Juan Carlos Méndez Guédez: “El escritor y el ciudadano deben ir cada uno por su lado”

El escritor Juan Carlos Méndez Guédez presenta su más reciente novela, ‘El baile de madame Kalalú’ (Siruela), una historia con nombre de canción de Rubén Blades con la que se adentra todavía más en el universo literario de la picaresca de entregas como ‘Chulapos mambo’ o ‘Los maletines’.

Juan Carlos Méndez Guédez se está haciendo mayor. Sí, eso: mayor… escritor; así  lo demuestra en cada libro que publica. Las suyas son historias cada vez más sinfónicas, mejor orquestadas; escritas en la clave de una partitura mestiza; armadas con una prosa sabrosa y a la vez poética. Historias hechas de un ritmo vibrante, con personajes que salen y entran cual trompetas de una salsa prodigiosa. No en vano El baile de madame Kalalú (Siruela), su nueva novela, tiene título de canción de Rubén Blades y Willie Colón. Algo en este libro traza un arco perfecto, el que se tensa en el hilo de la picaresca, un tema que guía sus anteriores novelas Chulapos mamboLos maletines (Siruela).

Juan Carlos Méndez Guédez se está haciendo mayor. Sí, eso: mayor… escritor; mayor y mejor escritor. Así lo demuestra en cada libro que publica

Pero no todo lo que brilla es salsa, en el caso de Méndez Guédez -que nació por cierto en una ciudad musical: Barquisimeto- hay mucho más que eso. Hay humor, celebración del lenguaje, pero también ironía, intriga y peripecia. En las páginas de El baile de madame Kalalú, Juan Carlos Méndez Guédez (Barquisimeto, Venezuela, 1967) cuenta la historia de Emma, una hábil y astuta mujer que se las ha arreglado para convertir el delito en una forma de corregir la realidad. Ella roba o falsifica obras maestras que deben pasar de las manos equivocadas a las de quien realmente las merece; alguien que se sabe no demasiado gorda, tampoco demasiado fea pero que encuentra fascinación en crear versiones de sí misma. Emma es ella y las veinte mujeres en las que puede llegar a convertirse. Cenar en Madrid y levantarse en Nueva York, hacerse con un Pollock o arrebatarle un Reverón a la vulgar amante de un político. Todo parece marchar sobre ruedas para Emma hasta que la acusan del homicidio de tres matones rumanos.

el baile de madame kalalú

El asunto sería más o menos normal de no ser por un detalle. Todo cuanto ocurre tiene lugar mientras Emma cuenta su historia a una monja… en coma. Sí, una religiosa que ha caído en un estado profundo de inconciencia después de intentar quemar un convento del siglo XVIII. Enredo, peripecia, pero también una reflexión sobre la identidad y la capacidad de la ficción -de la falsificación, la copia- para mejorar la realidad, casi siempre imperfecta y vulgar. La protagonista, que se describe a sí misma como un Xavi Hernández del robo y el vivir, toma el testigo del atormentado y pusilánime Donizetti que transporta encargos de un lado a otro en Los maletines.

Méndez Guédez es a la vez el hombre y el escritor que se marchó de Venezuela hace 20 años y 15 libros, pero que también aquel que ha hecho suya España

Han transcurrido 20 años, nueve novelas y seis libros de relatos desde que Juan Carlos Méndez Guédez llegó a España, un país del que jamás se marchó y que ha incorporado a su vida y su prosa como el contrapunto de su venezolanidad literaria… y ciudadana. La una no puede entenderse sin la otra. Atrás ha quedado el Méndez Guédez más autobiográfico o acaso melancólico de Árbol de luna o Tal vez la lluvia para dar paso a uno más completo y potente que ha encontrado en el bribón la elegancia perdida de los mundos que se superponen en su vida. ¿Hasta dónde llegan el uno y el otro? Después de 15 libros, Méndez Guédez es a la vez el hombre que se marchó de Venezuela pero que también ha hecho España suya. No cabe duda: Juan Carlos Méndez Guédez se ha hecho mayor… mayor y mejor escritor.

-¿Cómo explicar al lector de qué trata esta novela sin hacer de espóiler? ¿Quién es Emma? ¿Tan sólo la jefa de una banda de ladrones? ¿Un elogio a la ficción? ¿Una pícara? ¿Un manifiesto contra vulgaridad?

-La historia de Emma en El baile de madame Kalalú es la de una mujer que ha decidido luchar por la belleza y sale al encuentro de ella, cueste lo que le cueste. Es una mujer que se niega a ser Penélope y a esperar tejiendo la llegada del guerrero, sino que ella decide ser la guerrera de su propia vida.

“La Emma de El baile de madame Kalalú es la de una mujer que ha decidido luchar por la belleza y sale a su encuentro, cueste lo que le cueste”

-Uno de los hilos que sujeta la novela lo pone en boca de un personaje llamado Avellaneda por cierto: la vida es imperfecta, por eso no se trata de copiar sino de crear algo nuevo.

-Sí, Avellaneda, como el autor del falso del Quijote. La novela está llena de guiños de este tipo. Los ayudantes de Emma en la banda son Lope y Calderón. El que no conoce esos guiños puede igual seguir perfectamente con la historia. Sobre esta idea, pues hay un tema que tiene que ver con la identidad y la falsificación. Me gusta la figura del creador que falsifica, porque en el fondo todos hacemos lo mismo: damos pequeños cambios a algo que no es nuevo. La única persona original fue la primera que dijo ‘había una vez’ y desde ese entonces lo que hacemos son variaciones. Tener conciencia de eso me parece una forma de entender la creación con cierta humildad.

-Emma es una falsificadora.
-El falsificador me parece una figura entrañable. En Venezuela tenemos uno maravilloso, Rafael Bolívar Coronado, que llegó a escribir con 600 nombres de autores distintos, también se inventó antologías de poesía boliviana y costarricense. Ese signo marca a los escritores venezolanos, además Rafael Bolívar Coronado es el autor del Alma llanera. Está enterrado en Barcelona. Y aunque esto no tiene nada que ver directamente con la novela, forma parte del espíritu que me guía y que se genera alrededor de la vida de una persona. En el caso de Emma, ella falsifica vida.

“Me interesan las historias reales que tienen un pequeño desvío, que todo parezca normal de no ser porque tiene un detalle singular”

-Y se gusta en la medida en que se inventa tantas vidas como pueda. La primera es ésa que le servirá para salir de un hogar ordinario, gris, de clase media. Lo surrealista del asunto es que le cuente todo esto a una monja en estado coma.
-A mí me interesan las historias reales que tienen un pequeño desvío, que todo parezca normal de no ser por un detalle singular. En este caso, Emma es una mujer que le cuenta su vida a una monja… en coma. Es una situación delirante que nace del Lamento de Portnoy. Todo transcurre en la narración que hace el protagonista a un psicoanalista. Cuando la leí quise hacer lo mismo, pero mi voz no da para un psicoanalista, es demasiado sofisticado. Entonces pensé en una monja… que además estuviera en coma. Me gustan ese tipo de situaciones esperpénticas.

-Emma parece una paranoica. Sufre una especie de delirio de persecución, pero a la vez es práctica, incluso fría.
-Creo que son los jungianos quienes dicen que nadie tiene una sola forma. Esta mujer, Emma, que es muy Marte, puede tener un influjo de Atenea y ser muy cerebral. Todos tenemos muchas personas dentro y es verdad que Emma tiene muchas esferas y no sólo porque se inventa personajes, sino porque tiene la capacidad de mutar. La ambigüedad es muy interesante narrativamente.

-El título es muchas cosas, pero es justo la canción que ella escucha cuando decide convertirse en otra para flirtear con el novio de su hermana.
-Cuando suena El baile de madame Kalalú es el primer momento en que ella accede a la belleza y lo hace por la vía del desdoblamiento. Emma piensa: soy bella cuando no soy yo, cuando soy otra. Empecé a escribir la novela por el título, porque me vino a la cabeza: El baile de madame Kalalú. No es ni siquiera mi canción de Rubén Blades y Willie Colón, pero apareció en mi cabeza. Puedo decir que esta es una novela que llegó con título y sin novela, y tenía que escribir para averiguarlo.

“Puedo decir que esta es una novela que llegó con título y sin novela, y tenía que escribir para averiguarlo”

-¿Puede leerse esta novela en la clave de una trilogía? ¿El baile de madame Kalalú completa esa saga de bribones y pícaros que comenzó con Chulapos Mambo y siguió con Los maletines?
-No me lo había planteado de esa manera. Y me gusta esa visión. Es una posibilidad interesante de lectura y tiene que ver con lo que estoy haciendo. Me fascina la novela picaresca y es cierto que estoy haciendo pequeñas mutaciones al mezclarla con otros discursos. Has atisbado una coherencia de la que no me había percatado. Me gusta mucho el pícaro, alguien que está en la periferia, y de mucho literariamente.

-Emma, la protagonista de madame Kalalú, es más digna, más fuerte y más exitosa que el pobre Donizetti de Los maletines, un hombre sin voluntad que se deja empujar por las circunstancias.
-Sí y esa puede que sea una percepción subjetiva mía, pero noto cada vez más eso en la vida actual eso: hombres como a quienes la vida los arrastra llevándoselos; a las mujeres de este momento, en cambio, las veo mejor instaladas en la realidad. Más guerreras.

-La novela conserva elementos distintivos de su prosa, sin embargo, hay una madurez. Como si hubiese arrancado el registro autobiográfico. Ha decidido ensanchar la mirada, poner a sus personajes a entrar y salir. ¿Eso le ha ocurrido al Méndez Guédez narrador o al Méndez Guédez autor?
-Yo creo que todo eso pertenece a los personajes, en este caso a ella. Emma es muchísimo más lista que quien la ha escrito. Y eso es lo que deben ser y hacer los personajes. Emma es brillante, tiene unos rasgos de cultura, de sentido común, de inteligencia y lucidez, rasgos en los que a mí me costaría mucho reconocerme. Me encantaría conocer una mujer así. Seguro caería rendido ante ella.

“Vivimos en un mundo Berlusconi. Un mundo zafio, un mundo feo, donde Emma no encuentra su lugar”

-¿Estamos viviendo un momento de pícaros vulgares? ¿Esto es una parodia, una romantización, acaso una recuperación de la elegancia del bribón?
-El delito es zafio, la zafiedad nos rodea. Estos últimos señores que uno ve que están arrestando te hacen pensar: pero qué zafios, rodeados de una cosa tan cutre. En ese sentido sí podría pensar que Emma intenta recuperar la elegancia del bribón. En la novela hay un epígrafe de Maurice Leblanc, el que inventó el ladrón de guante blanco, aquel tipo de personaje elegante e irónico. El delito es un mundo desprovisto de belleza y lleno de zafiedad, por eso Emma no sólo busca la belleza sino que además intenta propiciarla.

-Quizá a Rus o a Rato no les habría venido mal un poco de su inventiva y elegancia.
-A su manera, vivimos en un mundo Berlusconi. Un mundo zafio, un mundo feo, donde Emma no encuentra su lugar y por eso actúa como actúa. Propone la belleza incluso en lugares insospechados, como ese lugar popular en el que conoce a Fred.

-Lo mencionó usted, no yo. Así que si hacemos un espóiler, la culpa es suya. Fred, este gran amor de Emma… ese motor que la impulsa a hacer cosas, pero uno podría pensar que no existe.
-Ella baila con él. De que existió, existió.

“El delito es un mundo desprovisto de belleza y lleno de zafiedad, por eso Emma no sólo busca la belleza, la propicia”

-Claro, pero no es un normal que un personaje con el que ella baila cuatro minutos la arrastre de esa manera.
-¿Seguro? Yo he visto cosas así en la vida. Una amiga o un amigo que han conocido a alguien una tarde y sin embargo se preguntan cómo sería su vida con esa persona. Somos capaces de inventar unas novelas así a partir de cosas pequeñas. No te creas: no es de los aspectos menos reales del libro.

-Pensándolo bien, la gente está ávida de corregir la realidad, como sea.
-En la vida real no todo encaja, hay muchos detalles sueltos. Quizá Emma tiene una mente de novelista y decide que todo debe encajar.

-Oiga, ¿no le parece que Emma es perfecta para una serie o una saga?
-Ocurre que estoy haciendo una novela de una detective que usa la brujería de María Lionza para resolver unos casos y justamente la he pensado como una serie de libros. De hecho, ese personaje conoce a Emma en madame Kalalú. No está mencionada pero sí aludida.

-Ahora que lo pienso, el lazarillo de Donizetti en Los maletines es brujo también.
-Sí, a veces pienso que el libro que estoy escribiendo ahora es una mezcla del Donizetti de Los maletines y Madame Kalalú. Bueno, estoy hablando de cosas que a saber cómo terminarán.

“Creo que voy hacia libros muy distintos y cada vez más cercanos a lo que me interesa”

-¿Adónde va Méndez Guédez literariamente? ¿Ha entrado en un punto de quiebre?
-Hay distintas cosas. Hablar literariamente de mí mismo me cuesta. Pero vitalmente sí creo saber cuál fue el punto de inflexión: la reedición que se hizo en Venezuela de El libro de Esther, una novela que actualmente en España no circula. De esa reedición salieron otras tres ediciones más. Siento que eso despertó a mi alrededor en Venezuela una oleada de cariño que funcionó para mí como un impulso vital. Fue un cambio, establecí una conexión especial con mis lectores. Literariamente hablando no estoy tan seguro de dónde pueda estar ese punto de inflexión.

-Emma, como los personajes de sus dos novelas anteriores, aunque se muevan como caraqueños, ya no caminan por las calles de esa ciudad. En algún momento parece que usted se hubiese arrancado.
-Puede ser, a veces crecer es ir dejando cosas atrás. No lo sé. Creo que es una sensación compartida con otros escritores de mi edad: hay un momento en el que comienzas a sentirte más libre. Ya no estás tan atento a lo externo, sino que la literturata y lo que te interesa va hacia adentro. Eso te da como una suerte de alivio y de libertad. Creo que voy hacia libros muy distintos y cada vez más cercanos a lo que me interesa. Algo tan infantil como los espías, que a lo mejor hace diez años no me habría atrevido, y eso que siempre quise ser uno.

“Tengo 20 años en España pero sigo oliendo aquellos aromas violentos de Caracas”, dice Méndez Guédez

-En El baile de madame Kalalú, hay una historia de amor que aparece entre una canción del merenguero Ruby Pérez y un cuadro de Degás; sus imágenes y descripciones son exuberantes, sensoriales, contradictorias, bellas y a la vez absurdas…
-Caracas era eso: siete universos que coincidían en un mismo punto, desde lo más sofisticado hasta lo más corriente y sin embargo todo dialogaba. En un autobús atestado de gente, horrible y con olor a gasolina yo podía llegar a ver un Picasso en aquellos museos maravillosos que existían en la Caracas que yo viví. En esa ciudad llegué a leer a Kafka mientras paseaba por calles llenas de basura y sonaba de fondo Yolanda del Río. ¿Por qué si existen todos esos niveles me voy a quedar sólo con uno? Por eso esa exuberancia me interesa. Me sale de manera natural. Tengo 20 años en España pero sigo oliendo aquellos aromas violentos de Caracas: el perfume de mujeres que suben a un ascensor lleno de gente, el olor de la fruta, pero también el de la grasa y la suciedad. Eso es fascinante y terrible a la vez. Vivo en Madrid, amo esta ciudad, pero me gusta conservar las dos cosas, los dos niveles.

-Toda escritura es una recuperación, y aunque sus libros se han despegado de Venezuela, algo de ella siempre aparece en ellos. ¿Cómo conviven en su caso el escritor y el ciudadano? ¿Cómo conviven el escritor venezolano y el escritor español que también es usted?
-El escritor del siglo XXI debe recuperar la humildad que no tuvo el del siglo XX., cuando pensaba que era un privilegiado y la voz de la sociedad. Ese tipo de escritor, que a mí me parecía decadente, ahora tiene como herederos. Esa cosa muy del tipo Saramago, el tipo de autor que se planta como quien dice ‘yo soy la voz’. E incluso muchos escritores españoles están metidos en ese tema de ‘yo soy la voz de los desahuciados’. En lo personal, eso me resulta un tanto antipático y cursi, porque todas estas personas que se dicen tan comprometidas con la realidad no serían capaces de pasear conmigo por mi barrio caraqueño a las siete de la tarde.  Yo soy un ser humano, no soy Sartre. Sartre dijo maravillas de Fidel Castro, si él dijo una estupidez como ésa, ¿cómo voy a pretender yo decir cosas sensatas? Por otra parte sí intento que el ciudadano no intervenga demasiado en las novelas. Yo puedo tener una preferencia política sobre un candidato, pero no haré una novela al respecto, porque en diez años cuando se lea esa novela, no tendrá ningún sentido o valor literario. El escritor va por un lado y el ciudadano por otro, entre otras cosas porque el escritor debe ser más descreído que el ciudadano, que sí tiene la necesidad de creer y apostar. El escritor en cambio siempre tiene la ceja levantada. Los veo como instancias separadas, el siglo pasado demostró que el matrimonio entre el escritor y el ciudadano no siempre ha salido bien, cada uno debe ir por separado.

Esta nota fue originalmente publicada en Vozpópuli.com por Karina Sainz Borgo

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