Tanto va el lector al libro que al final se rompe, por Sergio Marentes

Me regalaron un libro sin palabras. Eso fue lo que me sorprendió, porque luego de fijarme que no tenía nombre y no lo había escrito nadie, me dispuse a leer el contenido. Nada. Lo guardé pronto en mi biblioteca junto a otros especímenes y agradecí el singular presente. Cené con la persona que había venido a visitarme y justo cuando se fue, con varios vinos en la cabeza, me lancé a revisar de nuevo el libro: no tenía título ni editorial y mucho menos el nombre del autor. La anónima portada me seguía atrayendo así que lo abrí con ilusión de no haber buscado bien la primera vez o de que hubiera sido un juego de mi mente. Nada. Ni una sola palabra. Lo mismo al día siguiente, al despertarme, y el resto de mi vida hasta el final de mis días. En el libro jamás aparecieron palabras por arte de magia o algo parecido. Debí, imagino, haberlas puesto yo con mi puño y letra. Quizás ese era el misterio del regalo, pero nunca lo hice porque un libro es sólo para leerlo.

A la persona que me lo regaló nunca la volví a ver. Era yo, pero nunca lo volví a ver.

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