(Aquel)las veces terminadas

¿Qué es la vida sino un deambular hacia la muerte? ¿No son las etapas, las edades, “las veces” pequeños ensayos para morir? ¿Cuánto dura lo eterno, si lo efímero es menos que una chispa? Como si quisiera asir cada instante del pasado con solo la fuerza del lenguaje, el poemario Las veces de la madrileña Esperanza López Prada se construye sobre la imagen de un pedazo de carbón que arde como alegoría de la transitoriedad de la vida humana, pero que conforme avanza los símbolos de lo femenino en la gruta (o la mina), en el fuego (o el carbón que arde) y en el tejido de la vida (o la sintaxis de la lectura) descubren el recuerdo palpitante de la madre muerta.

Por eso las imágenes naturales informan cada estrofa convirtiendo su lectura en una experiencia orgánica. “Igual a una larva escondida en su mortaja / es esto de segregar tu propio encierro / engendra noche desde tu parte más íntima /acumulando sueño comienzas a dormir”, escribe en un poema de la sección marcada como “El último turno”, antes de preguntarse: “¿no hace cada uno su muerte / no la dibuja con la mano vendada? / de repente eres el fantasma de tus hijos”. Esto es la experiencia final de la maternidad: luego del entierro, cuando el vivo se inscribe en el recuerdo, a la madre le corresponde aún velar por los suyos, aunque sea solo para recordarles su brevedad.

ub. la cruz del sur

Dividido en seis partes, el libro editado por Pre-textos presenta una estructura interesante por identificarse con frases cuyo significado gira alrededor de la idea de momento. Así, “El Primer Tiempo” construye la metáfora del carbón que ha terminado de arder y del que solo quedan cenizas –“¿no es la ceniza la savia conclusa del tiempo?”, se pregunta López Prada–. Con el título “La Malavez” se identifica la segunda parte donde abundan las viñetas de la infancia y aparecen las relaciones más fuertes entre la voz del poema y la mujer que va tomando forma dentro del poemario. Es, por supuesto, la relación entre la madre y la hija. Pero la hija es escritora. La madre, entonces, es el comienzo: la que enseña a leer, la que teje los significados de palabras que queman como el fuego, la lumbre que da combustión a la iluminación: “Ella me enseñaba a leer / en un libro vencido”, es el verso con el que comienza la sección; en el que dice “las palabras se extraen como carbones / costosos, se juntan las letras como / carros, piezas de horizonte que porten una riqueza sentida” se vincula la educación de la madre y el oficio de la hija. Y, finalmente, con la frase donde describe “el dedo que muere”, con el cual “la madre señalaba / la frontera del páramo” queda en evidencia cómo la imagen materna es un tiempo personaje que vive en la muerte de este poemario e imagen de la vida eterna.

En las secciones “Un Golpe Solo” y “El Último Turno” se profundizan las metáforas de la vita brevis: ora porque el final acecha, “para la muerte una leve constancia”, ora porque es irreversible: “nos compra eternidad este cadáver”. En “Todas las Noches”, López Prada varía el motivo de lo efímero de la existencia y se ocupa de cómo la muerte otorga profundidad a quienes la sobreviven. “Los muertos son los que dan sitio, / los que con su corazón a tierra / tiran un eje y clavan una estaca, / los que permiten una ocupación, / tan férrea es su forja, no son ellos / lo que se mira, sino desde donde / miramos, tan rotunda es su fijeza”. Parece que la poeta nacida en 1962 solo concibiera el duelo como estrategia para poner las cosas de la vida en perspectiva.

No solo porque cierra el poemario o porque parece resumir el título de la publicación en la frase “Una y otra vez y otra vez de nuevo”, la última sección es una verdadera conclusión al libro que se pregunta sobre el enigma de la eternidad: “Pero mientras estás callada, eres inviolable. / Eres perfecta, estás entera y custodias / Lo único que posee valor si lo secreto / Se preserva cuando nada divulga ni siquiera / Su cerrada condición de enigma.”

En su obsesión con la manera como el tiempo se quema, este es un poemario sobre la perspectiva que ofrece la muerte de una madre (yo agregaría que también la de un padre) sobre las etapas, las repeticiones y los ciclos de la vida. (este es le comienzo del párrafo final. Por eso, el entierro, el duelo y la aspiración a la eternidad son formas de la urgencia que tejen la sintaxis y las imágenes de cada verso en Las veces… Un lenguaje de la pérdida que subraya la brevedad del tiempo, por más cíclico que se interprete.

Publicado en Colofón Revista Literaria por Michelle Roche

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