Armando Rojas Guardia: El poema como espacio sagrado

Armando Rojas Guardia es un esteta que se resiste a ser “institucionalizado”: un místico de la poesía contemporánea venezolana que explora la dimensión estética de la otredad en lo religioso y que disfruta del aislamiento como la victoria de un ansiado sosiego. Pienso que aunque la Academia Venezolana de la Lengua lo haya nombrado recientemente como individuo de número esta afirmación no deja de ser cierta pues toda su obra se construye sobre el desamparo que anida en la periferia.

En el prólogo a una colección de sus ensayos editada en 2006 por El Otro El Mismo, su amigo Rafael Castillo Zapata lo describe como “anómalo en su patria y en su lengua, en su iglesia y en su tradición cultural”. El poeta nacido en Caracas en 1949, sin embargo, prefiere identificarse con el prototipo de cuatro marginalidades: “La primera es ser poeta en un país que no propicia estados profundos de consciencia. La segunda es la de ser homosexual, en una sociedad homófoba y machista. La tercera es la de ser cristiano en una cultura donde las élites intelectuales no son sólo laicas sino laicistas. La cuarta es el estigma de haber sido paciente psiquiátrico, cuando occidente expulsa hacia los márgenes a quienes no son productivos”.

Me dijo esto hace siete años, cuando publicó Fuera de tiesto y me acerqué para que conversáramos en el anexo de la urbanización San Luis de Caracas donde quizá aún vive. Entonces me sorprendió la sencillez del lugar donde transcurrían sus días: apenas un estudio de luz ambarina, con libros que todo lo cubrían, incluida la mesa del salón y lo que pudo haber sido un escritorio. Afuera un jardín de algunas plantas, una cocina mínima y la puerta a un calle sin ruidos. Porque en una época donde todos vivimos hacia fuera, a través de nuestros teléfonos y nuestros computadores siempre conectados a una comunidad masiva de individuos sin rostro, Armando Rojas Guardia ha escogido ser un eremita.

Consciente de que la poesía es un género de acogida minoritaria entre los lectores, al autor de Del mismo amor ardiendo (1979) le gusta recordar que esta marginalidad crea una distancia que el poeta puede aprovechar para interpretar la realidad simbólicamente con una su creatividad anclada en el aguante. “El poeta milita en una resistencia simbólica que le permite interpretar de una manera distinta lo que ocurre. La marginalidad crea una distancia que el poeta puede aprovechar”, explica y reconoce que en Venezuela hoy los artistas viven un enorme desafío.

También es el primer poeta venezolano que se declaró homosexual y que hizo de esta condición un tema literario, abriéndole la puerta del clóset a generaciones de escritores que, como Alejandro Castro habrían de convertir el motivo en una forma de militancia literaria. Lo interesante de esto es que esta marginalidad la combina con un celoso catolicismo al que considera “la articulación histórica más idónea del cristianismo”, monoteísmo dentro del cual se identifica porque el suyo es un Dios al que considera parcializado por las víctimas, aunque considere que el compromiso  moral que tienen algunos de los líderes de la Iglesia sea con los poderosos de la tierra. “He vivido siempre en los márgenes de la comunidad cristiana y no por voluntad propia, sino porque el endurecimiento doctrinal del poder eclesiástico, me expulsa hacia afuera”, dice el poeta cuya experiencia religiosa se fundamenta en la exploración en el espacio sagrado del encuentro con el otro.

La más dolorosa de su marginalidades, sin embargo, es aquella manera de estar desnudo, siempre presente ante la mirada del otro, como en un panóptico: la del hombre que ha estado en un psiquiátrico. A esta se refiere en un doloroso poema extenso del año 2004, al que denomina “La desnudez del loco”:

“verse a sí mismo, desnudo ante los otros, desnudos también ellos, devolviéndonos a la solar ingrimitud de ser un cuerpo parado allí frente a los ojos del escrutinio ajeno, sin la sombra bienhechora y cobijante del pudor:
sólo desnudo como el Adán culpable con la conciencia súbita de estarlo en la desolación panóptica del día, justo en el eje de las doce en punto”

He allí la imagen del desamparo que es la que pulula por toda su obra y que termina convirtiéndose en la marca donde se cruzan los caminos de todos sus motivos. Por la múltiple condición periférica de Rojas Guardia, que le permite mirar la realidad desde la poesía, la homosexualidad, el cristianismo y la locura, la anomalía desamparada es el rasgo trascendental de su obra: es su forma de experiencia mística, el ejercicio de lo religioso fuera de las formas tradicionales de occidente, buscando, por supuesto, a su Dios en la intemperie.

Publicado en Colofón Revista Literaria por Michelle Roche

***Foto de: http://elestimulo.com/

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s