Apaciguamiento: ascenso del chavismo y caída de la democracia

Por Ángel Arellano

Twitter: @angelarellano

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Un acucioso seguimiento hemerográfico reconstruye el momento en que se da sepultura al sistema político que gobernó a Venezuela durante los cuarenta años de democracia, y, al mismo tiempo describe la consolidación del autoritarismo chavista. “Apaciguamiento” (Alfa, 2012), es una obra que detalla cómo todos los poderes del Estado venezolano cayeron en manos de un solo hombre cuyo proyecto desmanteló el aparato institucional para convertirlo en un apéndice de la Presidencia de la República, o, más preciso, en el brazo ejecutor de su voluntad.

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El autor, Miguel Ángel Martínez Meucci (Caracas, 1976), es un politólogo con magíster en ciencia política y doctorado en el Programa de Conflicto Político y Procesos de Pacificación de la Universidad Complutense de Madrid. “Apaciguamiento”, es una versión (reducida) de su tesis doctoral. En ella, Martínez estudió la participación de los actores políticos durante el conflicto del año 2004 en Venezuela, proceso que decantó en un referendo revocatorio presidencial y que terminó atornillando a la Revolución Bolivariana.

Es un texto que repasa la teoría elemental sobre relaciones internacionales, conflicto político y juegos de poder. No obstante, la mayor parte del libro cuenta una larga crónica en la que el escritor, sin saltarse dato alguno, narra los tropiezos de la oposición a Chávez y los momentos que el oficialismo aprovechó para sortear la crisis.

Dejemos que Martínez explique el argumento de la obra:

“Hubo una presión insuficiente para lograr que las instituciones propias de una democracia liberal funcionaran correctamente. A la postre, se aceptó que el movimiento revolucionario del chavismo controlase todas las ramas del Poder Público antes de la realización del Referendo Revocatorio [2004]. Asimismo, la notoria presión que el sistema internacional ejerció sobre el gobierno venezolano durante el período de mayor conflictividad interna tendió a amainar con el paso del tiempo. De hecho, los postulados de la Carta Democrática de la OEA en defensa de la democracia liberal tendieron a ser cada vez más desatendidos en la medida en que evolucionaba la pacificación del conflicto venezolano, y con ella, la acumulación de poder de la Revolución Bolivariana. De esta manera, tal como ha sucedido otras veces en la historia, los demócratas liberales presenciaron y asistieron a la defunción de una democracia liberal, acaecida mediante procedimientos electorales” (p. 387).

Hoy, cuando el país atraviesa una nueva crisis política, de importantes proporciones, el Referendo Revocatorio de 2004 y otros hechos anteriores como las situaciones planteadas en abril de 2002 y la tensión de 2003, parecieran recuerdos difusos, casi olvidados. Pocos actores políticos, por no decir ninguno, reflexionan públicamente en la actualidad sobre estos temas en los que se encuentra el punto de inflexión de la consolidación del gobierno chavista y el desmontaje del sistema democrático liberal. Del análisis de este tema se desprenden muchas aristas, como por ejemplo los errores estratégicos fundamentales de la oposición y las debilidades del gobierno chavista.

Desarmar la república civil fue una operación en la que se usaron todos los mecanismos institucionales y democráticos refrendados en la Constitución de 1961, pero que además estuvo apoyada por el voto de los venezolanos y consentida por los gobiernos de América Latina. Aquí un comentario del autor:

 

“… [el chavismo] no fue observado por el sistema internacional como un actor revolucionario. El hecho de haber llegado a la presidencia a través de los votos, lo ha despojado, a ojos de sus vecinos en la región, de cualquier contenido revolucionario que vaya más allá de la retórica. E incluso cuando ha llegado a ser considerado un actor genuinamente revolucionario, la mayoría de los países de la región no lo consideró una amenaza. Hoy en día, incluso, observamos signos de una relativa ‘socialización’ de la Revolución Bolivariana a nivel regional, dado que su frenética ‘exportación de la revolución’ ha disminuido ostensiblemente el ritmo que mantuvo entre 2005 y 2008” (pp. 427-428).

            ¿Qué es el apaciguamiento? Según Martínez “es un conjunto de concesiones y hechos aceptados que se producen como resultado de una inhabilidad para lidiar con oponentes de objetivos ilimitados” (p. 439). Cuando la institucionalidad de la democracia liberal venezolana se vio amenazada por las reformas radicales que implementaba el chavismo en todos los órdenes, dando paso al fuerte enfrentamiento oposición-gobierno, cada uno defendiendo un modelo de democracia, la Organización de Estados Americanos, la instancia hemisférica más influyente regionalmente, no actuó, dejando de lado los postulados de su Carta Democrática y allanando el camino a un régimen “iliberal”. El carácter apaciguador de América Latina, una región que califica a los gobiernos como democráticos por el hecho de ocupar el poder tras salir airosos en un proceso electoral, abrió las puertas a la consolidación de la Revolución Bolivariana y su práctica “distinta” de democracia. El autor refiere lo siguiente:

“Por motivos de toda índole (vacilaciones, intereses y ventajas particulares o circunstanciales, subestimación, perplejidad, descuido, etc.), y frente a los evidentes excesos de este régimen, el entorno internacional y fuerzas internas terminaron permitiendo que la Revolución Bolivariana siguiera acumulando poder dentro y fuera de Venezuela y acometiera una tarea de desestabilización regional que ha pasado desde la injerencia en campañas electorales de países vecinos hasta la presunta cooperación con fuerzas subversivas extranjeras” (p. 430).

Tras leer estos argumentos inmersos en un relato pormenorizado que cuenta con gran espacio para los resúmenes de la prensa del momento, así como entrevistas posteriores a protagonistas de la mesa de negociación y acuerdo en la que la oposición y el gobierno lograron consensuar la convocatoria a un Referendo Revocatorio con numerosas trabas pero que terminó llevándose a cabo con una significativa victoria para el modelo chavista, surgen dos preguntas esenciales: ¿por qué Hugo Chávez y su gobierno una vez hechos con el poder se sometieron a elecciones para profundizar la instalación de un proyecto autoritario? ¿Acaso los autoritarismos no son regímenes de fuerza en los que las elecciones pierden todo valor? Las interrogantes resultan complicadas,  por lo que las respuestas no pueden ser simples. Cuando el chavismo gana las elecciones presidenciales de 1998, encuentra un país con un rechazo gigantesco al sistema político que gobernó durante 40 años. El discurso revolucionario, además de plantear un cambio radical que sacudiera todos los eslabones del sistema, ancló su mensaje en la participación popular, la transición de la democracia representativa a la democracia directa o participativa: “empoderar al pueblo”. Como las elecciones eran una actividad con 40 años de tradición, el chavismo se hizo de los procesos electorales para legitimarse automáticamente, usando en su beneficio, al mismo tiempo, los recursos del Estado.

No siempre los autoritarismos le huyen a las elecciones. Martínez incorpora en su trabajo una cita de Paul Collier, director del Centro de Estudios de Economías Africanas de la Universidad de Oxford, que nos orienta sobre el por qué este tipo de regímenes no teman a los procesos electorales, siempre y cuando sean ellos quienes establezcan las normas, o, vale decirlo, los únicos que puedan violarlas:

“El pánico que mostraban las autoridades soviéticas a cualquier forma de consulta electoral nos ha llevado a creer que los comicios son, en sí mismos, el logro fundamental. Lo cierto, sin embargo, es que no es tan difícil amañar unas elecciones: tan solo los dictadores verdaderamente paranoicos las evitan. ¿Por qué es tan fácil celebrar elecciones aun en circunstancias poco propicias? Sin duda porque tanto los partidos políticos como los electores se ven muy incentivados a participar en ellas” (citado por Martínez, p. 426).

El autor realiza algunas estimaciones que en los días que cursan, con la incómoda situación que el Estado venezolano generó con Guyana y Colombia, así como la permanente hostilidad de las relaciones con Estados Unidos, parecieran líneas de un guion que se cumpliera con rigurosidad protocolar:

“… más allá de las repercusiones regionales del régimen de Hugo Chávez, todavía es difícil saber hacia dónde encaminará a la propia sociedad venezolana; en el peor de los casos, graves conflictos internos podrían tener lugar en Venezuela e influir en un deterior de la seguridad regional” (p. 430).

Apaciguamiento”, el lúcido y minucioso trabajo de Miguel Martínez Meucci, es un relevante aporte, desapasionado y ponderado, para la comprensión de la crisis política venezolana por medio del análisis meticuloso de una serie de elementos que la clase dirigente preferiría dejar en el olvido. Un texto vigente que servirá de documentación para los estudios de las próximas décadas. Podemos resumir toda la travesía del autor en el siguiente párrafo que arroja luz, por decir lo menos, en una de las tareas inconclusas de América Latina: la defensa, a toda costa, de la democracia liberal. Citamos:

“Tal como ha sucedido otras veces en la historia, los adversarios de la democracia liberal han puesto a los demócratas en el dilema de conculcarles sus libertades mediante mecanismos ‘democráticos’ e institucionales. La respuesta de los demócratas ha venido llena de vacilaciones y errores de cálculo, que consideramos aquí como consecuencia de la falta de claridad con respecto a la naturaleza de la amenaza, a una noción a veces superficial en torno al carácter particular de la democracia moderna y al desconocimiento de la importancia capital de las institucionales del liberalismo político para la defensa y correcto funcionamiento de un régimen democrático en nuestros días. El resultado de esta postura, a medio camino entre la perplejidad, la indecisión y la falta de perspectivas a largo plazo, combinada con la satisfacción puntual de intereses a corto plazo por parte de múltiples actores a nivel interno y externo, es el progresivo retroceso de la democracia liberal en el hemisferio y la apertura a dinámicas cuyo alcance parece hoy en día bastante limitado, pero que en cualquier caso es aún desconocido” (pp. 438-439).

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