La situación inicial consiste en que La Profesora se enamora de un alumno suyo de dieciocho años: Rabec. De ahí arranca su derrotero que va desde las “mariposas en la panza” hasta “volvamos a ser adolescentes y los reyes de la pista”. Un clisé tras otro hasta que esa acumulación de lugares híper comunes nos deja a este personaje hecho una caricatura de sí mismo, una muñequita de cartón, una marioneta del pensamiento colectivo, un cartel que dice: Así éramos nosotros en nuestros tiempos de juventud. Este retrato chato de la protagonista está reforzado por el recurso de pasar de Segunda persona narrativa a Tercera persona narrativa identificándola con el genérico “la profesora”. Y por favor, no olvidemos algo fundamental: si el narrador o narradora, nos presenta al personaje en una segunda voz narrativa, es porque ese personaje cargado de clisés… SOMOS NOSOTROS.

Entiéndase bien. Los lugares comunes que se retratan no son los de la literatura, más bien son los de la vida cotideana.  Voy más lejos aún: son el pensamiento común de las redes sociales. La vida misma de una generación que extendió su adolescencia todo lo que le fue posible. Que hoy por hoy, superando los treinta años de edad, se da cuenta de que ya no es más un pendejo y que debe hacer algo distinto… solo que no sabe qué mierda hacer.

Aquí está la clave: Como diría Henry James, el personaje principal de toda novela, de todo cuento, es LA VOZ NARRADORA. Y en el caso de #Electrónica no podría ser más cierto. Todo está filtrado por esta voz, todo tiene que ver con eso. Hasta el final de la novela tiene que ver con esa voz que narra. Ningún personaje en esta historia tiene más vida que esta voz. Y esta será la salvadora de todo este conjunto de clisés que son los personajes.

El manejo de las situaciones es de una perfección de relojería; de una teatralidad inmejorable. Llega a su punto más alto en el momento en que La Profesora se confiesa con su padre enfermo y víctima de un ACV, mientras una película porno de fondo a todo volumen contrasta la escena.

Leer #Electrónica de Enzo Maqueira es volver a la casa de un amigo, ya lo dije. Es volver a escuchar las historias de nuestra juventud. Discutir imbecilidades con una profundidad de filósofo griego. Es mezclarse entre un par de rayas de merca, un par de pastillas, mucho alcohol… y luego, cebados por el estado de ánimo, salir a buscar la joda que nos espera en cada esquina. La joda que siempre está en otro lado. Como diría André Bretón: La vida está en otro lado.

O también es reunirse en una casa, y escuchar los discos que de adolescentes nos hicieron vibrar, y que todavía lo hacen. Porque además de todo, hay mucha música en #Electrónica, y no solo la música hipnótica de Tiësto, y toda esa caterva de DJs infumables (empastillables sí, pues solo empastillado se soporta), sino también de una música emparentada con lo electrónico y el rock, con una profundidad real y artística.

El snobismo de la clase media porteña estará nadando en la lava de esta mirada que es #Electrónica. Te ridiculizará, te exaltará, te abrazará y llorará con vos por las mismas pelotudeces del amor establecido. Saltará con vos, bailará con vos, se drogará con vos hasta que no te den las cuentas para calcular cuántos años hace que venís de gira. #Electrónica será tu amigo, y tu confidente. Y si no te identificás con estos personajes, será la visión irónica que necesitabas para entenderlos… para entender ese otro mundo que no te perteneció, pero que al fin y al cabo, es tan generacional y humano como cualquier otro.

Cuando hablo de clisés, sepan que no estoy diciendo que #Electrónica es una novela mala. No es así. Es más: es una de las mejores novelas que he leído en este año. Si los personajes que deambulan con anteojos oscuros durante la noche, y saltan, y saltan en burbujas sonoras y alucinógenas, están cargados de lugares comunes es porque TODOS NOSOTROS estamos cargados de lugares comunes. Estos personajes están vivos porque sienten y sufren en este mundo por saberse digitados, por saberse estereotipados. Pero la salvación llegará. Llegará porque es inevitable que de tanto buscar una salida, se encuentre una puerta. Una puerta que te conducirá a un lugar original y atrevido, desafiante y prohibido.  Al fin de cuentas solo la Pachamama puede salvarnos de tanta mierda mediocre.

Recordemos siempre: la vida está en otro lado.

Gracias Maqueira.

Pd: el numeral que se ubica siempre antes del nombre del libro (#Electrónica) es puro agregado mío. Caprichos.

QuéLeer no se hace responsable por las afirmaciones o juicios de valor expresados por los colaboradores en la sección de Reseñas.

2 Respuestas a “Cuando la pasti era la cresta de la ola

  1. Tremenda reseña, dan ganas de correr a comprar el libro.
    Un groso, Luis, recuerdo haberlo leído en otra nota (tremenda también) sobre Burroughs en el diario digital FIN.

    Buenísimo!

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