Sergio del Molino: “Nos educaron para un mundo extinguido”

FOTO: Lara Albuixech

FOTO: Lara Albuixech

Sergio del Molino no para de escribir. Hace menos de un año que salió su segunda novela y acaba de terminar un ensayo que saldrá publicado con Turner en abril. Lo bueno es que sus temas se conectan. En Lo que a nadie le importa recrea la vida de abuelo materno y de una parte de esa generación construida a base de silencios, supersticiones y frustraciones. Y en La España vacía. Viaje por un país que nunca fue ensaya un recorrido por su visión del país. Se trata de la sistematización y el desarrollo de algunas ideas que ya están apuntadas en su novela. Y la prodigalidad de este autor nacido en 1979 no termina allí. Le acompaña todo el tiempo, como en sus frecuentes entradas en Facebook, que van desde los juicios políticos, a las consideraciones sobre el estado de la literatura o la narración de una ocurrencia de su hijo. En la fecundidad creativa se parece al erudito madrileño Francisco Umbral, que lo mismo escribía narrativa que ensayos, que poesía, que artículos periodísticos. Sin embargo, en la multiplicidad de medios que utiliza para difundir sus mensajes es un hombre de su tiempo.

Con varios libros de cuentos publicados y a novela La hora violeta donde literaturiza –la palabra es del autor– la experiencia de ver morir a su hijo de cáncer, Del Molino es una voz sólida y particular en la generación de escritores españoles que, por fin, llegan a las librerías y surge de una manera descarnada de ver la realidad que toma el desparpajo de la crónica iberoamericana actual mezclándolo con la mejor ironía de Vladimir Nabokov. Es esa voz junto a la caracterización de los abuelos como alegorías de los tiempos que vivieron lo que imprime el sello distintivo a Lo que a nadie le importa.

– ¿Cuáles son las dificultades de ver al pasado de alguien querido a través de nuestros lentes particulares del presente?

– Es una especulación destinada al fracaso. Cuando adopto el punto de vista de mi abuelo, en realidad, estoy proyectando mi sensibilidad, la de alguien nacido en 1979, sobre la de una persona nacida en 1915 con una trayectoria vital y un bagaje radicalmente distintos a los míos. Imagino cómo me sentiría al enfrentarme a lo que se enfrentó mi abuelo, pero es una atribución injusta, porque seguramente a mi abuelo le dolieron cosas distintas a las que me dolieron a mí o quitó importancia a cosas que a mí me parecen importantísimas. Lo que para mí puede ser brutal e insoportable, como la violencia callejera o el clasismo, para él podía ser parte del paisaje. Pero esta distancia, lejos de ser un problema, es el núcleo de lo literario.

 

– ¿Existen similitudes entre la generación de tu abuelo y la tuya?

– Hay una fundamental, y es la conciencia de la incertidumbre. Tanto los nacidos en 1915 como los nacidos en torno a 1980 en España crecimos en sociedades que parecían sólidas y perdurables, pero que mostraron su fragilidad y su derrumbe muy pronto. Fuimos educados en unas coordenadas sociales y culturales que, al llegar a la vida adulta, se revelaron insostenibles. Nos educaron para un mundo extinguido. Por supuesto, la tragedia fue mucho peor para mi abuelo, lo mío ni siquiera alcanza el grado de drama. No hemos vivido una guerra, pero no sabemos si estamos libres de vivirla. Y eso nos une.

– Te refieres en la novela a la paradoja que resulta de tomar en cuenta la enorme cantidad de libros que se han escrito sobre la Guerra Civil y lo poco que la comprendemos.

– La guerra civil es el gran trauma español y es normal que sigamos escribiendo sobre él. En cuanto piensas un poco en España, la guerra es el origen y la catarsis de muchas cosas que definen el país hoy, así que seguirá ocupando libros y discusiones, eso es inevitable. Sin embargo, hay una tendencia reduccionista que cuenta la guerra como una historia de héroes y mártires. Se ha aceptado un relato estándar que es muy plano y poco humanista, ya que tiende a la hagiografía o a la demonización del otro, y eso replica el discurso guerracivilista, que es un discurso de heterofobia y cosificación del contrario. Hay muchos relatos transversales que apenas aparecen. Creo que hay que recuperar la dimensión humana de la guerra, huir del martirilogio, y colocar a los españoles que la sufrieron en el centro de la acción. Es una generación de españoles atrapados entre dos fuegos, obligados a matar o a morir y desconcertados ante una brutalidad que no han buscado.

– ¿De qué manera crees que tus obras se insertan en la tradición de tu generación?

– Sería presuntuoso por mi parte encuadrarme yo mismo en tal o cual corriente. Pero me siento bastante verso suelto. Escribo lo que me da la gana y no me preocupa mucho lo que mis compañeros de generación escriben. Los leo, claro que sí, y percibo afinidades lógicas entre personas que han crecido juntas y que comparten un contexto cultural y una misma versión de la historia, pero más allá de eso, si tengo que destacar un rasgo común sería la polifonía: nos parecemos en que somos distintos. No siento presión de grupo ni generacional por encajar en un canon. No digo que no exista, pero yo no la siento.

Publicado en Colofón Revista Literaria por Michelle Roche

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