Leer para crecer y comprender por Eileen Rada

Sonríen, fruncen el ceño, levantan las cejas. Abren los ojos, juntan los párpados. Se muerden los labios, mueven la boca, suspiran. Se olvidan de quienes les rodean, evaden por completo el entorno y centran toda su atención en el placer de leer. No hay normas de comportamiento, gestos, ni ritos cuando se ejerce el derecho a despegar de la realidad con un libro como volante.

Es fascinante ser testigo de la excitación de quien se sumerge en la lectura sin importar dónde esté. Me gusta examinar con detalle sus gestos; imaginar qué piensan, qué sienten. Pero lo más interesante, quizás, es intentar comprender qué hay detrás de ese lector anónimo, descifrar cómo en ese preciso instante en que lo miras, su mundo se está transformando.

Una lectura puede cambiar la forma de ser, actuar y ver la vida, tal vez por eso tengo la extraña costumbre de confiar ciegamente en quien lee. Es como si cada letra que devora borra cualquier atisbo de maldad en su rostro y lo llena de simpatía.

Cuando oigo que un hombre tiene el hábito de la lectura, estoy predispuesto a pensar bien de él”, decía el argentino Nicolás Avellaneda. Yo coincido irremediablemente con él. Con esto no pretendo demostrar la supremacía del lector. La capacidad de actuar bien o mal depende de un sinfín de variables, especialmente de la percepción sobre lo correcto e incorrecto que cada persona tenga. Sin embargo, distintos estudios científicos han demostrado que  la literatura nos convierte en personas más comprensivas y con mayor capacidad de empatía.

Como explicó Jaime Rubio (2015), citando a Giovani Frazzetto, autor de Cómo sentimos, “leer la historia de diferentes personas nos ayuda a comprender los sentimientos y pensamientos ajenos”. También dijo Jesús Méndez (2015) que la lectura nos hace mejores personas porque cuando leemos literatura nuestro cerebro accede, a través de la simulación, a una gran cantidad de situaciones y emociones que le da al lector mayores probabilidades de entender a otros aunque no las haya experimentado.

Un lector empedernido sabe por experiencia que cuando una historia que le cautiva, toda su atención se concentra en la trama. Se sumerge en la piel de sus personajes y se conecta con cada una de sus vivencias. Es bueno saber, que además de lo gratificante de leer por placer, los libros ofrecen múltiples beneficios y posibilidades de crecer como personas. Teniendo esto en cuenta, mirar a quien lee y ser testigo de su emoción se convierte en un ejercicio mucho más seductor.

Por: Eileen Rada

 

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