Transmigración de la voz. A propósito de Nosotros, los salvados, de Jacqueline Goldberg

Por @Marcotrigiano

nosotros los salvados

Desde que leí, por vez primera, Nosotros, los salvados, en su versión digital, hace unos años, fantaseé con la edición en papel. Mas, Jacqueline Goldberg, en uno de esos encuentros en la librería Kalathos, me quitó esa ilusión cuando me indicó que ese libro ya había sido editado y que no merecía la pena  una nueva edición. De hecho, en alguna carpeta de esta portátil en la que escribo, debe reposar un archivo titulado “Libros” en el cual (cuando me ataca la sensatez del orden) voy organizando las ediciones digitales que conservo. Pero detengámonos un poco en el tema de lo digital frente a lo materializado en papel.

I

Apenas estamos al comienzo de los efectos que causa en un autor ver su libro en una edición digital o en una tradicional. La virtualidad (en nuestro país), comienza a llamar a la puerta de los autores para convencerlo de esta otra forma de publicación. Cambia el soporte, es cierto, y ahora necesitas de una herramienta que funciona con energía eléctrica para poder leer su contenido, pero al mismo tiempo cambian muchas otras cosas en el cerebro y en la mente humana. Un neuro científico y otros especialistas podrán dar fe de lo que acá afirmo. Quienes escribimos y provenimos de generaciones acostumbradas al libro de papel, aún no estamos convencidos del alcance y la “normalidad” que supondrá un futuro en el que lo digital se haya adueñado de este territorio. Las amenazas de la desaparición (o transformación) del libro como objeto cultural están latiendo en el rincón donde guardamos nuestras sospechas. Y pese a que nosotros mismos hemos experimentado la edición digital de algunos de nuestros libros, no dejamos de acudir a ellas con reservas.

Este tema es apasionante, de eso estamos seguros. Las versiones tradicionales y virtuales aún no han resuelto sus “diferencias”, sobre todo cuando el núcleo de la disputa es el asunto “libro”. Nos hemos acostumbrados a ciertas lecturas digitales, pero cuando nos referimos a libros y “bibliotecas” no todo es conformidad y acuerdos.

III

Esta nueva edición de Kalathos Editorial (2015) contiene, según la autora, muchos más textos que la original que, si no me equivoco, está datada en 2010. El libro es una suerte de residua de un trabajo de investigación, entrevistas y transcripción de las mismas publicado en tres tomos, Exilios a la vida, por la Unión Israelita de Caracas, en los años  2004 y 2010. Los antetítulo y subtítulo del poemario ya dan cuenta del pudor de la autora ante la posibilidad de asumir la autoría de los textos-poemas. El libro queda, así, registrado como Poesía documental Nosotros, los salvados. Rubricado por Supervivientes de la Shoá junto a Jacqueline Goldberg.

El cine y la literatura han rendido memoria a este episodio insoslayable de la historia universal. La ficción y la documentación de la realidad se debaten en un hecho que rebasa todos los géneros. Mi acercamiento al tema inevitablemente viene prejuiciado por los relatos que he visto, escuchado y hasta presenciado por boca de terceros. Cito, para ejemplificar lo que indico, solo títulos: El Diario de Anna Frank, Holocausto, Luz y sombra de mi vida, La lista de Schindler; estos y más, testimonios de quienes sobrevivieron a lo ya sabido, que luchan o no por mantener viva la memoria. A estos fantasmas ya los había escuchado, independientemente del nombre “real” con el que se presenten en la sociedad.

Los fantasmas son almas desencarnadas, incluso si su carne todavía desanda en este mundo que llamamos vida. Sus voces (gritos, lamentos o susurros) reposan en algún rincón de nuestra mente. Mas también bajo la forma de fragmentos de historias, palabras entresacadas de conversaciones, descontextualizadas para llevar un poquito del dolor que representan al corazón del otro.

 Sin embargo, asumiendo la antipática postura académica, los estudios sobre la voz en las obras literarias nos recuerdan que el tamiz de la mente del autor del libro convierte todo lo expresado en literatura: podríamos hablar de una autora mediúmnica que presta su materia para hacer escuchar a los personajes-coautores, en una suerte de escritura “ectoplasmática”. Si como lectores nos estremecemos ante ciertos pasajes o fragmentos de historias mediadas por la línea poética, apenas puedo imaginar el trabajo por el que tuvo que pasar Goldberg. Se dice fácil: seleccionó unos fragmentos y los llevó a la poesía; la poesía ya estaba allí en los testimonios mismos… Mas esto son interpretaciones de mentes simples, como la del reportero que intenta contar un hecho que no vivió. Acá hablamos de transmigración de voces, un “ejercicio” que podría acabar con la psiquis del más estable de los escritores.

IV

 Cuando Theodor Adorno dijo  «Escribir un poema después de Auschwitz es una barbaridad y eso afecta también a la conciencia de por qué se ha hecho hoy imposible escribir poemas», no creo que tuviera en mente un asunto vinculado con lo bello y lo feo en la obra de arte, con el tema de la poesía como género literario, pues estaría cometiendo (esa mente brillante y terrible) una ingenuidad al equiparar los poemas solo con lo que causa placer estético en el sentido más inocente de la tradición. Hablaba de la dialéctica del dolor, de la gramática de la pérdida y no del horror de los campos de concentración.

Jacqueline Goldberg revive acá este discurso. Vuelve a hacer vivir a la humanidad la incertidumbre de la palabra que tiembla antes de salir de los labios en forma de amargo aliento. Da la dimensión correcta al asunto, cuando cede el terreno al otro para que narre su historia. La historia de ellos, la nuestra. La de la humanidad toda.

QuéLeer no se hace responsable por las afirmaciones o juicios de valor expresados por los colaboradores en la sección de Reseñas.

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