Miguel Ángel Hernández: “No me planteo las novelas como ilustración de teorías”

Miguel Ángel NavarroComo Martín Torres, el protagonista de su más reciente obra, Miguel Ángel Hernández se encuentra en una residencia en el Clark Institute de Estados Unidos con el objeto de redactar un trabajo sobre arte y temporalidad. Se le pasan los días mirando la pantalla del computador, escribiendo para su blog o tomando notas para dar una charla. Tiene la sensación de que todo lo que podía decir sobre el tema ya está en El instante de peligro, obra con la que resultó Finalista del Premio Herralde hace unos meses. Se trata de su segunda novela, que ha servido para consolidar la opinión de la crítica sobre lo que sus lectores sabíamos desde Intento de escapda: la solidez de su propuesta narrativa se sustenta en su visión de la literatura como el territorio de las ideas.

La entrevista que le he mandado por correo llega cuando el autor se pregunta si debería abandonar el proyecto ensayístico que lo llevó a cruzar el Atlántico y pretende esbozar una tercera novela. En esta nueva ficción quiere alejarse por completo de la centralidad que el arte ha tenido hasta ahora en sus libros y sumergirse en un terreno diferente, donde aunque vuelva a caer en sus temas característicos – como la frustración, la culpa, el mal, el sexo o el cuerpo– en esta ocasión quizá le añada la locura.

Como Hernández no parece tomarse ni un minuto de descanso, a las librerías de España acaba de llegar otro libro suyo, Presente continuo, una suerte de diario de Instante de peligro que surgió del encargo de mantener una columna que le hiciera La Opinión de Murcia. Afrontó la tarea como un hombre de oficio y dio cuenta de su cotidianidad preocupándose por definir una voz propia, construyéndole un tono –que define como: “segunda persona, frase corta y martilleante”–. Así, de la historia sobre el hombre que escribe una novela pronto abrió paso a una autobiografía a dos tiempos: “Un relato del presente, pero también una meditación sobre el pasado”.

– Visto que trabajas nociones de arte en el ensayo académico y en la ficción ¿Es la reflexión sobre ideas la que inspira la ficción o viceversa?

– Suceden las dos cosas a la vez. No es primero la historia y luego el embalaje teórico; ni al revés, primero las teorías y luego una historia que las ejemplifique o represente. Sí que es cierto que las historias y los modos de escritura que despliego surgen ya en un magma particular de teorías y de concepciones sobre el mundo. Pero en la creación de la novela no va una cosa antes de la otra. No me planteo las novelas como ilustración de teorías. Imagino el proceso como un castillo de naipes en el que todos las cartas tienen una función. Y ninguna es prescindible. La historia, la forma de la escritura, la reflexión sobre las ideas… no pueden ser separadas. Forman un todo indivisible. Al menos para mí.

– ¿Puede la reflexión sobre las relaciones entre el arte y la vida resumir tus intereses profesionales?

– Es cierto que mis dos novelas se mueven entre esos dos polos: arte y vida, teoría y práctica, ideas y experiencia. Como decía antes, esto no es premeditado. No es parte de una agenda teórica que quiera ilustrar, sino que más bien es una obsesión que acaba tomando la forma de la novela. De hecho, en Intento de escapada esa reflexión se me mostró al final. Y en El instante de peligro no me di cuenta de que estaba escribiendo otra vez sobre la misma cuestión hasta bastante bien entrado el libro. Supongo que si uno hace zoom y busca las ideas generales que lo mueven a hacer cosas, se encontrará con que toda la obra gira en torno a dos o tres cuestiones fundamentales que se modulan una y otra vez. En mi caso, la relación entre arte y vida quizá sea una de esas cuestiones. Y quizá ese interés responda también a una inquietud personal, a un intento de estar en ambos lugares y encontrar la forma de conectarlos.

– ¿Tienes una genealogía literaria?

– Tengo una genealogía literaria construida de modo poco ortodoxo. Autores del pasado y autores del presente se mezclan. Como no tengo una formación literaria, algunos clásicos han llegado después de los contemporáneos, y el modo que se relacionan en mi cabeza es extraño. Las grandes referencias de la literatura del siglo XX para mí son Beckett y Bernhard, que modularon mi entrada a la escritura como algo obsesivo e existencial. En un orden diferente, la escritura reflexiva de Borges e Italo Calvino fue fundamental para formarme un sentido de lo que quería escribir. Junto a ellos, claro, grandes nombres como Kafka, Nabokov, Celine… pero llegaron a posteriori a mi mundo y no me influyeron tanto. Los que sí me han influido y siguen haciéndolo –lo que leo para escribir y funcionan como modelos a imitar– son escritores más recientes que entienden la literatura como un proceso de reflexión acerca del mundo, muchas veces en los límites del ensayo y la filosofía: Vila-Matas, Cercas, Auster, Roth, Houellebecq y DeLillo. Y, entre mis contemporáneos, Ben Lerner, Sergio Chejfec, Patricio Pron, Isaac Rosa, Ricardo Menéndez Salmón, Chantal Maillard o Gonçalo Tavares.

– ¿De qué manera tus obras se insertan en la tradición de tu generación?

– Hay una sensibilidad compartida, una serie de preocupaciones que atraviesan lo que escribimos quienes hemos nacido en un contexto semejante. En el que yo me inserto localmente (España) creo es palpable un sentido de desencanto respecto al mundo prometido. Si uno toma las novelas de mi generación (y pienso en autores que van desde Javier Gutiérrez a Sergio del Molino, pasando por Elvira Navarro, Sara Mesa o Javier Moreno) rápidamente cae en la cuenta de esa sensibilidad compartida. Una sensibilidad epocal, como de fin de mundo y desmoronamiento de ilusiones. De un modo u otro, mis novelas están atravesadas por ese mar de fondo. Y junto a esa sensibilidad, por supuesto, no puedo evitar que lo escribo pertenezca a una literatura que cuestiona los límites entre los géneros y que se abre a ciertas formas de experimentación con escritura.

Publicado en Colofón Revista Literaria por Michelle Roche

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