De enfermos y sociedades

Al menos tres son las lecturas que admite Patria o muerte. Una es el crudo realismo de la crisis social venezolana. Otra es la enfermedad de Chávez como una metáfora de ese deterioro. Me interesa más, sin embargo, la tercera porque resume las dos anteriores y se trata de la interpretación simbólica de la novela que hace unos meses resultó ganadora del Premio Tusquets. Quizá mi inclinación por las alusiones hechas a partir de los personajes y las situaciones como modelos de las muchas crisis venezolanas se deba a que en ciertos momentos la obra prolongaba las fibrosas columnas dominicales de Alberto Barrera Tyszka en El Nacional. O también a que este libro podría convertirse en paradigmático de lo que en la academia venezolana hemos comenzado a llamar las narrativas del deterioro.

Patria o muerte comienza cuando el médico Miguel Sanabria recibe de su sobrino Vladimir una caja con un celular donde están grabados videos de Chávez antes de operarse en Cuba. Distinto a su tío, Vladimir es ferviente seguidor del oficialismo. Aún así, le aclara que si algo llegara a pasarle no dudara en entregar el paquete a la periodista estadounidense Madeleine Butler. Mientras tanto, una niña que vive encerrada en casa debido al temor de su madre a que la violencia urbana se la cobre como víctima encuentra un amigo en Internet, Rodrigo. El chico es el hijo de Fredy Lecuna, un periodista desempleado que recibe la misión de escribir un libro sobre la enfermedad de Chávez. Su esposa, Tatiana, quien se niega a abandonar el apartamento tiene que soportar la invasión de su arrendataria y de un trío de chavistas que le hacen la vida imposible.

INVITACION

Metáforas y lecciones. Lecuna y Butler representan visiones del chavismo desde dentro y desde afuera de Venezuela. El primero, a quien sobornan los funcionarios oficiales que lo interceptan a la vuelta de un viaje a Cuba, se parece a ciertos dueños de medios que prefirieron venderse a oscuros intereses cercanos al oficialismo. La reportera de un periódico de Sacramento (Estados Unidos) que se muda a Venezuela para hacer un perfil del personaje “pintoresco y divertido” que es Chávez, a quien interpreta como “una emoción”, me hace pensar en cierta izquierda tonta –Gisela Kozak la llama “Izquierda Disney”– que está menos interesada en los proyectos propuestos por la Revolución o en la situación de los venezolanos que en ese personaje arrollador que fue Chávez.

Pero las alegorías más potentes de la novela que hace unos meses se alzó con el Premio Tusquets son las referidas a la pequeña María y a Andreína Mijares. La niña que vive presa porque su madre teme que la maten se parece a los venezolanos que a las diez de la noche se encierran en sus casas por temor a que una cena en un restaurante termine en un asalto o un asesinato. También para ellos la única relación con el mundo son las redes sociales.

Es en Andreína donde la alegoría es mas trágica. Recién llegada de los Estados Unidos, donde al fracaso profesional le siguió el matrimonial, vuelve a su país para comenzar de nuevo y no puede hacerlo porque sus inquilinos se niegan a devolverle el apartamento. Por eso debe tomar medidas extremas: invadirlos. Invadirse. Esto configura una guerra dentro del inmueble que termina con la predecible salida de Tatiana. No sin antes dejar tras de sí su propia estela de deterioro.

Se trata de un tema que se repite varias veces en la narrativa nacional de los dos últimos lustros: la noción de alguien o algo que entra por la fuerza, pues también puede asumirse a la enfermedad como una “irrupción” de gérmenes en un cuerpo sano. Los autores más solventes de la literatura nacional lo han tratado a partir de la idea de gente que habita un lugar que no se reconoce, invadido por la enfermedad social y el deterioro moral. La diferencia de la propuesta que hace Barrera Tyszka es que no se trata de la Revolución que “invade” o “irrumpe” en la realidad corrompiéndola, sino algo peor: un delito cometido para defender los derechos individuales. Por eso, luego de la invasión, tanto la inquilina como la arrendadora terminan cambiadas: una por las vejaciones que sufrió y la otra porque se supo capaz de hacer cosas horrorosas: “recuerda la sensación de desquite, de poder. Como si en ese instante le estuviera devolviendo a Tatiana el sometimiento y la humillación que le habían propinado a ella en el pasado”.

La Andreína de Patria o muerte me ha enseñado que, puestos en situaciones extremas, la gente decente no existe. También es la lección del chavismo. A todos nosotros, opositores u oficialistas, nos cambió la Revolución Bolivariana. Queramos o no aceptarlo.

“Piensa lo que te ha pasado– dijo Virginia [a Andreína Mijares] antes de salir–. Ponle cabeza. La revolución también los protege a ustedes. La revolución es para todos”.

Publicado en Colofón Revista Literaria por Michelle Roche

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