Caracas una vez más y distinta

 Reseña sobre “Caracas mortal”, de Claudia Noguera 

Tras un título que pareciera anunciar una historia (una novela o una versión fílmica), pero que en realidad oculta la residua poética de una exposición gráfica montada en la Galería del Hotel Paseo Las Mercedes, en el año 2009, se devela en una serie de poemas en prosa (la mayoría, combinada con textos híbridos y algún verso íngrimo), a medida que la lírica se va apoderando del discurso, la sustancia más pura del lenguaje es la que se encargará de contar la historia atrapada en la palabra que sugiere. La ciudad, como anticipamos a partir de un vistazo al título, protagoniza las páginas de este poemario bien logrado, pese al difícil arte de arrancar la piel discursiva del cuerpo hecho palabra. De esta autora conocíamos algunos textos en antologías o revistas, pero sobre todo su libro primero Nada que ver, de 1986.

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Ya entonces apreciábamos a una poeta de mano firme, voz parca y esencialista, que se atrevía a competir en un ambiente lírico en el que la mujer poeta reinaba y se enfrentaba de tú a tú, en un terreno en el que el hombre había señoreado por mucho tiempo, hablando de la lírica nacional. Con los antecedentes firmes (muchos y variados) de las voces femeninas (dejemos de lado la manida concepción), los finales de los 70 y la década de los 80 fueron los días de la pisada más fuerte de la lírica femenina venezolana: Miyó Vestrini, Edda Armas, Yolanda Pantin, Blanca Strepponi, Margara Russotto, María Auxiliadora Álvarez, Jacqueline Goldberg, Mariela Arvelo y tantas otras, hacían sus apariciones y con ello provocaban sismos en el sensible lector de poesía. Ya antes, cómo no, Ana Enriqueta Terán, Luz Machado, María Calcaño, Ida Gramcko, Elizabeth Schön, Elena Vera, Teresa Coraspe, entre otras, habían hecho lo propio.

Si siguiéramos colocando ejemplos, nos daríamos cuenta de que los grandes nombres de la poesía venezolana siempre estuvieron acechados por las poetas que nos han hecho dudar de si la historia de la lírica nacional no habría que revisarla y colocar cada pieza en su justo lugar. Dicho de otro modo, grandes han sido los aportes a la poesía que han dado los poemas de estas autoras… grandes y hasta gigantescos. Pues, y en medio de este panorama, Noguera Penso (Caracas, 1963), aparece con holladura propia y bien definida.

Por otra parte, y dejando de lado la absurda diferenciación entre poesía femenina y masculina, los poetas han cantado a sus ciudades en nuestro país. Citar acá los ejemplos de Hesnor Rivera o de Juan Calzadilla, debería bastar, mas sabemos que han sido también innúmeros los cantores que han dedicado parte de su obra a mostrar sus troyas o nínives (para irnos con Montejo, aquél grande que dijo cierta vez “Tan altos son los edificios que ya no se ve nada de mi infancia”). Así, en medio de ellos, se yergue el perfil de la voz de la autora que nos ocupa con Caracas mortal (Oscar Todtmann Editores, 2015).

La relación carnal que la voz establece con la ciudad va mucho más allá de lo erótico, aunque también se asoma entre líneas, si tenemos la vista aguzada. Es un(a) paseante, que a la par que avista paisajes físicos y encarnados, exteriores y tamizados por el ser interior, deja ver que la ciudad es cualquier ciudad y que Caracas es el pretexto que nos dio el azar. La vieja distinción entre el hombre (poeta) de campo y el de ciudad, cobra forma dramática en un monólogo que fácilmente se traslada al lector de turno.

“Por más golpe que recibe esta ciudad no cae, ni se derrota, siempre se levanta”. ¿La ciudad o su habitante? ¿La ciudad o el hablante? ¿La urbe o quien la habita?… A propósito, ¿quién habita a quién? “caracas, parís, nueva york, madrid, agra, viena, bruselas, florencia, ginebra”, no importa qué palabra la esencialice, siempre será ciudad, siempre mortal. Y los pasos son guiados por la ciudad, que “susurra” al hablante lo que debe hacer. El hado indeciso, que conduce a su vez a la urbe a su declinación, permite a la que aglomera a sus habitantes desdibujarse para dejar en el rostro que se refleja en la página, la mirada perdida del que pronuncia o de quien escucha.

La autora no pierde de vista el camino, no permite a su pie vacilar. El libro se enrolla sobra sí mismo y con ello a quien osa acercarse a sus páginas. Sabremos que las calles nos son familiares, que cada elemento distintivo de la ciudad nos pertenece desde lo mítico. Los contratiempos del lenguaje pasan inadvertidos porque forman parte de nuestra cotidianidad. El ambiente y sus tropiezos se difuminan en lo lírico. Deambulamos solos, de repente, en el desierto, porque la ciudad que nos acoge nos ha expulsado, nos ha confinado a nuestro ser interior. Las memorias reconstruyen las historias vividas o no, atestiguadas o sufridas. Mas no hay emoción, porque esta ha sido arrojada para siempre. Vagar por ninguna parte. Sentirse amenazado por la nada. Desahuciados por la palabra, que lo es todo y nos hace percatar, con la lectura este libro, que escribimos para sobrevivir, en un acto tan vano como nacer.

 

Miguel Marcotrigiano L.

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