“Literaturizar” al abuelo

Una vez Sergio del Molino me dijo que tendía a literaturizar sus experiencias. Se refería a su primer libro, La hora violeta (2013) en donde narra la enfermedad y muerte de su hijo de dos años que padeció leucemia. Pensé que aquello era más que evidente y lo que cualquiera esperaría que dijera, visto el tema que nos ocupaba. El autor nacido en Madrid en 1979 es periodista, así que sabe tanto o más que yo sobre lo que debemos decir en las entrevistas. Pero luego me habló de su segundo libro, que apenas estaba terminando de escribir, y entendí que iba en serio.

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Antes de morirse, su abuelo José Molina atacó a su esposa con una frase:

– “Calla, que de ti no quiero ni que me cierres los ojos.”

Aquel recuerdo de su tardía adolescencia no solo resume el carácter hermético del padre de su madre, sino el halo de oscuridad que convierten una enigma a toda una generación. Durante años, los escritores españoles han tratado de dotar de sentido a la experiencia traumática que fue la guerra civil, pero entre los montones de novelas que han resultado de ese esfuerzo son pocas las que proponen lecturas interesantes. Una de ellas es Lo que a nadie le importa (2014). Y si nos importa este libro es porque se deja de las grandilocuencias que a otros les parecen necesarias.

José Molina era un dependiente del Corte Inglés desde antes de que esa tienda por departamentos se convirtiera en un sello identitario de España. Pero antes de eso había sido recluta del bando nacional en la guerra fraticida que marcó la historia de su país, uno que rechazaba los heroísmos. Pero antes de la vida rutinaria, e incluso antes del ajetreo de las batallas, Molina había sido un joven provinciano de una familia afecta a las supersticiones.

Era, como quien dice, un español legítimo. Espero que esto no se lo tome mal nadie, pero quiero decir que representa el pasado de un país traspasado por profundas contradicciones porque se abraza a la modernidad sin soltar sus apegos al conservadurismo así como también intenta ponerse en el centro del mapa cultural del mundo mientras guarda silencio sobre los episodios más oscuros de su historia, no digamos ya sobre la medieval y moderna, sino sobre la más contemporánea.

En la historia de José Molina es determinante la presencia de Carmen Lara. Ella era la destinataria de la frase que fue la excusa para la novela. Junto a su esposo, esta mujer caprichosa, enigmática y cleptómana completaba el retrato generacional. “Mi abuela le acompañaba en el lado tenebroso y se sentaba junto a él sin hablar”, escribe Del Molino cuando comienza pintar con palabras una imagen de la vejez de José y Carmen: “Los dos viejos sentados en el sofá de Burbieca en una noche de invierno. Helados, hieráticos, callados, hechos de oscuridad. Cuando alguien entraba al salón y encendía una luz se asustaba al verles brotar sobre los cojines del sofá, espectros de sí mismos”.

De la misma manera que nuestros padres son un vínculo con nuestra infancia, bien sea porque tiendan a infantilizarnos o nos recuerden las expectativas no cumplidas, los abuelos son nuestra relación más cercana con el pasado de nuestra comunidad. En la imagen de los dos viejos que ya eran fantasmas en vida puede percibirse la presencia traslúcida de una generación cuyas esperanzas nunca llegaron a realizarse y, con el tiempo, perdió incluso la noción de que una vez tuvo esperanzas. Si José Molina no quería que su esposa le cerrara los ojos era porque hacía años había dejado de mirar a ese mundo que nunca le ofreció nada.

Publicado en Colofón Revista Literaria por Michelle Roche

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