Leila Guerriero: “Soy atea y no me gusta el fútbol”

Por: Jonathan Machado

Una de las cosas que más llama la atención de la periodista argentina Leila Guerriero es su amabilidad. Siempre está presta para firmar libros, tomarse fotos o charlar con quien se lo pide, antes o después de una conferencia.

De mediana estatura, cuerpo fino, cabello alborotado, voz tenue y mirada apacible, Guerriero fue una de las invitadas más importantes a la última Feria del Libro de Guayaquil.

Son las 14:30 de un viernes de agosto. El hotel Whydham, una construcción lujosa que se alza en el extremo norte del Malecón de la ciudad porteña, es el lugar en el que se hospeda.  Al lado derecho del living hay una sala pequeña con una mesa de vidrio y tres sillas de cuero negro en la que conversa con un periodista.

Termina la entrevista, se acerca, saluda y pide unos minutos para ir al baño.  Regresa con una botella de agua, que acompaña a su tradicional jean azul, camiseta y zapatos negros y bolso gris.

Gracias por aceptar la entrevista

No. Gracias a vos por venir.  ¿Cuándo cumplís años?

El 24. (Saco de la mochila los libros que ha escrito: ‘Frutos extraños’, ‘Una historia sencilla’, ‘Los suicidas del fin del mundo’, ‘Plano americano’).

Mirá toda la colección. Qué maravilla.

¿Qué se puede decir acerca de Leila Guerriero?

Hablo poco de mi vida personal. Pero puedo decir que nací en Junín, una pequeña ciudad de la provincia de Buenos Aires. A los 17 años fui a estudiar una licenciatura en Turismo en Buenos Aires. Luego me hice periodista y desde 1998 vivo con Diego (Sampere, su esposo). Es mucho tiempo. Mucho rato.

¿Por qué no tienes hijos?

Nunca quise tener chicos. Con una vida como la que llevo sería un poco raro. No me puedo imaginar. Tampoco cuidándolos.

El ritmo de vida debe ser álgido.

Viajo bastante. A Santiago de Chile voy mucho. Este año fui tres veces: a presentar ‘Los malos’ (su último libro), a dictar un taller para los periodistas de las revistas del diario El Mercurio, que lo doy hace casi ocho años, y  la última vez que viajé fue a dar clases en un magíster de la Universidad Católica, mientras conversaba contigo para cuadrar esta entrevista.

Te voy a leer algo a propósito de eso. “Leila me dijo que en una entrevista no se debe salir con algo rebuscado. Hay que ser muy observador de los gestos, de la vestimenta, del entorno. Hay que darle confianza al entrevistado, pero manteniendo respeto”. Eso me dijo un estudiante que recibió tus clases en el magíster.

Ah sí, Sebastián Angulo. Un chico encantador. Es muy católico. Dijo algo referente a la religión y me quedó grabado eso. Fue algo como que sus creencias le protegían al momento de hacer periodismo. Yo no soy creyente, soy atea. La fe de la gente me conmueve mucho. La respeto, pero tengo muchos conflictos con la religión. No creo en Dios, no quiero creer y tampoco es un tema que me preocupe. Ya sabemos lo que son todas las religiones.

¿Te gusta el fútbol?

Nada. Cero. Me pasó algo muy gracioso que escribí en una columna en El Mercurio. Existe esta cosa que se llama Copa América. Yo fui a presentar ‘Los Malos’ (Ediciones Universidad Diego Portales de Chile) en julio y me dijeron que no puede ser el 11 sino el 10 porque empezaba la Copa América. Yo dije: bueno, es un campeonato importante. Presenté el libro y a la noche siguiente había una cena. Para volver al hotel tuve que dar una vuelta enorme. Toda la gente festejando. Yo pensaba: qué raro todo esto. Seguía sin preguntar y así me fui. A la semana siguiente regresé a la Argentina. Tenía que dar una charla a las 19:00 y los organizadores me estaban esperando preocupados preguntándose si iba a ir gente porque era el partido de la Copa América. Yo dije: la Copa América es en Chile y pensaba que se trataba de equipos importantes como Boca Juniors o Colo Colo. Termina la charla, a la que fue mucha gente, y los organizadores me dicen: ya empezó el partido. Yo pregunto ¿quién juega? Me responden: Argentina. Me quedo asombrada y digo: cómo que Argentina. Para mí, la selección juega en el Mundial. Ahí me enteré  qué era la Copa América.

¿Por qué no te gusta el fútbol en un país en el que es una pasión?

En mi casa no se ve fútbol.  A mi papá y a mis hermanos no les importa nada. A Diego le da igual. Dice que es de River. El día que se fue a la Serie B estábamos dando vueltas en el auto por Palermo. Me dijo: che, pongamos el partido para ver qué pasa. No nos importa mucho.

Pero hay cosas y personas que sí me resultan interesantes, como Marcelo Bielsa. Excede en el fútbol. Lo escucho hablar y me parece que tiene una cabeza impresionante. El deporte bien hecho es un arte.

El último escándalo de la FIFA también me despertó interés, pero en general no soy espectadora de deportes y mi familia tampoco.

¿Cuántos hermanos tienes?

Dos. Yo soy la mayor y la única mujer. A uno le llevo 5 años y al otro 20. Todos somos hijos de la misma pareja.

¿Alguno sigue tus pasos?

No. El de la mitad trabaja con mi papá, que es ingeniero químico y tiene una distribuidora de estos productos. El último también es ingeniero químico y trabaja en Tech-in. Lo que sí seguimos todos son los pasos por la lectura. Mi papá es un lector omnívoro. Compra un libro de alguien que no lo conoce ni Cristo, pero lo lee y saca conclusiones muy buenas.

Ese legado me dejó desde niña. Me acuerdo que a los seis años iba al colegio con el libro ‘El faro del fin del mundo’, por si me aburría en el recreo. Pero la entrada más fuerte a la lectura fueron las historietas.

¿Te consideras famosa?

¡¡¡Noooo!!! Me imagino que eso debe ser cuando te reconocen en la calle o en cualquier parte. Una sola vez me pasó eso, en Panamá. Fue mi momento cumbre y fue genial. Iba caminando por la calle en el 2007 o 2008 y siento que alguien grita: ¡Leila Guerriero! Regreso a ver para un lado y para el otro y vuelvo a escuchar: ¡Leila Guerriero! Era una mujer de 60 años que vendía artesanías. Me acerqué porque pensaba que era una pariente. Fue desconcertante. Le pregunte si nos conocíamos y me dijo que me reconocía por la foto que sale en Gatopardo. También me dijo que ha leído las crónicas que he escrito. Me impresioné mucho porque me decía cosas de mi vida. Me contó de su vida y de cómo había llegado a Panamá desde Chile.

También me ocurrió en el último viaje a El Salvador. Una azafata quiso sacarse una foto conmigo. Yo me entusiasme y dije: ¡Wooow! Qué buen país que tienen que una azafata quiere sacarse una foto con un ignoto.

¿Cuándo crees que Leila sale a la palestra de la crónica latinoamericana?

Yo sé que mi nombre circula entre colegas. Me parece que lo puedo ver en los diferentes eventos  y talleres a los que voy porque hay mucha convocatoria. Todo esto se produce por un trabajo que empezó hace muchos años y que sigue. Empecé a publicar fuera de la Argentina en 1993 en el diario El País (Uruguay) y ahí pongo el puntapié inicial. Siempre tuve un trabajo estable y 400 ‘free lance’. El hecho de decir que no es bueno hacer una sola cosa porque es cansino fue el motor para buscar desafíos.

En el 2001 y 2002 empecé claramente a buscar más lugares para publicar fuera de la Argentina por la grave crisis que había. Poco después fui de viaje a Croacia y recibí un mail de una persona que me contaba que la revista colombiana Malpensante quería publicar un texto mío.

Paralelamente comencé a escribir para Gatopardo y poco a poco empecé a dar talleres y mi nombre circuló en el medio. El hecho de ser editora de Gatopardo también ayudó a generar contactos para enriquecer la revista y luego ya no hubo necesidad de salir a buscar colaboraciones, sino que me llegaban.

Los libros también contribuyeron a este proceso porque empezaron a circular en diferentes ferias. Uno no busca que esto suceda. Yo lo que quería era trabajar y no encerrarme en un solo lugar, sino buscar más cosas.

¿Cómo te sentiste al pasar de periodista a editora?

Me gusta mucho. Al principio era complicado porque no me sentía con la autoridad para meterme a sugerir cosas en textos de colegas. En este trabajo se aprende mucho. Por suerte he tenido buena relación con los periodistas con los que he trabajado. La joda con esto es que si exiges a alguien, tú mismo ya no te puedes exigir menos.

¿Sigues con la idea de no hacer ficción?

Por ahora sí. No es una idea, sino algo en lo que no he pensado. Es como si me dijeras que por qué no escribo poesía. Es porque no tengo talento para eso.

Leí una columna que escribiste sobre tu gata. Tiene rasgos de poesía.

¡Uy! Esa gata fue algo importante. A Diego le gustan mucho los animales, pero en casa nunca hubo un animal. De pronto apareció esta gata y me encariñé de una manera muy estúpida y después me enteré que los gatos eran seres muy extraños: un día te quieren y otro día no.

¿Cómo te definirías?

Es difícil definirse a uno mismo. Para mí, la libertad es lo más importante y con eso se puede hacer muchas cosas. Soy bastante insolente. Me gusta ir contra el lugar común y trato de no estar en lugares cómodos. Soy irreverente también. Tengo convicciones, pero tampoco soy de las que quiere imponer mis puntos de vista a los demás. Me gusta debatir ideas y no personas.

¿Estas características te llevaron a escribir sobre lo marginal?

Me parece que la curiosidad fue lo más importante para eso. A mí me interesa y atrae lo marginal, pero no vivo en ese mundo. Siento que es un lugar desprotegido y los periodistas debemos mirar ese lado. También me interesa conocer y contar cómo es el poder.

¿Existe el ‘boom’ de la crónica latinoamericana?

Hay lectores interesados en la crónica, pero no es un fenómeno. Estos libros no venden cuarenta mil ejemplares. A mí me conocés vos y los colegas. Pero sí creo que algo pasa porque hay más libros que las publican y las casas editoriales tienen un sello que busca estos textos. Creo que hay un ‘boom’ de nicho porque lo consume poca gente.

¿El perfil más difícil que te tocó hacer?

No te puedo decir este u otro. Todos tienen diferente grado de dificultad. El perfil al pintor argentino Guillermo Kuitca fue un poco complicado porque no da muchas entrevistas. Por suerte tuve mucho acercamiento a él y cuando escribía sentía que traicionaba esa confianza. Eso está mal. No se debe sentir eso porque el compromiso no es con el entrevistado sino con el texto.

El perfil de Homero Alsina, periodista uruguayo,  tuvo una anécdota: falleció el día que se publicó el texto. Él quería que le muestre el trabajo antes que se publicara y no lo hice. Si lo hubiese hecho, hubiera traicionado sus propias enseñanzas.

¿Cómo miras tu evolución como periodista?

Lo que uno escribió hace diez años está perfecto para ese momento. Tal vez si leo eso me daría vergüenza retrospectiva. Lo mismo podría pasar con lo que estoy escribiendo en la actualidad. Si tuviera que definirlo, sería como una evolución de una persona inquieta. De alguien que siempre está buscando una mejoría. Cambiar los textos barrocos a austeros y compactos. Salir del espacio de comodidad.

Siempre hablas de la ‘invisibilidad’ que deben conseguir los periodistas para hacer buenos textos.

Eso se logra con exposición. Uno va, va, va tantas veces a ver a una persona y acude a muchos lugares con ella que te conviertes en parte de su medioambiente. Es una presencia inofensiva. Un periodista no tiene que ser hostil todo el tiempo. Claro que hay tiempo para hacer preguntas incómodas, pero hay que saber escoger el lugar. Lo importante es llegar a ser una presencia transparente porque estás y no estás en su entorno.

¿Cómo ves el periodismo en América Latina?

Las realidades son distintas en cada país. Hay casos particulares: el suplemento cultural de El País de Uruguay no sale más con el papel, solo en Internet. En Venezuela no hay papel para imprimir. En Argentina hay una pelea entre El Clarín y el Gobierno. En México aniquilan a los periodistas. Me parece que en todos los países hay muy muy muy buenos periodistas y muy muy muy malos.  Hay buenos diarios, malos y mediocres. La problemática no es la misma. En México es la violencia y las muertes. No se puede comparar entre lo que pasa allá y lo que pasa en la Argentina.

Pero sea por cualquier razón hay problemas para el periodismo.

El periodismo siempre tuvo problemas. Es una profesión que, si se la hace bien, siempre va a luchar contra el poder. Lo que no puede pasar es que a los periodistas no nos dejen meternos en problemas en paz. Estoy en contra de cualquier regulación a la profesión.

¿Cuál es tu objetivo como periodista?

No pienso en esos términos porque si llego a cumplir un objetivo significaría que ya alcancé todo y que me voy a truncar. Uno va en búsqueda de otros temas, otros intereses.

¿Hay un libro a la vista?

Sí. No puedo decir de lo que tratará, pero sí estoy trabajando en eso.

¿Para cuándo?

Aún no lo sé. Espero que no demore mucho.

Foto: jotdown.es

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