Lena Yau: “Mi relación con la comida es análoga a la que tengo con las letras”

Después de un concierto de Otilio Galíndez en Maracay, una ciudad al norte del centro de Venezuela, Lena Yau se sentó a escribir una crónica sobre lo que había escuchado. No era la primera vez que tomaba notas de las experiencias de su vida, pero sí fue la primera en que pensó publicarlas. Así que le pidió a su madre que la llevara al correo, desde donde envió su escrito al periódico regional. El domingo siguiente, apareció en la hoja dominical de esa publicación. Los miembros de su familia se quedaron impresionados: Yau apenas tenía doce años.

Pero el hambre de la literatura se había manifestado hacía tiempo en su espíritu. Ya desde los seis años era una lectora asidua y había comenzado a pergeñar notas en cuadernos que décadas después se convirtieron en sus primeros diarios. Su andadura por las letras comenzó dos años antes de que probara su primera arepa. Por eso, sin saberlo, Lena era ya una escritora extranjera en su país. Y esta sensación se acrecentó cuando a los treinta años volvería a la patria que sus padres habían dejado durante el franquismo: España. Y se sentiría aquí también como una inmigrante. “Siempre estoy como estirada, mirando hacia los dos lados. Desde España miro hacia Venezuela, desde Venezuela miro hacia España. Aquello que me hace madre de un hijo extranjero es la mesa: Mi hijo no crece con las mismas comidas que yo y eso me preocupa. Pero luego me doy cuenta de que, al final, tiene la misma experiencia que tuve yo como hija de inmigrantes en Venezuela. Como yo era la mayor, probé comida criolla muy tarde, pues mis padres querían conservar su cultura por medio de lo que comíamos en casa”, dice la autora que acaba de publicar su primera novela con el sello estadounidense Sudaquia, Hormigas en la lengua (2015).

Es por esa razón que la experiencia de lo híbrido es el asidero no solo de su novela, sino también de sus dos poemarios publicados por la editorial española Gravitaciones, Del hambre (2014) y Trae tu espalda para hacer mi mesa (2015). Sin emabrgo, diferente a otros autores divididos entre nacionalidades y culturas diferentes, Yau ubica su experiencia diversa en lo gastronómico: en la paleta sensorial que convierte a lo autóctono y a lo extranjero en el fundamento de la propia existencia.

– La confluencia entre la gastronomía y la literatura informa toda tu obra. ¿Causa la comida el deseo de escribir? ¿O es al revés?

– Son consustanciales. Los sabores me componen, igual que la voz hace a un escritor. Me desconciertan de la misma manera un plato y un libro. Mi relación con la comida es análoga a la que tengo con las letras: tengo temporadas en que como desaforadamente y leo y escribo desaforadamente. A estos los llamo los períodos floridos. Luego tengo temporadas en que me retraigo y me pongo reflexiva; hay escritura, claro, pero me pongo un corsé. Como si estuviera a dieta. Cuando cambio la manera de comer cambia mi manera de soñar y, con eso, mi manera de escribir.

– Así que escribes también a partir de lo onírico.

– Tengo muchas pistas para la escritura en mis sueños. Llevo un diario donde los transcribo y encuentro allí las claves de lo que tengo que resolver, tanto en la escritura como en la vida. Lo interesante de ese trabajo sueños es que uno piensa que sus imágenes están claras, pero el lenguaje que utiliza para describirlas las transforma.

– ¿Qué papel juega en ese mundo entre onírico y literario en tu experiencia como inmigrante, que también fue la de tus padres?

– No tengo sombra, porque soy inmigrante y las historias de los inmigrantes se escriben sobre el agua, y el agua se borra. Por eso, cuando miro hacia atrás, no hay nada mío. Y en España tampoco. Yo hice lo mismo que hicieron mis padres: caer en un lugar y dejarlo todo atrás. Cuando llegué a España tuve que reconstruirme para entender lo que soy y ese cisma personal me impedía hacer muchas cosas. Primero tenía que entender eso antes de poder escribir: que era una autora en suspensión. Tenía que llegar además a un sitio como Madrid donde no tenía historia personal. Esta ciudad es mi página en blanco.

Publicado en Colofón Revista Literaria por Michelle Roche

Foto: Efrén Hernández Arias

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