Que lo diga la sangre, por Sergio Marentes

Así como hay días en que las palabras vienen como el agua que brota de la tierra vaya a saber el diablo desde dónde, justo allí, donde menos lo imaginamos, también los hay en que sólo tarareo unas pocas como si fuera un bebé que apena empieza a conocer el mundo, días en que babeo intentando más de dos sílabas.

Pues hoy, justo cuando comenzaba una historia increíble, basada en una idea que me regalaron (como todas), mi fluidez habitual se esfumó. Sabía exactamente lo que quería contar pero las palabras no salían ni por mis dedos ni por mi boca. Le di vueltas a la Internet para despejarme un poco pero no funcionó. Para no perder la oportunidad que daba vueltas en mi mente me pinché un dedo y dejé que la sangre, libre como todas las sangres, hiciera su trabajo. Mi lengua tarareaba algo que mi mente ignoró mientras el hilo rojo, con una serie de bolitas y palitos completos e incompletos, casi un sistema binario, se manifestó a través de la inspiración y la disciplina. Así continuamos hasta que me desmayé, o hasta que ella terminó de escribir.

Me gustó lo que quedó registrado, como anécdota, pero no como literatura, así que lo lancé a la papelera de un solo envión y me quedé esperando a tener de nuevo un bolígrafo para empezar a escribir porque después de eso ni mi lengua ni mi mente pudieron volver a hablar.​

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