Para ir a ningún lado

Entre los arcanos mayores del Libro de Thot, una carta en particular produce una atracción irresistible. Es la de la cifra 0, el vacío en la cabeza, la carta de El loco. Este personaje parece vagar (divagar es el verbo de su discurso), deambular sin rumbo cierto. Muchas veces el consultante suele mirarse allí reflejado, pues quien acude a la cartomancia busca un mapa, desea que le señalen un camino. Es más, diríamos que todo ser humano es este personaje, tan solo que a veces tiene la ilusión de saber de dónde viene y hacia dónde se dirige. El azar, representado en el juego, es su único destino. La bolsa que porta el orate contiene todo su cargamento, que en cada uno es distinto.

Difícil es la lectura de este libro, que parece haber estallado en mil pedazos y alguien los ha ordenado caprichosamente, azarosamente. Sentimos en cada página hablar al Loco, al hombre asombrado ante su perplejidad, incapaz de descifrar los signos de una cotidianidad que creía segura. Pero el destino desprendido de los dioses, de sus mandatos, no acepta brújula alguna que no sea la que ha perdido el norte. José Antonio Parra nos sorprende y nos hace dudar de nuestra cordura en el libro que hoy nos ocupa, Fragmentos naranja (Oscar Todtmann Editores, 2015).

Es una experiencia cósmica, psicodélica y hasta caleidoscópica entrar en sus páginas. Se siente uno solo y desamparado ante la inmensidad del Universo. Solamente un libro nos ha hecho sentir de este modo: Un punto azul pálido, de Carl Sagan. Y del mismo modo en que este nos da pistas para su comprensión a través de las fotografías, dibujos y explicaciones científicas, el de Parra nos ofrece una bitácora engañosa, pues ninguno tiene certeza absoluta de a dónde nos dirigimos. Sin embargo, me atrevería a afirmar que el poeta sobrepasa al científico espiritual pues él deja marcas indisolubles, huellas en la mente del lector:  “Nuestra verdadera amenaza ya no es la bomba, ni siquiera el apocalipsis, es la cotidianidad”. ¡Qué cosa tan inane es el día a día! Y sin embargo es lo único que tenemos.

Los acontecimientos o las situaciones descritas o dibujadas por Parra tienen anclaje en momentos de vida. De esa vida cotidiana que más nos valdría no intentar descifrar. El absurdo pareciera encaminarse con paso firme hacia el final de nuestros días terrenos, que no serán los únicos. El día, los días, son más que la salida y la puesta del sol, que los giros de la tierra, que las seguramente innecesarias actividades que realizamos los animales malditos por su inteligencia. ¿Qué Dios puede ser tan cruel para darle tanto al ser humano y quitarle todo al mismo tiempo? Pero… ¿y si ese Dios somos nosotros mismos? El colmo del azar condenador.

Se intercalan en todos estos textos (poemas en prosa o historias permeadas de poesía) los momentos de lucidez, aunque ya nos ha advertido el hablante que los instantes en realidad no existen. Es otra trampa de la inteligencia que no es. Tasar aquello que llamamos la vida es una de las acciones más prácticas pero menos útiles de la humanidad. La frases iluminadoras (y la iluminación son momentos engañosos cuando creemos ver la verdad) se asoman entre otros sintagmas, en una constelación de signos, porque el lenguaje es el único medio que se nos ha otorgado para comprender (cosa que también que también es una ilusión). Y cuando decimos lenguaje, decimos igualmente silencio. “Esto soy cuando no soy”.

Un poema en este libro lo podríamos considerar núcleo y periferia del todo. Por ello lo citamos en su extensión: “Rotos tus silencios, rotas mis palabras, rotos estos días, rotos los halcones y los espejos, rotos mis párpados y mi piel, rotos para siempre y desde siempre todos los silencios, todo el peso de estas horas; rotas y en suspenso”. Silencio y sonido, tiempo y ausencia de este, imágenes engañosas, reflexivas, reflejantes. Todo en pedazos porque el mundo lo captamos por partes. Cronos es un descuartizador que nos persigue hasta mutilarnos y separarnos del todo.

El libro es un juego de espejos. Y es también un laberinto. Ofrece puertas que conducen a ningún lugar o al mismo del que partimos. Porque la tarea es inútil. No hemos sido convocados para nada. Nada somos. Si hay alguna epifanía, olvídenla de inmediato, porque seguro es otra seña falsa.

El lector se encuentra en el centro de ese laberinto y no se ha movido, aunque tenga la ilusión del recorrido.

Enorme este libro de José Antonio Parra. Si han sabido armarse de la sabiduría de la paciencia y de las cosas inútiles, entonces están listos para ir a ninguna parte. Acá los esperamos.

Miguel Marcotrigiano L.

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