Uno nunca sabe cuando sabe por Sergio Marentes

Alguien en la calle me regala un libro y se va corriendo. Más que regalármelo, me lo entrega a la fuerza, casi abandonándolo en mis manos y se va. Lo primero que pienso es que es un libro-bomba (en el tercer mundo nunca se sabe) y lo suelto espantado. No pasa nada, no explota ni me mutila. Todo sigue igual. Lo segundo que pienso, entonces, es que es robado (en el tercer mundo siempre se sabe) y espero a que venga el dueño jadeando en busca de la extraña especie de ladrones de libros. No llega ni el dueño ni el librero, en caso de que el extraño ladrón viniera de una librería cercana (aunque en el tercer mundo no haya tantas). Todo sigue igual. Lo tercero que pienso es que es una broma para algún programa malo de televisión. Miro para todos lados buscando las cámaras. Nada. Todo sigue igual. Espero un rato, sin embargo, porque en el tercer mundo no se sabe. Espero a que llegue el escuadrón antibombas, o un librero que persigue a un aventurero que se roba un libro (por cierto, ¿qué libro era? ¿Qué título único haría que este hombre lo trajera hasta mí y partiera para quizá siempre?). Observé la portada y lo comprendí.

Llegó la noche y nadie vino a rescatarme o a hacerme firmar para permitir que apareciera en televisión. No vino ni un librero ni un dueño. Estaba completamente solo en el mundo. El libro y yo. Para dejar de estarlo tuve que leer el libro. Cuando llegué al final, ya no tuve que esperar a nadie más: había llegado yo.

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