PASAJERO

por:  Alberto Hernández

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Abro Pasajero (Dcir Ediciones, Caracas 2015), de Néstor Mendoza, y me imagino a los personajes de la novela Contigo en la distancia, de Eduardo Liendo, sólo que en este poemario de Mendoza los que viajan van hacia un lugar terrenal. No son espíritus despojados de sus deseos mundanos. No recorren la memoria que pronto será un recuerdo. Los de Liendo miran hacia adelante en una especie de eternidad conquistada. Los viajeros de Mendoza se conciben como parte de un recorrido calculado y breve por la ciudad, por calles y avenidas que no nombran: se desplazan con los ojos puestos en la próxima estación.

La voz de un yo se somete al clima interior del vehículo y trasluce un estado colectivo en un pequeño mundo donde los cuerpos se tocan, se reconocen, se repelen, se distancian y se acercan. Se sospechan. Y también sueñan. O cabecean un sueño para disipar miedos o sobresaltos. Se advierten en las pesadillas e imágenes: quien lee no puede ver pero imagina. En el viaje por la polis las distintas edades se reconocen. No hay diferencias entre un muchacho y un anciano. Ambos son viajeros. Ambos “comparten la misma ruta y no lo saben”.

Durante el viaje, el tiempo manifiesta sus designios. Se agota en cada trayecto consumido. En la destreza de un inadvertido conductor, como si fuese parte de las agujas del reloj. Quien lleva a los pasajeros no consume el mismo tiempo de quienes ocupan su máquina.

En el poema diversos personajes animan su interior y conforman una performance muy íntima: cada uno lleva el eco instalado atrás, en el pasado. Cada pasajero es un pedazo de tiempo dejado al entrar al autobús. El “espacio limitado” forma parte del rito de unos extraños que por un momento anidan en un útero que se mueve por las arterias ruidosas de una ciudad conocida pero que cada día muestra algo nuevo, de allí que “algunos cierran los ojos / en un sueño momentáneo”.

El poeta que viaja en esta máquina es un agrimensor: mide cada parada, cada frenazo del bus frente al semáforo. Pero también mide y traza el horario, el que dista entre su entrada al bus y el anuncio de la llegada que le corresponde para descender por un estribo que le indica el lenguaje del asfalto.

Entonces comienzan otros viajes.

Pasajero

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Ser pasajero en otras instancias. Admitir que la muerte también es un tránsito en el cuerpo de una mujer cuyo silencio define un viaje sin retorno: “La mesa metálica, plancha fría, / para extender tu figura”.

Pero en unos versos anteriores: “El primer golpe vino desde atrás (…) La horizontalidad toma espacio, / y ahora tú eres superficie. / Busco un culpable: / no hallo al criminal. / Hay cuerpo sin sombra movible, / pero no mano que golpea y extrae la vida”.
La violencia expresada en una imagen cuyo silencio aborda una aproximación al deseo: “Se supone que el cuerpo horizontal / solo es digno en el amor”.

Un poema se ata a otro: “cuánto miedo antes del impacto (…) ¿Cuánta distancia lo separa del golpe, / del bramido de huesos, / forzoso desplome?”. Un abismo es suficiente para entender el viaje hacia lo desconocido.

Y así, el mismo poema se dilata para expresar la uniformidad de una metáfora, la muerte en lo humano, la muerte en una definición: “Oprimo tu belleza quebradiza, / la aprieto, no la suelto”.

La búsqueda se concibe en la cortedad del tiempo. La vida entonces es sólo un instante: “(Lo breve asusta y sus analogía con la muerte)”.

3

Una vez más, el texto – la voz poética- entra en el bus. Comienza en la inflexión del día. Un cuerpo que se desplaza y vive la respiración de la ciudad. Los ojos se fijan en ciertos detalles que desaparecen con la llegada a destino: los recuerdos, la memoria casera, el pájaro que canta encerrado en una jaula y que ya dejó de ser pasajero por haber perdido la capacidad de vuelo.

De nuevo la muerte reflejada en la violencia callejera. Viaje sin retorno en “una pequeña urna”, desde el disparo de un fusil, desde un para “siempre” que también es un viaje, tan fugaz como el miedo.

Por eso:

“La hora de cada quien es distinta, y los motivos
para amarse y odiarse también son distintos.
En esta calle puede caber todo el país,
la plaza y el prócer
y las personas sentadas alrededor”.

¿Cuánta premura para encontrar el hilo conductor de la existencia? ¿Cuánto tiempo contenido en la mirada que ve pasar la ciudad o los montes mientras el vehículo se desplaza hacia la nada?

De un lugar a otro, de un punto cardinal del texto a un lugar deshabitado:

“Sólo tengo una mirada sencilla, miedosa,
para este paisaje,
y la sensación de un vidrio que me separa,
una tela, una muralla, no sé”.

Por todo lo escrito, por toda la tierra conocida a través de una ventana que se desplaza, el poeta dice sin ambages: “Me guía el interés de atrapar lo observado”, y así “salvarme de lo breve”.

Una acumulación del tiempo hace al pasajero. Al que se reconoce en cada edificio, en cada cuerpo desvanecido, en cada árbol, en cada pájaro electrocutado o estrangulado por la fuerza del aire.

El lugar, la vegetación imaginada, la contada desde el poema que rompe su estructura original. El ahogo “es la silenciosa y pausada / tragedia de ciertas especies”.
El viajero continúa su inventario de paisajes y dolores. Un catálogo de miradas y visiones, de marcas de látigo en el cuerpo. Un país que se resiente en cada bocanada.
Un pasajero esgrime la destreza de ser parte de la fugacidad de la existencia. He allí que existe con la sonoridad del silencio.

(Este nuevo título de Néstor Mendoza, quien ya ha publicado dos poemarios que han sido tratados muy bien por la crítica, fue editado por un sello que acaba de ser inventado por la poeta Edda Armas, el artista plástico Carlos Cruz-Diez y la fotógrafa y diseñadora Annella Armas. Un espacio para la poesía bellamente lanzado al mundo).

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