Abarcar lo imposible: abarcarse

 

Sobre 39 grados de cielo en la tierra, de Hernán Zamora

Que la poesía es búsqueda de sí, es algo que ha sido repetido hasta el hartazgo. Es una suerte de expresión estética que no está desligada de la espiritualidad, cuando de verdaderos poetas se habla. De resto, es emoción balbuceada, artificio burdo, aspiraciones que se exhalan precozmente en la primera sílaba.

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La poesía venezolana no es la excepción cuando de detectar, esto que acá se denuncia, se trata. No obstante, es nuestro parecer que también hemos asistido a la aparición de poetas y libros de poesía que, por el simple hecho de mostrarse, ya se inscriben con buen pie en la historiografía de la lírica nacional. Algunos autores como, Luis Moreno Villamediana, Gabriela Kizer, Pedro Enrique Rodríguez o Luis Enrique Belmonte, dan cuenta de ello incluso con el poco recorrido que llevan en cuanto a publicaciones en forma de libros. Podemos mencionar hasta una docena si tomamos en cuenta los últimos cinco lustros de historia. Libros a la altura e, incluso más allá, de Mi padre, el inmigrante, de Gerbasi; Elena y los elementos, de Sáchez Peláez; Amantes, de Cadenas; o Cármenes, de Liscano. Sé que muchos pensarán que es una temeridad hacer semejante afirmación, pero corro con la absoluta responsabilidad de lo que decimos acá.

Otros autores, que han pasado más desapercibidos, también pueden tildarse como nombres dignos de recordarse en cada década del devenir poético venezolano. Ocurre que su incursión en el panorama lírico nacional ha tenido la sombra de los que algunos han llamado los grandes poetas de Venezuela. Esto ha sido así siempre y, como es cuestión en la que en cierta medida interviene el azar, es difícil de impedir. Ya he publicado en algún espacio mi opinión sobre los veinte nombres insoslayables de nuestra lírica y, deben creer, que citarlos fue difícil en su momento porque otros excelentes aedos también figuran en las páginas que se recorren en cada oportunidad. Con el libro que hoy comentamos, nos ocurre algo similar. Excelentes trabajos que se ocultan a la vista porque algún objeto brillante distrae nuestra atención.

 Hernán Zamora pertenece a la que hemos denominado la promoción de poetas de los años noventa: aquellos que publicaron su primer libro en esa década. Zamora es de los últimos que incluiríamos en esa década (los que fueron editados entre 1999 y comienzos del siglo XXI). Ha compartido su oficio de poeta con la profesión de arquitecto y, sobre todo, con la docencia en el área, en la FAU de la UCV. Su primer poemario data del año dos mil: Desde el espejo del baño (La liebre libre), mas había sido reconocido con el Premio Fernando Paz Castillo de 1999. Luego siguen cinco títulos más entre los que encontramos Fuego inútil (edición electrónica de 2014), en el que se recogen todos sus libros anteriores. De tal forma que indagar en su producción es tarea fácil debido a la disponibilidad de la misma en la red. Su último trabajo, titulado 39 grados de cielo en la tierra (Oscar Todtmann Editores, 2015), es el que hoy comentamos.

 Se trata de un libro muy extraño, por cuanto su tema neurálgico se subdivide en varios que conforman, en una codificación muy particular, cada una de las partes que lo constituyen. El título mismo del trabajo incluye una cifra en grados, lo que lo hace pariente de otros códigos más abstractos, ansiosos de alcanzar la comprensión absoluta del yo. Porque este, como todos los poemarios, es un mapa para la reconstrucción de un yo, el del autor real, acaso el del hablante o los hablantes que en él hacen vida.

 Su estructura responde a la complejidad que se intenta reconstruir, además de ser una guía conformada en distintos momentos, lo que la hace ya de por sí compleja. Finaliza esta búsqueda en seis partes en las cuales se articula la entidad que rige o intenta regir el discurso. Cada una responde, claro está, a un elemento o tema fundamental del que se erige en epicentro de todos, un juego de armar la voz, la entidad, el hombre, cuyas instrucciones se encuentran a su vez codificadas en un lenguaje personal y único. Si seguimos la ruta propuesta iremos saliendo de las profundidades hacia la orilla y podremos tendernos boca arriba, a “contracielo”. En este orden, “Dichosos milagros”, la penúltima parte es una sección que, desde el punto de vista de nuestra lectura, está demás en el libro. No obstante es una lectura, como indicamos, tan válida o despreciable como cualquiera otra. Los otros apartados que conforman la totalidad del libro son “Imaginado respirar de cachalote”, “Entre arponazos y elusiones”, “A ras de agua”, “La orilla seca” y “A contracielo”. Un itinerario, una ruta de viaje, armada a fuerza del sudor de las neuronas donde su “alojan” las informaciones del corazón. No es fácil la lectura de este libro, menos aún su comprensión. La única vía confiable, como siempre, será la intuición y no el entendimiento.

  Acaso a estas alturas alguno habrá adivinado ya la aventura de un capitán Ahab en busca del cachalote blanco, o la de este mismo huyendo de su sombra humana. De cualquier modo, la sinapsis acoplada al sentimiento, hará el resto del trayecto.

En este libro hay poemas memorables: el intitulado “Programa básico de círculo vicioso para ser un hombre moderno” es, quizás, de esos que todos hubiésemos querido escribir. Su inclusión en una antología definitiva del poema venezolano es obligatoria, junto a otros que permanecen en la memoria: porque esta es la única prueba de que la poesía es la forma más sublime del arte que se hace a través de la palabra… su permanencia en el recuerdo.

 Un libro único, un descubrimiento de Oscar Todtmann Editores, un acierto editorial y un reconocimiento al trabajo solitario y silencioso de Hernán Zamora. La poesía se escribe en soledad y, es cierto, debe celebrarse… pero sin que las candilejas del espectáculo nublen la vista del poeta.

QuéLeer no se hace responsable por las afirmaciones o juicios de valor expresados por los colaboradores en la sección de Reseñas.

Miguel Marcotrigiano L.

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