Me conquistó la muerte, por Eileen Rada

Esa mañana desperté con ganas de morir. Sin siquiera abrir los ojos, cubrí mi cuerpo semidesnudo con las sábanas. El sol me acarició el rostro desde la distancia. El abecedario entero comenzó una guerra en mi sien. Gritos, maldiciones, frases impúdicas. Ruido, demasiado ruido. Cada pensamiento era un trampolín hacia el abismo.

Moví las piernas con la inquietud de quien espera su turno en la ruleta rusa. Giré el cuerpo hacia la pared y coloqué una almohada sobre mi cabeza para evitar la estridencia. Intento fallido. Un deseo recurrente no se deja amordazar: lucha, se impone, nunca calla.

Un arrebato me levantó de la cama. Recogí el brasier que dejé en el suelo la noche anterior, me acerqué a la mesita de noche y tomé mi teléfono. Tánatos me impulsó, Eros me sujetó. Muerte, amor, muerte. Mis ansias te llamaron; querían que fueras testigo y cómplice de mi deceso.

No pedí que me salvaras; no necesitaba socorro. Yo solo quería cubrir el ruido con más ruido, perder el tino con tu voz, cortarme con el roce de tus dedos. Quería envenenarme con tu saliva, ahogarme con tu lengua inquieta, que descosieras mi piel con tus dientes y que una de tus miradas se robara mi último soplo de cordura.

Fíjate, bohemio, que entre todas las formas de morir siempre me decanto por tu boca.

Publicado en tragodepalabras.wordpress.com

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