Un pase permanente para entrar en la vida: la poesía reciente y Salvoconducto, de Adalber Salas H.

Por @Marcotrigiano

 

I

El paisaje de la poesía más reciente en Venezuela es muy difuso. Los últimos dieciséis años han estado marcados por el deseo de la publicación y las otrora editoriales alternativas (que cobraron fuerza en los noventa a raíz de la crisis económica) han sido sustituidas por una mayor existencia de oportunidades de edición. En nuestro país se ha venido perdiendo el miedo a los medios digitales y las “publicaciones” virtuales (en su sentido primario de “hacer público un escrito”) son cada vez más comunes. También ha proliferado la autoedición, bien porque algunos “editores” han visto su oportunidad económica en este deseo de los escritores bisoños por hacerse conocer o quizás ver materializado su “libro” y mostrarlo en sus círculos más cercanos, al menos. Todo ello, dejando aparte la ética que debe observar el editor e, inclusive, el mismo autor, se ha vuelto común. Se dificulta, primero, tener acceso a todo lo que se “hace público” y, en segundo lugar, también se hace difícil discriminar y encontrar el terreno fértil entre tanto “disfraz” editorial. Si a esto le sumamos la política de inclusión de unas ahora aparentes empresas editoras del Estado, pues ya vemos en qué queda todo: Monte Ávila edita indiscriminadamente a quien sea, solo basada en contactos y en afiliaciones políticas, así como la ya difunta Fundarte, cuya producción de vez en cuando es consumida por unas llamas oportunas.

II

El asunto no es sencillo de aclarar. Pero los nuevos escritores ven satisfecha su necesidad de promocionarse y piensan que una edición deficiente de su “trabajo” es “mejor que nada”. Lo demás, la calidad, queda en la mente de su autor, familiares y amigos. La crítica, por su parte, ha insistido en esto, no se da abasto para juzgar el material y voltea su mirada a las editoriales de tradición o a lo que va cayendo en sus manos. Observarán ustedes que somos pocos los que nos atrevemos a evaluar alguna plaquette o trabajo pobremente editado. Generalmente el tosco diseño aleja a los lectores serios o realmente interesados.

Por eso, para hablar de los poetas (que es nuestro caso) de las llamadas últimas promociones, hay que tener vocación de arqueólogo o aventurero y buscar no solo en Caracas, sino en cualquier otro lugar del territorio nacional; amén de indagar en las redes y vencer el prejuicio que ofrecen los blogs personales o las páginas web y revistas virtuales de literatura, los cuales son construidos por los mismos autores y carecen de filtros críticos. Hay mucho trabajo por hacer.

Los talleres literarios, profusos en los 70 y 80, lograron mantenerse en los 90 y en lo que va del siglo XXI. A fin de cuentas, este “descubrimiento” de Domingo Miliani que trajo de México a la UCAB y el Celarg, constituyen verdaderas “escuelas de escritores” (con sus fallas, claro está) o, por lo menos, espacios para el disfrute de una actividad que pretende transformar el entretenimiento personal en oficio asumido.

En nuestro caso, son más de 25 años coordinando talleres, sobre todo en la Escuela de Letras de la UCAB. Para mí es parte de la obsesión por la enseñanza de la literatura desde el interior del monstruo: la escritura de la obra. Leer y analizar autores que consideramos modelos en diversas características del poema: García Lorca y el ritmo, Eliot y el cruce de discursos, Whitman y la búsqueda de un lenguaje más accesible y propio de los pueblos, Gerbasi y la construcción de la metáfora, Dickinson y el lenguaje que nace en la interioridad, influido por la naturaleza y las lecturas, etc… permite conocer de literatura, pero también observar el proceso de creación en carne propia que nos acerca a ella.

De mis cursos, sin duda, el “egresado” que más ha destacado ha sido Adalber Salas Hernández. No digo que sea el único, pero es quien ha sabido caminar las estrechas calles del laberinto que ofrece el mundo editorial. Otros han alcanzado por lo menos la edición de uno o dos tomos de poesía, logrando así la meta del tallerista: “convertirse en poeta” (nótese el entrecomillado). Alguno más ha probado otros derroteros, como los recitales (convirtiéndose en verdaderos expertos de estas funciones) o los “performance”, pues no han terminado de entender que lo que queda es lo escrito, incluso más allá de lo publicado. No han comprendido que la poesía es una labor solitaria y la “publicación” (impresa o no) es apenas una consecuencia, pero no lo más importante. Para no extender más esta reflexión, entremos de lleno en Adalber y las cotas que ha alcanzado, así como los caminos que le han servido para lograrlas.

III

Conocí a Adalber en las aulas de los talleres de la UCAB a las que acudió creo que en cuatro oportunidades, cada vez con menos frecuencia en su asistencia personal, pero siempre manteniendo el vínculo: mostrándome sus escritos, comentando autores que él o yo descubríamos, conversando sobre la poesía y su desarrollo en la Venezuela que nos era inmediata. Se inicia en las publicaciones con buen pie, cuando se hace acreedor del Premio del segundo Concurso Interuniversitario de Poesía, el cual fue publicado por la Editorial Equinoccio de la USB, en 2008: La arena, el vidrio: ascenso en tres movimientos, un libro caracterizado por un lenguaje más hermético que el de sus posteriores trabajos, aunque también destacado por el diseño de sus imágenes y el trabajo del discurso. De este título, el Movimiento Poético de Maracaibo haría otra edición de corte artesanal, en 2015. Seguidamente edita con Bid&Co, empresa que se distingue por lo bello de sus ediciones (y de la que luego sería codirector), sus libros Extranjero (2010, con una segunda edición bogotana en Común Presencia, 2012), y Suturas, (2011). En Extranjero sería más fácil seguir su propuesta puesto que el lenguaje se suavizaba y bajaba el tono hermético, aunque sostenía el cuidado del lenguaje. Otro tanto podrá decirse de Suturas, donde el tasunto de la enfermedad se apropia del núcleo del libro.

Siguen sus publicaciones Heredar la Tierra (Bogotá, 2013) acogido nuevamente por la editora colombiana Común Presencia. Este libro no circuló suficientemente en nuestro país y eso hizo que pasara desapercibido a la crítica. Como vemos, sus libros siempre han estado bajo la égida de editoriales de poesía respetadas. Su último título, Salvoconducto (Valencia, España, 2015), vino precedido del Premio Arcipreste de Hita (2014) y de la mano de la prestigiosa Pre-textos. En este último trabajo vuelven a aparecer los temas del exilio (que vimos en Extranjero), la patria perdida (Heredar la Tierra), la enfermedad (Suturas), ahora acompañando el asunto de la descomposición moral e, incluso, la añoranza de esta.

Quizás sea injusto advertir un constructo artificioso del tema de la destrucción del país, pero así nos lo parece. El autor vive desde hace varios años en América del Norte y aunque no es ajeno (¿como cualquier venezolano?) a la realidad que asola nuestra nación, no dejamos de percibir determinada lejanía a una realidad que ahora solo conoce de oídas. Pasa esto con muchos escritores venezolanos residentes en el extranjero, para quienes nuestra realidad es algo visto de lejos (aunque duela), algo que se les ha contado y no vivido.

Adalber cultiva también la entrevista, el ensayo, la traducción y la promoción. Es quizás esta la labor más digna que ejerce. No obstante, le hemos señalado, incluso personalmente, que se deja llevar por los afectos y pone de lado el ojo crítico. A su cargo se encuentra una sección de Bid&Co en la que publica a autores jóvenes, mas no dejan estos de ser amigos, compañeros de palabra y promoción e, inclusive, escritores de mayor cercanía emocional. Lo advertimos  quienes lo queremos bien: su mirada crítica se nubla por el sentimiento y promociona autores a quienes les falta mucho por recorrer en el nada simple camino de la literatura. Es, esto que acá digo, una impresión personal. Nada más.

En Nueva York se encuentra siguiendo estudios doctorales, luego de obtener un Máster en Escritura Creativa, junto a otros venezolanos. Un lugar idóneo para las conexiones, la cercanía y el abrirse campo en este mundo de relaciones. Todo ello necesario para seguir el camino que ha escogido, no lo negamos. Profesionalizarse en el área de la escritura literaria implica contactar mejores editoriales y cultivar amistades que faciliten el camino. No es esto una crítica negativa, es tan solo señalar una realidad necesaria. Sin duda este poeta lo ha entendido y sabe “gerenciarse”.

Por otra parte los premios recibidos van dando constancia de la calidad de su trabajo y en este caso nos consta que los contactos no intervienen: quizás sí para las publicaciones, pero no para los lauros.

IV

Volviendo al premio español, el libro presenta una coherencia de contenido que muchos “poemarios” pierden de vista. Son estos los que pertenecen a quienes creen en el mito de la inspiración, del genio interior que aún desconocen los demás, y piensan que el trabajo, el esfuerzo diario, la ingeniería del contenido, no son precisos. Trae Salvoconducto treinta y tres poemas (número cabalístico para algunos, pero que habla de un trabajo en la estructura del mismo), todos continuos y debidamente presentados bajo la numeración romana. Todos ellos combinan los diferentes temas que hemos señalado que, como apreciarán quienes han seguido la obra de este joven escritor, son siempre los mismos, sus temas.

rcipreste de Hita

Como hombre de letras, Salas Hernández es muy cuidadoso con su trabajo, casi nunca veremos frases inconexas, sueltas, puestas al azar. Sus libros son pensados antes, durante y después de su forma definitiva en el manuscrito. Ese tesón ha hecho que haya llegado al catálogo de las publicaciones de Pretextos. No solo no se ha quedado del lado de acá de las fronteras patrias, sino que lo ha cruzado con pie firme. Esto nos recuerda a escritores venezolanos de otro tiempo y a los casos relativamente recientes de Arturo Gutiérrez Plaza, Alfredo Herrera y Luis Enrique Belmonte. Esto, también, permite que se desprenda del conglomerado de coetáneos que hacen junto a él la ruta de la poesía de su tiempo.

Observamos, no obstante, en Salvoconducto, determinados detalles que yo los asocio más bien con mi gusto personal más que con objetivos asuntos escriturales. Por ejemplo, el uso deliberado del artificio pareciera traicionar a ratos la auténtica creación. Su lado creativo sucumbe ante el percatarse de alguna frase ingeniosa que termina siendo un error de ingenuidad. Para muestra, el botón del primer poema. Este comienza con “Caracas, los que vamos a morir no te saludan”, un salve a la emperatriz que ve a sus centuriones o soldados dirigirse a diario a una batalla en la que están conscientes de su muy probable muerte. Es un verso flojo, desde nuestro punto de vista, nada digno de otros brillantes de este autor. La odalisca de ahora es una hidra de mil cabezas personificadas en la delincuencia y la violencia metropolitana.

Pero ese mismo ingenio da valía a otros varios poemas que se sostienen en sólida inteligencia (por ejemplo, la serie de voces que construye y hace hablar desde “los infiernos”: Heráclito de Éfeso, John Coltrane o Luis de Góngora y Argote, como muestras). Hay varios otros textos en los que la ironía es manejada con exquisitez y logra así un discurso que seguramente impresionó al jurado del premio que reconoció su trabajo.

Cosas como esta permiten un equilibrio con la temática de la violencia que pretende ser el camino trazado. El poema se debate, así, entre la cruda descripción de lo violento, en distintos niveles y lugares (externos o internos al poeta) y el contexto de los hablantes: un coro de voces que nos transportan a diversas referencias y sus mundos.

V

La poesía es un salvoconducto, pero para el alma. Nuestro cuerpo probablemente yazga en alguna oscura calle de Caracas, en un alto no previsto mientras retornábamos a casa. No tiene importancia de si este sea el de un poeta, un funcionario del gobierno o lo que se suele llamar un ciudadano “de a pie”. El poema nos acompaña y nos entretiene mientras recorremos la ciudad (Caracas, Nueva York, Madrid, la que sea). Es un salvoconducto firmado por nadie, pero para las trochas de nuestra mente o espíritu. ¿Alivia el dolor? Es ingenuo pensar que sea así. Muchas veces hemos pensado en la inutilidad de la poesía y de las artes, en general. Inutilidad para la vida práctica, quiero decir. Pero insistimos en ella. Por eso saludamos este libro de Adalber Salas que, como dijo él mismo en una entrevista, haga que quizás ojos de otras naciones giren su vista hacia la poesía reciente. Eso, no lo sé, quizás genere esperanzas a quienes creemos y vivimos, en buena parte, con la literatura atravesada entre ceja y ceja.

QuéLeer no se hace responsable por las afirmaciones o juicios de valor expresados por los colaboradores en la sección de Reseñas.

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