Paul Auster: el poeta que soñaba

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Extraordinario y cotidiano, mágico y negro, precisamente triste, claustrofóbico, mago de la sencillez y el escritor que, tras dejar la poesía, refugio ante la impotencia de no lograr la prosa que ansiaba, conquistó el reino de la lista de ventas sin dar tregua a lo fácil. Paul Auster (Nueva Jersey, 1947) es el ejemplo de cómo ese público al que llaman algunos ‘la gente’ es muy capaz de leer sin que le bajen todos los listones. Lo último: una edición ilustrada de su Trilogía por Tom Furns (Libros del Zorro).

Un poder, el de sus letras, que tiene mucho que ver con un fondo que bordea, roza, y a veces araña, los pequeños grandes dolores de estar vivos. Un día a día que nunca es tal, planea sobre su escritura, para llegar a la no respuesta y quedarse en la pregunta, la madre de todo existencialismo.

Porque, y así lo concibe él: «Existimos para nosotros mismos, quizá, y a veces incluso vislumbramos quiénes somos, pero al final nunca podemos estar seguros, y mientras nuestras vidas continúan, nos volvemos cada vez más opacos para nosotros mismos, más y más conscientes de nuestra propia incoherencia. Nadie puede cruzar la linde que le separa de otro porque nadie puede tener acceso a sí mismo».

Hijo de una familia judía de ascendencia polaca, se ilustró en la biblioteca de su tío, estudió literatura francesa, inglesa e italiana en la Universidad de Columbia, fue marino en un petrolero y desde los doce años estuvo empeñado en escribir novela. El deseo se cumplió en 1987 justo cuando tenía la edad de la gran crisis: los 40. Sentimentalmente ya tenía camino recorrido: estaba casado con su segunda y actual mujer, también escritora, Siri Hustvedt (madre de su hija, la cantante y actriz Sophie).

Compuesta por Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada, La Trilogía de Nueva York lo llevaba al lugar que en un su juventud creyó que no tocaría. En ella está todo Auster: su prosa elegante, su búsqueda de una identidad que no aparece ni en soledad ni en compañía, esa memoria en la que vive el hombre y el escritor, y el fracaso, siempre el fracaso.

Unos años antes de su conquista, y ahí está el germen, publicaba La invención de la soledad (1982). Para esa obra tuvo que morir su padre, dejar sus traducciones al francés y el seudónimo (Paul Benjamin) que había empleado para la que en realidad había sido su primera novela, Jugada de Presión (1976).

El Palacio de la Luna (1989), Leviatán (1992), El libro de las ilusiones (2001), Brooklyn Follies (2005) son otras de sus obras más destacadas, que llegarían tras la Trilogía, y que no desmerecían el lugar al que había elevado sus letras. Su cara más íntima y personal la da Diario de un invierno, El cuaderno rojo y A salto de mata.

También el cine ha sido parte de lo que ha querido o quiso, y durante una época escribió guiones que nunca se rodaron. Otros corrieron mejor fortuna, como Smoke o Lulú on the bridge. Sin embargo la literatura es su verdadera y más reconocida casa. Así, es un habitual en los Nobel, y entre otros, ganó el Príncipe de Asturias por su excelente matrimonio de la literatura estadounidense con la europea.

Fuente: 20minutos.es

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